martes, 30 de mayo de 2017

MANIPULACIÓN / Gobernar con luz de gas


Por Sergio Sinay (*)

Con el tono despreciativo que suele serle habitual, quien encabezó el gobierno nacional más corrupto que registre la memoria afirmó hace pocas semanas que los veinteañeros que creyeron haber conseguido trabajo en fábricas por mérito propio durante ese gobierno no entendieron nada.

Su percepción es errónea, afirmó, y si aún conservan ese trabajo, deberían peregrinar hasta el altar que ella misma se erigió alguna vez para postrarse en agradecimiento, puesto que es a ella (la que comandó aquel saqueo del Estado) a quien se lo deben.

Negarle al otro su percepción es negarlo como persona. Y persistir en ese ejercicio puede resultar enloquecedor para aquel a quien le es desacreditado su registro de lo que ocurre y de lo que le ocurre. Sobre este tema hay un memorable film dirigido en 1944 por el gran George Cukor, titulado Luz que agoniza (y también conocido como Luz de gas). Protagonizado por Charles Boyer, Ingrid Bergman, Joseph Cotten y Angela Lansbury, y basado en una obra teatral del británico Patrick Hamilton, narra el progresivo enloquecimiento de una mujer psicológicamente frágil que se casa con un famoso pianista, quien, en un Londres victoriano y brumoso, la irá manipulando haciéndole creer que ella oye y ve lo que no oye ni ve y descalificando sus reales percepciones.

A nivel de manipulación psicológica masiva, éste es un truco frecuente y perverso, al que suelen apelar muchos gobernantes y, en otro plano, también maridos o esposas infieles que, descubiertos con las manos en la masa (para decirlo con un eufemismo), insisten hasta el cadalso con la muletilla “No es lo que tú crees”, desautorizando sin el menor pudor la evidencia que el engañado tiene ante sus ojos. Ocurre, por ejemplo, cuando la situación económica o social es difícil y quien la padece no ve cercana una puerta de salida, pero aun así escucha una y otra vez discursos oficiales en los que se le asegura que despunta un sol que él no ve y que hay una esperanza que él no siente. Distinta sería la cuestión si se partiera de la validación de lo que el otro percibe, con lo cual se le daría una enorme muestra de respeto, y entonces se le explicara, en lenguaje realista y no voluntarista, los posibles caminos a seguir y las dificultades y plazos (por largos que fueran) que esos rumbos entrañan.

Percibir es acceder a un fenómeno físico o emocional de modo directo, por la vía de los sentidos y de la experiencia. En la percepción, tomada de manera estricta, no cuentan la memoria, las creencias, la imaginación o los supuestos. Y a nadie, en una interacción de buena fe, se le puede negar que ve lo que ve, oye lo que oye y siente lo que siente. A esa persona puedo decirle que no es lo que yo veo, oigo o siento, pero de ninguna manera argüir que su percepción es falsa. Si lo hiciera, en esa descalificación estaría negándole su entidad. Y, vale repetirlo, machacar en esa desautorización puede empujar al otro a dudar de sus propios registros, de su identidad, de su cordura. Muchas tragedias en las relaciones humanas se originan en esa desautorización. Del mismo modo que, en el orden colectivo, los populismos, los fundamentalismos, los sectarismos (y tantos otros “ismos” nefastos) exigen a sus adeptos que se despojen de sus propias percepciones antes de entrar.

Podría ocurrir que un gobernante o un funcionario nieguen con las mejores intenciones la percepción de los ciudadanos. Acaso lo hagan con la esperanza de aliviarles los padecimientos y confiados (gracias a un optimismo dogmático) en que pronto todo cambiará. O acaso simplemente no tengan respuestas, o sus respuestas fallen, y opten por fugar hacia delante por la vía de la desautorización de la percepción ajena. En cualquier caso es difícil construir un vínculo de confianza asegurándole, con cierto desprecio tecnicista, a quien camina por un largo desierto que en realidad marcha sobre un colchón de brotes verdes y no se da cuenta. Si quien lo asegura cree de veras en lo que dice, quizás deba revisar su propia percepción de la realidad, empezando por acercarse a ella, antes que negar la percepción del otro. Esto último nunca tiene buen pronóstico.   

(*) Escritor y periodista

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