jueves, 16 de febrero de 2017

EL PLACER DEL LIBRO

Por Antonio Jiménez Morato

Hace unas horas decidí orearme un poco para escapar de la angustia de un día neblinoso en Madrid. Los españoles no estáis hechos a la lluvia, así me lo explicó uno de los albañiles bereberes que estuvo en casa la semana pasada. En Tinduf un día así provocaría alegría y un mercado lleno, me dijo. Pero esto no es el desierto, le respondí. Dale tiempo, me replicó. Tiene razón. 

En unos años es posible que Madrid sea la ciudad más boreal del Sahara. No estamos haciendo nada por remediarlo. En todo caso, para escapar de la angustia y de la tristeza que todo día así genera me fui a tomar un café y fumar un par de habanitos en alguna terraza calefaccionada de las que cada vez más ocupan las calles de la capital. Los impuestos asociados a disponer de esas mesas en el exterior son demasiado altos como para no exprimir su uso durante todo el año. Los beneficiados han sido los fabricantes de estufas de exterior y los instaladores de toldos y mamparas. Como no podía ser de otro modo he agarrado un libro para llevarlo conmigo. Uno de los que, en breve, dejarán de formar parte de mis posesiones porque he decidido imitar a Fogwill y tener apenas un puñado de libros, los que me hayan regalado días antes, para leer, y más tarde regalar los buenos a algún amigo que pueda ser un buen destinatario de ellos o venderlos al peso a cualquier librero de viejo. 

Escogí El miedo del potero al penalty. No porque esté en una fase de revisitar las historias del primer Handke, algutinadas peripecias de personajes que sólo actúan, que jamás reflexionan, y cuyas historias nos transmiten la perplejidad de la existencia, donde nada se aclara y todo ocurre. No, en realidad si me metí en el bolsillo del abrigo ese libro y no otro fue por su edición. Por su calidad material. El ejemplar que, todavía, tengo es el de la primera traducción que se hizo en Alfaguara, la de Pilar Fernández-Galiano que se editó en 1979, cuando la sede de la editorial fundada por Cela estaba en el vanguardista edificio Torres Blancas, situado en la entrada, o la salida, del casco urbano de Madrid, junto a la carretera de Barcelona. O, como me gusta más recordar, junto al edificio donde pasó sus últimos años leyendo novelas policiales plácidamente tumbado Juan Carlos Onetti. Siempre que camino por esa zona, el cruce de la Avenida de América y la calle Cartagena echó un vistazo a los áticos del edificio, y me gusta imaginarlo todavía allí, rumiando otra historia de Santa María, vagamente abstraído de todo y al mismo tiempo al tanto de cada cosa que sucede. Aunque sea en su cabeza. Por aquellos entonces en Alfaguara hacían los que posiblemente sean los libros venales más bellos que se han hecho en el mundo hispanohablante. Cubiertas impresas en sobrias cartulinas para acuarela, con la el enorme marco sin línea inferior que diseñó Enric Satué en gris y el resto de la cubierta en sobrio azul marino. Impresa a dos tintas, blanco y amarillo, sin imagen alguna, y siempre con una cenefa distinta para cada título, la misma que se repite en los filetes de las tripas del libro. Interiores impresos en papel de 100 gramos, ahuesado, en impolutos caracteres Garamond de cuerpo 12. Si he seleccionado ese, precisamente ese libro y no otro de la estantería, se debe a que sabía que leerlo, sostenerlo en las manos, pasar sus hojas, transitar por cada renglón sería placentero. Los editores, abrumados por el contexto económico y por la falta de formación, hace tiempo que parecen no darse cuenta de la determinante importancia de la materialidad de un libro. 

Se editan libros de quinientas páginas compuestos con letras que carecen de serifas y que cansan por lo tanto los ojos durante su lectura. Se imprimen libros en páginas de gramaje tan ínfimo que se transparentan las líneas del reverso de la página y por momento se hace complicada su lectura. Se distribuyen libros con portadas sin solapas, frágiles e incómodos de guardar o manipular. Se venden libros hechos por gente que no los ama, que se excusa en el cliché de que lo importante del libro recae en la parte inmaterial del mismo. Pero, entonces, ¿por qué seguir haciéndolos como los objetos materiales que son? No es uno un tipo de lector maniático. Al final lee aquello que quiere leer pese a cómo haya sido editado. Pero no es uno tan necio o inculto como para no ser capaz de percatarse de ese descuido. La cortesía exige no señalar los defectos ajenos, y por eso obviaré nombres de editoriales. Pero la realidad incuestionable es que hay editores que no aman los libros, que se dedican al oficio de editor como podrían haberse enfrascado en el rubro de la compra y venta de cobre. Los lectores atentos saben de qué hablo. Porque, como decía Juan Ramón Jiménez, un libro editado de otro modo dice cosas distintas.

Me levanto de la mesa donde escribo y me dirijo a la cocina para prepararme un té. Allí me encuentro con la pava, sobre la encimera que compré hace una semana para la cocina. Es una sólida encimera de madera de abedul. No de aglomerado con una superficie lacada como tantas otras encimeras. No, es de madera sólida y noble, abedul puro, que posiblemente sobrevivirá hasta que uno pase a mejor vida con ligeras marcas en su superficie. El veteado de la madera se aprecia en su superficie y resulta placentero deslizar la yema de los dedos sobre ella y después golpear con los nudillos y escuchar el sonido denso y consistente que la madera expulsa.

¿En qué momento comenzamos a acostumbrarnos a que los libros, como las encimeras, no nos reporten un placer sensual además del intelectual? No sé cuándo comenzamos a sumergirnos en un mundo tan virtual como aburrido, pero hoy, al acompañar la travesía del portero retirado Bloch yo disfrutaba, además, del placer del libro que sostenía en mis manos.

El libro como objeto de deseo y de placer, sin caer en los caprichos del bibliófilo, no me malinterpreten. No, una edición comercial bien hecha, cuidada, respetuosa con el lector y el texto que alberga. ¿Cuándo nos acostumbramos a prescindir de eso?

© Eterna Cadencia / Agensur.info

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