sábado, 29 de abril de 2017

RELIGIÓN EN LA ESCUELA

¿Y si le redoblamos la apuesta al ministro?

Por Américo Schvartzman

En 2008, el destacado filósofo Daniel Dennett (autor, entre otros textos, de La conciencia explicada y Romper el hechizo: la religión como un fenómeno natural) planteó una idea tan innovadora como perturbadora.

Propuso que no se debe prohibir que se les enseñe religión a niños y niñas, sino todo lo contrario: enseñarles, pero no aquellas creencias que se les inculcan tradicionalmente, las supuestas virtudes de las religiones en las que creen sus familiares, sino la otra cara: “Propongo que les enseñemos acerca de los hechos de su propia religión que sus mayores no quieren que sepan [o que probablemente tampoco saben]. Así ellos no serán víctimas de la religión de sus padres. Creo que hay que abrir las compuertas. Enseñar a los niños acerca de las religiones del mundo.”

¿Y si le redoblamos la apuesta al ministro Esteban Bullrich, autor de esta nueva boutade? (Que dicho sea de paso, la presenta como una tolerante apelación a la buena onda de este gobierno de coaching marketinero: “Por más que soy católico, trato de ser un apóstol y buen discípulo, sí creo que en las escuelas debemos enseñar otras religiones también, que también tienen lecciones para aprender”, dijo un poco caóticamente el ministro Bullrich, en respuesta al reclamo de un cura cavernícola que en Corrientes, le reclamó impartir educación católica en las aulas. Y nótese especialmente el “también” remarcado).

¿Por qué no, entonces?

Vamos, enseñemos todas las religiones en la escuela. Todas. Las que han sido o son en la actualidad religiones de Estado.

Pero enseñémoslas científicamente. Como enseñamos todo lo otro.

Es decir: de la mano de la historia de la cultura, mostrando sus orígenes, exhibiendo cómo todas ellas carecen de originalidad porque son reformulaciones de cultos anteriores (a los que, sin embargo, desprecian o niegan); de la mano de la sociología, explicando sus relaciones con las clases dominantes de cada sociedad y de cada época; de la mano de la antropología y la historia de las ideas, desarrollando con precisión cómo el discurso religioso fue (y es) empleado para legitimar diferentes formas de dominio; de la mano de la psicología, para que se aprecie cómo se imbrican con los miedos individuales y colectivos de los seres humanos; de la mano de la historia de la ciencia, para recordar cómo las religiones (casi todas) intentaron oponerse a los avances sociales, científicos y políticos; de la mano de la literatura, citando autoras y autores a los que casi no se menciona para no incordiar, y que desde antaño denunciaron sus abusos; de la mano de la filosofía, en suma, mostrando cómo justificaron guerras “santas” de todo tipo, desigualdades, racismo, esclavitud, conquistas, etnocidios, machismo y asesinatos en masa.

¿No sería una buena idea? ¿No podría constituirse en un gran aporte para que niños y niñas comiencen desde la escuela a desterrar de sus mentes el fanatismo, la intolerancia, el pensamiento mágico?

En nuestra Argentina hay antecedentes ilustres, aunque no se los recuerde. Una “Historia de las Religiones” y de “Las Instituciones libres”, precisamente con el enfoque que hoy reclama Dennet, eran las cátedras que dictaba el gran Alejo Peyret –ese ilustre igualitarista casi olvidado– hace más de cien años, tanto en el Colegio del Uruguay fundado por Urquiza en Entre Ríos (el primero laico del país) como en el prestigioso Colegio Nacional Buenos Aires. Testimonio de ello son las ediciones de sus clases, hoy casi inhallables salvo en repositorios bibliográficos. En la primera de ellas, concluía diciendo, en 1886: “Hemos tenido las religiones fetichistas, las religiones locales, las religiones de la tribu, las religiones de la ciudad, las religiones nacionales, las religiones internacionales; para llegar al último término de la evolución, es preciso constituir la religión de la humanidad, con la eliminación de los dogmas intolerantes”.

“La toxicidad de la religión depende de la ignorancia forzada de los jóvenes”, dice Dennet. De nuevo entonces: ¿Y si le redoblamos la apuesta a Bullrich?

© La Vanguardia

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