miércoles, 21 de diciembre de 2016

La balada de los niños perdidos

Un texto de Jorge Fernández Díaz

Reproducimos una historia verídica sobre la vida y el destino de Jorge Fernández Díaz. Publicada en La Nación, fue recogida en 2010 en La hermandad del honor, libro editado por Planeta Argentina.

Nunca soñaba que recuperaba a sus hijos. Luis soñaba que jamás los había perdido. Y al despertar volvía a la triste irrealidad: después del trabajo repartía folletos por el sur, y los fines de semana caminaba horas y horas por el Tigre, San Fernando y San Isidro, repartiendo volantes con las caras de ellos y con el número del juzgado.

Hablaba con cientos de personas y contaba una y otra vez su destino, dejaba los papeles impresos en parabrisas, postes, carteleras y comercios, y regresaba agotado a su casa de Quilmes.

Volvía con las manos vacías. Luis tiene manos callosas y castigadas de mecánico: trabaja en una fábrica metalúrgica de Wilde. Es inimaginable ese sentimiento de ausencia provisoria.

Al menos el dolor de la muerte permite un duelo, y a veces es verdad que la incertidumbre resulta peor que el dolor. Los domingos por la noche Luis se sentía completamente abatido. Pero los lunes repechaba la pendiente y volvía a aferrarse a una vaga esperanza. No es religioso, y por lo tanto nunca pudo ni siquiera colgarse de Dios, pero cuando le pregunto en qué cree me dice: En las ganas. Se refiere a la voluntad, a trabajar día tras día, a seguir y no darse por vencido.

Estoy en su casa de Quilmes y aunque hay calefacción yo siento frío en los huesos. Llegué a Luis gracias a Missing Children.

Es la primera vez que alguien acepta contarle a un periodista argentino el derrotero íntimo de un padre que buscó y encontró a sus hijos perdidos después de casi dos años de angustia. Me produce tanto dolor lo que me cuenta que casi me arrepiento. Si la historia no fuera valiosa para otros cientos de padres que viven actualmente el mismo drama y si no sirviera todo esto para llamar la atención de la opinión pública sobre la necesidad de ayudar, hubiera pasado de largo de esta crónica. Hubiera preferido algún otro tipo de héroe profesional o de peripecia interesante. Pero esta crónica es dolorosamente necesaria: Missing Children está buscando a 189 chicos perdidos y en nueve años de trabajo recibió más de 3.800 denuncias. Cada 24 horas desaparece un chico en este país, y esta organización sin fines de lucro tiene nulo apoyo estatal, tibios aportes privados y una estructura mínima, a pulmón, que carece incluso de un 0800. Su organización equivalente en Estados Unidos cuenta con subsidios estatales y rango judicial, trabaja en conjunto con el FBI y la Interpol, es ayudada por ex detectives de ciudades pequeñas, y cuenta con donaciones de grandes empresas. Un alerta de Google decía, hace unas semanas, que Walmart le había hecho una donación de 500 mil dólares sólo para modernizar su sitio de Internet.

Aquí hay cuatro mujeres heroicas con sus celulares, y catorce voluntarios, que viven para atender a los padres que buscan desesperadamente a sus hijos extraviados. Quien comanda a ese equipo extenuado, que sin embargo ya ha recuperado cerca de 3.500 chicos, es alguien que no conoce el cansancio: Lidia Grichener, una mujer que se metió por vocación de servicio y porque encontrar a un niño perdido le parece la mayor recompensa que puede darle la vida.

Lidia Grichener
Lidia me recomienda que haga una excepción, en estas historias “con nombre y apellido” y que llame simplemente Luis a su protagonista. Les pongo María y José a sus hijos. Tengo también sus fotos, pero decido no publicarlas: no quiero exponerlos, ya tuvieron suficiente. Los estoy viendo en estos momentos a los tres. Luis tiene 37 años, y es un pelado fibroso y contenido que se parece un poco a BruceWillis. María es una adolescente retraída y bella: tiene 15 años. José es un chico cariñoso y despierto: cumplió 12 y padece hemiparesia, una enfermedad de nacimiento que le provoca disminución de la fuerza muscular de una mitad del cuerpo. Lidia fue durante veinte meses esa voz en el teléfono que Luis escuchaba mientras los buscaba por cielo y tierra.

El padre me cuenta de entrada dos datos: la Justicia le otorgó la tenencia definitiva de los chicos, la madre tiene pedido de captura y el caso está caratulado como sustracción parental y abandono de persona. Esta última figura tiene que ver con José, que no recibió durante los veinte meses en que estuvo desaparecido un solo día de tratamiento. Lidia dice que la mayoría de los chicos perdidos suelen ser adolescentes entre 12 y 16 años, preferentemente mujeres, que abandonan su hogar por abusos y conflictos familiares, fracaso escolar o uso irresponsable de Internet: suben fotos y datos a la web y se transforman en blancos fáciles de desconocidos, en algunos casos de depravados o traficantes de personas. Un ocho por ciento de los chicos perdidos tiene que ver con alguna discapacidad mental y otro ocho por ciento, con razones inexplicables: un niño se suelta de la mano y se esfuma, una niña va al quiosco y no aparece más. Sesenta chicos denunciados en Missing Children aparecieron muertos. Pero un porcentaje más que estimable (11%) corresponde a casos donde los padres secuestran a sus hijos después de una separación. Son padres que usan a sus hijos como rehenes. Es algo difícil de entender, pero ocurre con frecuencia—dice Lidia—.Conocemos el caso de un padre que llevó incluso a sus hijos al cementerio y les señaló la supuesta tumba de su madre, para hacerles creer que había fallecido y que no debían abrigar ninguna esperanza de que volviera. Eso era, naturalmente, falso. La madre los buscaba y al final los encontró.

Le pido a Luis que empecemos por el principio. Su esposa quedó embarazada y luego se casaron. Tres años después hubo una discusión terminal y Luis se vino a vivir a esta casita de clase media proletaria y emigrante que tienen sus padres en Quilmes.A los pocos meses su ex mujer vivía con un artesano que le llevaba quince años: se habían comprado un viejo colectivo donde vivían y con el que recorrerían el país vendiendo aros, collares, pulseras y sahumerios. Desde el comienzo mismo hubo clima tenso entre las partes, y problemas para concertar un régimen lógico de visitas. En diciembre de 1999 la mujer le informó a su ex marido que se iban a trabajar a la Costa y que se llevaban a los chicos. No había número al que llamarlos, de manera que Luis esperó que se comunicaran.

Pasó todo el verano, y no había noticias. En mayo llamaron para informarle que estaban en Córdoba, pero no le daban la dirección con la excusa de que el micro sin asientos donde vivían iba de acá para allá. Luis empezó a preocuparse en serio. Le pasaban con María pero la nena hablaba con letra de la madre. No te puedo decir, papi, le decía cuando Luis preguntaba cosas concretas: siempre se escuchaba detrás la voz de un mayor; siempre llamaban desde un teléfono público.

Pero las llamadas se repitieron y un día la nena se equivocó y dijo el nombre de la escuela. Luis sacó un pasaje a Córdoba Capital y acechó la salida del colegio. Vio que salía María sucia y descuidada, con ropa vieja y rota, y luego vio dónde vivían todos: el micro estaba estacionado en un baldío. Subsistían vendiendo chucherías, al margen del mundo, como nuevos hippies, sin ingreso fijo. Luis tuvo la enorme tentación de entrar por la fuerza, sacar a sus hijos y traérselos a casa, pero se dominó a último momento, tomó el ómnibus de vuelta, regresó llorando y puteando a Buenos Aires e interpuso un recurso en el juzgado: la situación era completamente irregular, pero además José necesitaba una escuela especial y una rehabilitación urgente. El juzgado libró un oficio, y los padres de Luis lo convencieron de que sería mejor que fueran ellos quienes viajaran para recibir a los chicos: no querían que Luis se descontrolara y empezara a las piñas. La policía entró por una ventana del colectivo y retiró a los chicos, que estaban solos y aterrados. Los abuelos trajeron a Quilmes a María y a José, y Luis los bañó, les compró ropa y los llevó a un médico para que les hicieran exámenes físicos.

A los quince días la madre se presentó en el juzgado y reclamó un régimen de visitas. Con sus antecedentes, sólo le permitieron que los viera dos horas por semana en una oficina de tribunales. Pero esa dispensa duró poco: necesitaban la oficina y entonces resolvieron que podía visitar la casa de sus ex suegros. Los problemas continuaron: ella nunca llegaba a horario y había corto circuitos. El juzgado determinó que los encuentros sucedieran en un lugar público, el patio de comidas de un supermercado. El régimen implicaba que fuera dentro de los límites específicos de ese espacio, pero la madre transgredía y se los llevaba a pasear. Con el paso de las semanas, el sistema se fue abriendo, y en un momento la ex mujer y el artesano lograron alquilar una casa en Virreyes y tener a los dos chicos los fines de semana. Un domingo, cuando Luis los iba a buscar, se encontró con que el artesano le decía que habían caído enfermos, que los estaban nebulizando y que los fuera a buscar otro día. Luis intentó resistirse, pero el artesano fue tajante: No te los doy, y si no andá al juzgado. Fue a la comisaría, pero la policía sólo corroboró la veracidad de la denuncia: no hizo nada. Volvió el obrero metalúrgico de Quilmes a refrenar sus deseos de patear la puerta y llevarse a sus hijos. Pero avisó al juzgado, y esperó que lo llamara su ex mujer, o sus hijos, o que el artesano se dignara traerlos a casa. Nada de eso ocurrió, y se libró una orden de allanamiento. Luis iba en el patrullero. Cuando la policía golpeó la puerta de la casa de Virreyes, nadie atendió. Un vecino les contó que la familia se había mudado hacía una semana y que nadie sabía adónde.

A Luis pareció caerle un edificio de hormigón en la cabeza. Sentía una mezcla a partes iguales de bronca, desilusión y miedo. El último sentimiento se relacionaba con la posibilidad de que su ex mujer se hubiera robado a sus hijos para siempre.

La mujer y el artesano eran nómades, no votaban ni usaban papeles o documentos, tenían una casa rodante, una filosofía de vida despegada de la civilización y la chance de trabajar en cualquier sitio y volverse invisibles. Podían estacionar el colectivo a diez cuadras de su casa y Luis jamás los hubiera hallado. Me morí de vuelta —se dijo—.Me morí. Se recriminaba hasta las lágrimas haberse tragado el cuento y no haber actuado con más bravura. Ahora sabía que no podía descansar en la policía ni en la justicia, tenía que emprender un camino solo.

Comenzó por investigar en el barrio, luego ubicó a la ex esposa del artesano, que no lo veía desde hacía tiempo, y a su propia ex suegra, que era una persona mayor con un temperamento neutral. Nadie sabía qué había pasado y dónde podían encontrarse. Recurrió en seguida a los amigos comunes de la pareja. No sólo quería pistas sino alguna explicación. ¿Por qué quiere herirme, por qué toma de trofeo a nuestros hijos?

No había respuestas razonables. Una tía lo convenció de recurrir a Missing Children. Pocas veces tuvimos un padre con más participación y militancia —cuenta Lidia—. No faltaba nunca a nuestras convocatorias, siempre estaba dispuesto a todo. No perdía tiempo ni energía en odiar ni en hablar mal de nadie. Su frase era: “Quiero encontrar a mis hijos”. Y la repetía en todo momento y en todo lugar. Vivía para eso. El resto de su vida pasó a tener una importancia mínima.

Luis no podía, sin embargo, dejar de trabajar en la fábrica de Wilde. Uno de sus grandes amigos era el dueño de esa empresa y le propuso enviar a todas las ferreterías del país, dentro de los bolsones de herramientas que fabricaban, fotocopias con las caras y las señas de sus niños perdidos. Todos sus compañeros tomaron partido en la búsqueda. Y Luis llegó a imprimir 30.000 volantes para repartir en todos los puntos cardinales. Una amiga se iba de vacaciones a Córdoba, y Luis le encajaba un pilón de 150 folletos. Un pariente viajaba a Santa Fe, y Luis le daba 200 papeles para que los distribuyera en las grandes ciudades y en las estaciones de servicio.

Missing consiguió que la imagen de María y José estuviera metida en facturas de servicio y pegada en las cajas registradoras de Carrefour.Y que Canal 7 trasmitiera esas imágenes, que La Nación las publicara y que Mariano Grondona le hiciera una nota al padre atribulado en su programa de televisión.

Luis también asistió a un Boca-River junto a otros padres en similar circunstancia, hizo una silenciosa procesión junto a esos camaradas del dolor y la pérdida, y mostró su gran afiche a sesenta mil personas que lo miraban. Miren, miren bien —decía Luis para adentro de cara a la multitud—. Uno de ustedes los tuvo que ver. Pero nadie parecía haber visto a nadie.

Varias veces fueron a estadios o a plazas donde el periodismo les tomaba fotografías y declaraciones. Lidia y sus compañeras llamaban para el día del niño y para el día del padre, y Luis siempre preguntaba: ¿Hay alguna novedad? No había ninguna. Una vez fueron sesenta padres a una presentación en la Plaza de los Ingleses, y Luis pudo intercambiar con otros compañeros de infortunio impresiones sobre esa ausencia que le vaciaba el pecho. La gente, por la calle, al verlo pegar sus folletos le preguntaba qué había pasado, y al escuchar su breve historia, le decía: Los vas a encontrar. Era una expresión de deseos, pero también algo así como una premonición. Veían en aquel desconocido el instinto paternal y las ganas. Los vas a encontrar.

Hubo falsas alarmas. Parecía que alguien había visto a sus hijos. Pero luego se comprobaba que no. Muchas veces Luis se quedaba esperando frente al teléfono una llamada. Soná, que suene, por favor, que suene y que sean ellos. Veinte meses después de haberse esfumado, cuando la causa judicial amenazaba con cerrarse, el teléfono finalmente sonó.

Un vecino de un comisario de Tigre que vivía en Ingeniero Maschwitz creía haber reconocido a María gracias a uno de los 30.000 volantes. Eran las once de la mañana, y Luis comenzó a fumar un cigarrillo tras otro. Pasada la una de la tarde les avisaron: El domicilio está rodeado. Luis no podía trabajar ni manejar su propio auto, así que su amigo y su tía lo llevaron de Quilmes a San Isidro. A esa hora, no tardaban más de ochenta minutos, pero a Luis le parecía que era una semana entera. Llamaron desde el celular a Lidia a puro gritos y llanto.

Lidia, al otro lado de la línea, se puso a llorar. Pero Luis se mantenía un poco incrédulo. Estaba acostumbrado a las frustraciones y quería protegerse de otra gran tristeza. ¿Y qué pasa si entro y no son ellos? —se preguntaba—. Si no son ellos, hago como que soy un oficinista del juzgado, arreglo unos papeles, salgo y me voy.

Llegaron a San Isidro en esa tarde imborrable, y les avisaron que estaban en una oficina del subsuelo. Los compañeros de Luis, sus familiares y amigos, los voluntarios de Missing Children, los funcionarios, todos aguardaban el momento de la verdad con el aliento cortado. A Luis le temblaba el alma.

Lo condujeron escaleras abajo y tomó aire antes de trasponer el último umbral. Al hacerlo los vio. Fue un momento vibrante. Eran efectivamente María y José, estaban asustadísimos y no sabían cómo reaccionar ante la súbita aparición de aquel fantasma. No sabían tampoco si los iban a retar, y si aquel hombre era bueno o malo. Les habían dicho durante aquellos meses que no debían comunicarse con Luis porque él iba a querer raptarlos. Estaban flacos y sucios. María tenía rapada la cabeza, para no ser reconocida, y no asistía al colegio. José no había evolucionado por falta de medicinas y tratamiento. Los mandaban a comer a un salón comunitario para indigentes de una iglesia evangelista. Luis sonrió, y los chicos sonrieron de inmediato, y se abrazaron con intensidad.

Luis tuvo que reconquistar lentamente a su hija y remontar la imagen negativa que le habían plantado. Le compró ropa y la envió a la escuela: es una excelente alumna. A José lo puso bajo tratamiento kinesiológico: tiene dificultades pero evolucionó con rapidez. El gran festejo del reencuentro se hizo en un salón de Quilmes. Cumplía años María, y su padre no quiso que faltaran las mujeres de Missing Children. Habitualmente, para protegerse de las emociones fuertes, Lidia y sus adláteres tratan de cortar el vínculo con las familias una vez que los chicos son recuperados. Es notable cómo viven meses y hasta años comprometidos día a día con esos padres huérfanos y cómo dejan de verlos y hablarles en el mismo momento en que la causa triunfa. Con Luis hicieron una excepción.

Luis es el modelo del padre que no se rinde y no quisieron fallarle. Al llegar al saloncito de fiestas, María se les adelantó y les dijo: Gracias por ayudar a mi papá. Lidia me lo cuenta con un nudo en la garganta. Jura que jamás volverá a frecuentar esos epílogos.

Pasaron cuatro años desde el reencuentro. En estos cuarenta y ocho meses ese padre y esos hijos volvieron a tener una vida normal. La madre no ha vuelto a ponerse en contacto.

Dicen que tuvo otros hijos con el artesano, que se volvió evangelista y que algún día reaparecerá. Les doy un beso a los chicos encontrados y lo abrazo a Luis en la puerta. Ya me voy.

Me dice: Cuento todo esto para esos padres que siguen buscando.

Para que no bajen los brazos. La luna de Quilmes está alta y cubierta de nubes. No es que haga tanto frío. Es que tengo el corazón helado.

© Zenda – Autores, libros y compañía / Agensur.info

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