jueves, 1 de diciembre de 2016

Érase una vez un genocidio

Por César Pérez Gellida

Permítame que hoy le narre un cuento:

Érase una vez, en un país muy muy lejano, un buen gobernador que se empeñó en hacer que sus súbditos tuvieran una vida más fácil y apacible. Con mucho empeño, logró modernizar el país, abolió la esclavitud, expropió las tierras a los que no las explotaban para que su pueblo pudiera trabajar la tierra y se preocupó por mejorar el sistema de educación pensando en las generaciones venideras. En muy poco tiempo, sus medidas dieron tantos frutos que no tuvo la necesidad de pedir oro a los seres malvados que habitaban allende los mares.

Pero los seres malvados se dieron cuenta de que los países vecinos podrían contagiarse de aquellas prácticas y temieron que sus riquezas empezaran a menguar. Así, exprimiendo sus malas artes, los convencieron para que se levantaran en armas contra el buen gobernador aduciendo que era un tirano peligroso.

Tras más de cinco años de guerra cruel y desigual, no quedaba nada de aquel próspero y muy muy lejano país. Sus fábricas estaban destruidas, sus campos quemados, más de la mitad de la población había muerto y el noventa por ciento de los hombres habían sido aniquilados, incluido, el buen gobernador.

Y colorín colorado, la historia del Paraguay ha terminado.

O eso pretendieron los que cometieron un genocidio encubierto tras el marco de la Guerra de la Triple Alianza acontecida entre los años 1864 y 1870. Un conflicto tan atroz que fue deliberadamente enterrado por los vencedores, conscientes de que acababan de escribir una de las páginas más bochornosas de nuestra historia contemporánea.

Le pongo un vino con cuerpo, que lo va a necesitar.

En 1860, Paraguay era considerado un país industrialmente avanzado y moderno. Contaban con una de las primeras líneas de ferrocarril de Sudamérica, fueron pioneros en el uso del telégrafo, sus fábricas y astilleros eran la envidia de sus vecinos y sus fértiles campos daban trabajo y alimentaban a toda la población. Su presidente electo, Francisco Solano López, había continuado con la doctrina proteccionista impuesta por su padre, doctrina que chocaba frontalmente con el liberalismo económico que el Imperio Británico trataba de imponer como sistema globalizado de comercio. Mal asunto.

La más que previsible derrota de los Estados Confederados en la Guerra de Secesión fue determinante. Lincoln iba a necesitar las materias primas sureñas para reconstruir el país, lo cual implicaría necesariamente una drástica reducción de las exportaciones. La principal línea de abastecimiento del Imperio Británico de algodón iba a dejar de serlo en breve. Tenían que encontrar un sustituto antes de que esto se produjera y Paraguay cumplía con todos los requisitos de producción y calidad que buscaban. Solo había un problema: Solano López y sus políticas proteccionistas. La solución pasaba por tejer un pretexto creíble que sirviera para justificar la eliminación del inconveniente. Pero el Imperio Británico, —muy amigos ellos de no ensuciar sus civilizados estandartes—, prefirió engrasar su maquinaria diplomática con el objeto de convencer a los países vecinos de Paraguay de que las modernas y productivas acerías de Solano López pronto fabricarían cañones con los que el tirano asolaría sus territorios.

Tenga en cuenta que los cañones eran las armas de destrucción masiva decimonónicas. ¿Le suena? Exacto: Solano López fue el Sadam Hussein guaraní.

Para ayudar a tomar la decisión correcta, Londres no dudó en recordar a los líderes políticos de Brasil, Argentina y Uruguay que los lazos de amistad que les unían eran casi tan fuertes como débiles eran sus maltrechas economías, dependientes las tres de la banca británica.

Y bien sabe usted que el amor lo puede todo. Pedro II, Bartolomé Mitre y Venancio López, también se rindieron al amor.

Las maniobras británicas se terminaron concretando en una alianza militar diseñada para terminar por la vía rápida con las aspiraciones del tirano López. Al engendro lo bautizaron en secreto el Tratado de la Triple Alianza.

Con toda la dinamita colocada, ya solo restaba encender la chispa. Y de ello se encargó Pedro II con el envío de una fuerza de ocupación a Uruguay con la misión de derrocar el legítimo gobierno —aliado casualmente—, de Solano López. Como esperaban, este acudió en su ayuda, hecho que aprovechó la Triple Alianza para declarar la guerra a Paraguay. Las famosas palabras que pronunció el presidente argentino, Bartolomé Mitre, no pudieron ser más desacertadas: «En tres días en los cuarteles, en tres semanas en el frente, y en tres meses en Asunción».

La guerra duró cinco largos años dejando un balance de más de 600.000 muertos entre militares y civiles. Una catástrofe demográfica para la época en la que los derrotados se llevaron la peor parte. La población de Paraguay pasó de 500.000 a 116.000 habitantes, de los cuales, el noventa por ciento de los supervivientes eran mujeres y niños. La orden de exterminar a todos los varones mayores de doce años ejecutada por las tropas brasileñas el 1 de enero de 1870 en Asunción, tiene, todavía hoy, consecuencias de género en Paraguay. El país guaraní perdió buena parte de su territorio al pasar a manos argentinas y brasileñas, su ferrocarril fue completamente destruido, sus tierras devastadas y nada, absolutamente nada, de su flamante tejido industrial quedó en pie.

Solano López murió haciendo frente a los invasores junto a los últimos cuatrocientos hombres que conformaban el ejército paraguayo. Por su parte, el Imperio del Brasil y Argentina quedaron ahogados por los intereses de los préstamos que la Corona Británica tuvo a bien en concederles para sufragar los elevados costos que supuso un baño de sangre de tales dimensiones.

God save the Queen!

Le sirvo la penúltima, que cerramos.

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