viernes, 17 de marzo de 2017

El “clima destituyente” es destituyente


Por Facundo Falduto

Volvió a ponerse de moda. "Destituyente", el término que tanto se usaba en los últimos años del kirchnerismo, está de nuevo en el centro de la escena, esta vez en boca de funcionarios de Cambiemos y periodistas independientes. 

La marcha de la CGT, los piquetes en la 9 de julio, el reclamo de los docentes, y hasta el Paro Internacional de Mujeres del 8 de marzo: son todas maniobras políticas cuyo fin es el derrocamiento de Mauricio Macri y la reinstauración en el poder de Cristina Fernández de Kirchner, quien, de alguna forma, está detrás de todas estas operaciones. Eso, claro, si les creemos a los dirigentes oficialistas y comunicadores que agitan el fantasma del golpismo.

¿Cómo no va a haber un golpe de Estado en marcha, si hoy Luis D'Elía tuiteó que era inminente la renuncia del presidente? Fino operador político, el titular de MILES parece olvidar que, si Macri presenta la renuncia, quedaríamos en manos de una presidencia de Gabriela Michetti. Incluso si ella se subiera al proverbial helicóptero, asumiría en su lugar el mejor mandatario de los últimos tiempos, el presidente provisional del Senado Federico Pinedo; seguido en la línea sucesoria por Emilio Monzó y Ricardo Lorenzetti. Ninguno de ellos milita en La Cámpora, por lo que sabemos. Cualquiera de los últimos tres estaría obligado a convocar una Asamblea Legislativa, que debería elegir al presidente provisorio. Y si bien la Ley de Acefalía no lo obliga, ese presidente provisorio (que, asumimos, sería uno de los "golpistas") debería convocar a nuevas elecciones. ¿Quién está en condiciones de ganar hoy una elección nacional? ¿El propio D'Elía, Baradel, el triunvirato de la CGT, las mujeres que metieron presas por estar cerca de la Catedral después del 8M? ¿Cristina, que tiene la imagen negativa más alta que cualquier otro presidenciable? Creer en ese nivel de coordinación y cooperación en un país donde a duras penas se puede organizar la evacuación de un recital es un exceso de optimismo.

Nada de esto es nuevo. En Argentina, el término "destituyente", como adjetivo o sustantivo, es un atributo de quien ejerce el oficialismo de turno. Como un mueble de la Rosada, la usa el que está adentro, señala el editorialista Martín RodríguezCristina lo inauguró en 2008, durante el famoso conflicto con el campo. Lo sacó del cajón de su escritorio cada vez que el equilibrio de fuerzas le era adverso: en 2010 contra la oposición, cuando intentaba remover a Martín Redrado del Banco Central; dos años después contra los cacerolazos; y hasta en 2015 contra los que marchaban en reclamo de justicia para Alberto Nisman. Todas situaciones en las que el kirchnerismo creía tener razón y no estaba dispuesto a dar marcha atrás. Y a pesar de todas las veces que denunció un intento desestabilizador, CFK terminó su mandato como estaba previsto (sin contar la lamentable novela del traspaso de mando), el 10 de diciembre de 2015.

Como entonces, ninguno de los reclamos que complican al gobierno de Cambiemos tiene como objetivo asumir el poder, ni destituir al presidente, ni mucho menos. Son, por supuesto, reclamos políticos, con interés político. Los trabajadores y sindicatos nucleados en la CGT quieren modificar un programa económico que les resulta adverso, igual que los chacareros que cortaban rutas hace nueve años. Lo dijo claro Héctor Daer hoy al anunciar el paro del 6 de abril: "Venimos planteándole rectificación de políticas que han llevado a la destrucción de cantidades importantísimas de puestos de trabajo". Y Juan Carlos Schmid acotó que la medida de fuerza "no constituye ningún programa alternativo porque nosotros no fuimos votados por la ciudadanía".

Todo reclamo es político. Cualquier intento por modificar una situación social o modificar la distribución de recursos es política. Por supuesto que Baradel tiene una intencionalidad política y busca la reelección en SUTEBA. La misma intencionalidad política tiene María Eugenia Vidal, que elige profundizar un conflicto porque sabe que es la dirigente con mejor imagen del país, y que un enfrentamiento con los sindicatos, los organismos con peor imagen, solo refuerza su posición. La gobernadora no será candidata este año, pero sí estará al frente de la campaña bonaerense, apoyando a quienes sean los postulantes de Cambiemos. Solo en ese contexto tiene sentido que apueste al desgaste contra los gremios, mientras pide que los docentes "sean sinceros y digan si son kirchneristas". En el medio están los alumnos, que llevan una semana sin clases; y los maestros que no quieren conformarse con un aumento de 19% después de un 2016 con 40% de inflación. La elección de ganar menos o no también es política. Con su planteo, Vidal parece decir que los docentes deberían bancar este proyecto y aceptar empobrecerse, o afiliarse al Frente Para la Victoria. La paritaria docente funciona como testimonio para la de muchos otros sectores: ¿Qué opinará el Gobierno sobre el resto de los trabajadores cuando reclamen ganar lo mismo que el año pasado?

Los movimientos sociales cortan las calles, básicamente, porque pueden. El gobierno tiene la opción de reprimir (que empeoraría su imagen ante sectores que, de cualquier forma, no lo apoyan) o dejarlos hacer (lo que haría caer su apoyo entre la oposición pero lo reforzaría entre sus partidarios). Por algún motivo, elige lo segundo. Como eligió reglamentar la Ley de Emergencia Social y darles 30.000 millones de pesos a los mismos movimientos sociales. Lo inentendible es que no haya negociado contraprestaciones a esa norma. Entre todos los coordinadores de coordinación y funcionarios de enlace ciudadano que se designaron, sería razonable que alguno se encargue de intermediar con los movimientos sociales para evitar los cortes.

Flaco favor le hacen al gobierno los periodistas que creen ver en estos movimientos un ánimo destituyente. Terminan instalando la idea de un gobierno débil, que es pasible de ser puesto en esa posición, después de un 2016 en el que Cambiemos demostró todo lo que puede hacer, incluso en minoría parlamentaria. Tampoco ayudan los que agitan el neogorilismo de un peronismo golpista, responsable de las caídas de De La Rúa, Alfonsín, Illia, Frondizi e Irigoyen. Si los apuran también dicen que el peronismo promovió la revolución de 1890 y fusiló a Dorrego. Este revisionismo berreta, además de profundizar la famosa grieta, olvida que el justicialismo actual está atomizado y muy lejos de una eventual unidad que lo transforme en nueva alternativa de poder. Lo único que logran es acercar los fantasmas de debilidad del gobierno. Despejar la regla de tres simple: si los periodistas independientes que ahora denuncian el clima destituyente antes señalaban como "oficialistas" a los que agitaban esa misma bandera durante el kirchnerismo, entonces... Queremos preguntar.

No debería preocuparse el gobierno, entonces, por el fantasma del golpe. Sí debería entender que, en un año electoral, los reclamos a los que debe responder son amplios y complejos. Y asumir que la política, como la economía, opera en torno a la administración de las expectativas. Los argentinos podemos soportar estar mal, hasta límites insólitos, siempre y cuando la expectativa indique que vamos a estar mejor. Las últimas encuestas en ese sentido todavía dan bien, pero cada mes cae la cifra de quienes creen que vamos a mejorar. La política y los políticos tienen como misión hacer creer en una idea, un proyecto, dar esperanzas. Agitar el clima destituyente solo logra lo contrario.

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