martes, 13 de junio de 2017

221B de Baker Street

La Sociedad de Mendigos Aficionados

Watson y Holmes
Por Javier Casis

Una mañana del mes de enero de 1982 Billy penetró en la sala de estar de Baker Street, en la que Holmes y Watson se encontraban tomando una  copa de un excelente jerez español rodeados de una espesa nube de humo procedente de sus pipas, y dirigiéndose al detective le dijo que una comisión de tres individuos de muy sucia indumentaria y dudosa catadura, que aseguraban  representar a la Sociedad de Mendigos Aficionados de Londres,  querían exponerle con el máximo respeto una razonada queja.

Holmes le preguntó a su amigo y biógrafo si tenía conocimiento de la existencia de tal asociación en la capital del Reino Unido, y Watson le contestó que era la primera vez que la oía citar. El detective hurgó brevemente en su archivo con gran pericia y, al hallar lo que buscaba, le dijo a Billy que los recibiría gustoso.

Acto seguido les invitó a que tomaran asiento pidiéndole al botones que por favor les trajera unas copas más de jerez y un buen surtido de emparedados, y  ante la mirada de sorpresa de los tres individuos, Holmes les rogó que le expusieran cuál era el motivo de su queja.

Ellos, muy educadamente, le dieron las gracias por haberlos recibido y acto seguido el que parecía llevar la voz cantante le dijo a Watson que su asociación estaba suscrita al Strand Magazine y que en el número de diciembre de 1891 habían leído la aventura de El hombre del labio retorcido y tenían que hacer al respecto algunas puntualizaciones.

Entonces, Holmes dijo que tanto él como su colega estaban dispuestos a escucharlas.

El mendigo que llevaba la iniciativa argumentó que de ninguna manera se podía tomar la bonita historia de Neville St. Clair como ejemplo de la recaudación del mendigo medio londinense. El concejal de Hacienda, lord Christopher Monteiro, de origen español, que también estaba suscrito al Strand Magazine, había leído también la historia y estaba dispuesto a tomar cartas en el asunto y había ordenado confeccionar un censo oficial de esta actividad para facilitarles un carné a cada uno por el que tendrían que abonar una libra al año. Ellos argumentaban que el aspecto físico de Neville era bastante desagradable, por no decir asqueroso, y denigraba su zona de trabajo porque la City era un lugar muy visitado por caballeros.

Holmes les aseguró que él, en su día, le había tomado declaración a Neville y en principio no tenía por qué dudar de su palabra. Les propuso que algunos empleados suyos de toda confianza elaboraran un censo fiable de mendigos y también el de las mejores esquinas y plazas de Londres para ejercer la mendicidad, y luego se volvería a reunir con ellos para fijar una cantidad equitativamente justa teniendo en cuenta las diversas variables, de esta forma todos quedarían contentos.

En el momento en que los tres individuos desaparecieron lo primero que hizo Holmes fue abrir de par en par las ventanas para que despareciera el olor a ropa vieja. Pasado un tiempo prudencial llamó a Wiggins, el jefe de «Los Irregulares de Baker Street», y le dijo que pondría toda su tropa a trabajar durante quince días. Quería saber con exactitud los mendigos que había en Londres clasificados por su aspecto, zona donde trabajaban y su media de recaudación mensual. También le dijo que si necesitaba más efectivos los reclutase y que las tarifas de trabajo seguirían siendo las mismas, es decir, un chelín, con la salvedad de que si los resultados eran todo lo satisfactorios que él esperaba habría una prima extraordinaria de media corona por cabeza. Wiggins se cuadró, saludó cual si fuera un soldado y salió como un relámpago de la sala de estar.

Transcurridos los quince días establecidos, el mozalbete se presentó de nuevo a Holmes y le entregó un paquete de papeles redactados, con muy buena letra, por uno de los únicos “irregulares” que sabía escribir. En Londres había 6.580.000 habitantes, 8.123 esquinas clasificadas en tres categorías, 8.226 mendigos profesionales y la media de recaudación era de 43,75 libras anuales. Holmes le abonó el salario establecido más algunas monedas de plata de propina. El detective habló con Mycroft, para que estableciera contacto con el Concejo y el resultado fue que se expidieron los permisos, se regularon las esquinas y hasta se fijó el aspecto físico que deberían presentar los mendigos. La media de la tarifa pasó de ser fija a ser equitativa y la Sociedad de Mendigos Aficionados de Londres, en agradecimiento, se convirtió en «Los fieles confidentes de Baker Street», asociación que se prestó a colaborar desinteresadamente con Holmes en todo aquello que fuera necesario y lord Christopher le otorgó al detective el título de Miembro de Honor del Concejo, cargo que matizó no gozaba de ningún tipo de retribución económica.

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