lunes, 30 de enero de 2017

La cocina de los ángeles

Por Guillermo Piro

¿Ya vieron Paterson, de Jim Jarmusch? Si es así, probablemente quieran saber algo sobre William Carlos Williams, un poeta estadounidense que vivió entre 1883 y 1963, autor del poema épico Paterson, que además de ser el nombre del protagonista es también la ciudad de Nueva Jersey, donde está ambientado el film.

En 1915, Williams, que fue amigo de Ezra Pound, entró a formar parte de un grupo de escritores y artistas entre los que se encontraban Man Ray y Marcel Duchamp, conocido con el nombre de The Others; es considerado un exponente del modernismo literario y de una corriente llamada “imaginismo”. Daba clases de poesía en la Reed College, en Portland, Oregon, donde entre sus alumnos estaba Allen Ginsberg –el prólogo al libro de Ginsberg Aullido es de Williams. Williams era médico (es insólita la cantidad de médicos que se dedicaron a la literatura; sólo por nombrar algunos: Céline, Gottfried Benn, Somerset Maugham, Chejov, Cronin, Conan Doyle... debe de haber más, pero ahora no los recuerdo). A partir de 1924 dirigió el departamento de pedriatría del hospital de Passaic, en Nueva Jersey. Después de su muerte, en 1963, se le concedió el Premio Pulitzer por el libro Cuadros de Bruegel y otros poemas.

En Paterson, el protagonista lee una de las poesías más famosas de Williams: Sólo para decirte. El texto en español sería más o menos éste: “Sólo para decirte/ que me comí/ las ciruelas/ que estaban en/ la heladera// y que/ probablemente/ guardabas/ para el desayuno// Perdóname/ estaban deliciosas/ tan dulces/ y tan frías”.

Sólo para decirte está escrita como si fuese una nota dejada por el poeta sobre la mesa de la cocina, dirigida a su esposa. La esposa de Williams, Florence, que no era poeta, respondió a esa poesía con otra. La suya consiste en una lista de cosas que la mujer dejó en la cocina para su marido. No conozco traducciones de la respuesta de Florence, pero mi amigo Jorge Fondebrider la tradujo para mí –es decir para ustedes: agradezcan. Esta es su versión: “Querido Bill: te preparé/ Un par de sándwiches./ En la heladera vas a encontrar/ Moras –una taza de pomelo/ Un vaso de café frío.// En la hornalla está la pava/ Con bastantes hojas de té/ Para que te prepares té si/ Prefieres –Sólo enciende el gas–/ Hierve el agua y sirve el té.// Mucho pan en la panera/ Y manteca y huevos/ –No sabía qué/ Hacer por ti. Varias personas/ Llamaron en horario de oficina–/ Te veo después. Cariño. Floss./ Por favor, desconecta el teléfono”.

Todo esto me recuerda un poema de Wislawa Szymborska. El tema de fondo es semejante en ambos casos: la poesía que nace inadvertidamente, “creando peligrosos remolinos de mutuos sentimientos”. El poema de Szymborska se titula Elogio de mi hermana y es el más bello, el más preciso y el más respetuoso canto a los que no escriben poemas: la hermana de Szymborska y Florence, la esposa de Williams. No puedo transcribir el poema entero de Szymborska, pero sí unos versos: “En los cajones de mi hermana no hay viejos versos,/ ni hay recién escritos en su cartera./ Y cuando mi hermana me invita a comer/ sé que no es con la intención de leerme sus versos./ Sus sopas son exquisitas sin premeditación/ y el café no se derrama sobre sus manuscritos”.

Siempre estaremos en deuda con aquellos que hicieron tanto por nosotros: cocinar y no escribir poemas.

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