domingo, 20 de noviembre de 2016

Quebrar una maldición histórica

Por Jorge Fernández Díaz
En la Argentina el que paga la fiesta organiza su funeral. Esta maldición luctuosa cruza fatalmente los ciclos de la historia moderna, desde las pesadas hipotecas contraídas por la dictadura militar que Raúl Alfonsín quiso afrontar emitiendo billetes hasta el hiperendeudamiento menemista que terminó hundiendo a la Alianza en la depresión económica. Sin olvidar, por supuesto, la inmolación de Remes Lenicov, Santo Patrono de la Pesificación a quien Roberto Lavagna debería rezarle cada noche porque le hizo el trabajo sucio y le dejó las manos libres. 

El juego siempre es el mismo: un gobierno enamora con la plata dulce, financia artificialmente esa borrachera y después aparece el perejil que se hace cargo de la resaca, llama a la economía de guerra, cae en desgracia y se toma el helicóptero. Esta constante entre fiesteros y reparadores le hizo decir a Guillermo Moreno que Cambiemos era "un paréntesis entre dos décadas ganadas". ¿Se entiende? Cuando los stocks se agotan y la guita se termina, el sistema precisa un recreo para que el infeliz de ocasión levante el muerto, corrija las distorsiones, dé las malas noticias, reciba los palos y urda con todo ello sus propias exequias.

El asunto se complica un poco cuando el reparador, para decepción de populistas y de ortodoxos, se niega por primera vez a ejercer su trágico papel y a poner la cabeza en la guillotina. Arriesgado experimento que nadie sabe muy bien cómo saldrá, que deja descontentos a unos y a otros, y que parece basado en tres cuestiones cruciales: no existe bibliografía que recomiende provocar una crisis en medio de una recesión, no hay margen social ni político para una megadevaluación ni para serruchar de manera salvaje los gastos inflexibles del Estado y es esencial para un gobierno no peronista ganar las elecciones de medio término. Si no quiere, por supuesto, que se lo coman los albatros de la desestabilización y sobrevengan, en consecuencia, treinta años de partido único. Cambiemos vivirá en estado de probation, en libertad condicional hasta que no logre superar esa meta. Y agreguemos una agria verdad revelada estos días por Javier González Fraga, que viene directamente de Europa: "Nadie quiere invertir en la Argentina, porque no saben si en dos años vuelve el populismo".

A todas estas razones obedece que, a pesar del ordenamiento económico y de sus sufrientes secuelas, el ajuste fiscal puro y duro brillara por su ausencia. Para eludir esa asignatura pendiente tomaron deuda a tasas bajas, compraron tiempo y se proponen ganar los comicios a como dé lugar. No está claro que esta estrategia vaya a resultarles exitosa. Sí es casi seguro que la opción contraria consistía nuevamente en pagar la juerga y la kermés, y en preparar un vistoso entierro a tambor batiente. Al Gobierno, los kirchneristas lo acusan de ser a un mismo tiempo ajustador serial y endeudador obsesivo, una incongruencia de mala fe: si ajustara en serio no haría falta endeudarse. En tanto, los ortodoxos le reclaman de buena fe una estrategia extremadamente dolorosa que funciona en otros países. Donde no existe, claro está, el peronismo. Con su pertinaz ánimo festivo y luego destituyente.

Es sabido, no obstante, que cuando una administración no hace el ajuste corre el riesgo de que el mercado termine haciéndolo, y de una manera cruel y desordenada, y también que el camino de la deuda es riesgoso, aunque el ratio de la Argentina sigue más bajo que el de cualquier otro país limítrofe. Una vez más: nadie tiene un vademécum para salir del neopopulismo, que acostumbró a la fantasía de la gratuidad y el subsidio, que gobernó con políticas insustentables y que sigue hoy teniendo poder institucional: es un referente obligado de cualquier negociación, sobre todo para una fuerza que ganó por tres puntos y carece de mayorías parlamentarias.

En Balcarce 50 y sus alrededores, los técnicos estudian el derrotero de las más recientes recesiones vernáculas, y se detienen muy especialmente en la que nos sacudió con fuerza en 2008. Los números fríos muestran que aquélla fue más dañina que la actual. ¿Por qué no la recordamos tan dramáticamente? Tal vez porque nuestra memoria es corta y porque el Indec de Moreno prestó un notable servicio de invisibilización mediática; también porque el miedo a represalias desalentaba a publicar algunos relevamientos privados. Hoy, el propio Indec informa cada semana veraces guarismos de terror y nadie se priva de dar a conocer cifras interanuales, aun sabiendo que esa metodología distorsiona un poco la realidad. Pero la Casa Rosada debería tomar nota de que, a pesar de todas aquellas triquiñuelas de enmascaramiento y hostilidad morenista, Néstor Kirchner recibió al año siguiente un duro castigo en las urnas.

La preocupación más grande que Macri y sus ministros se llevarán a su retiro espiritual de Chapadmalal es el consumo. Un cierto pensamiento mágico, del que todo el espectro político y empresarial fue copartícipe necesario, hacía ver que era posible rebotar rápidamente después de cuatro años de estancamiento, un levantamiento del cepo que implicó la devaluación del peso, una solución para los holdouts y el oneroso pago de viejas deudas externas y de varias deudas internas que el cristinismo convenientemente difirió: el Estado desembolsó este año por todo ese concepto unos 47.000 millones de dólares. Y sumemos a este tren pesado el vagón decisivo: el parcial aunque traumático sinceramiento de las tarifas. Ninguna de todas estas medidas parecían inevitables; todas juntas explican bastante que no se haya producido un estallido. Ni una recuperación. El punto inquietante es que a pesar de la mishiadura el Gobierno puso en el bolsillo de muchos consumidores plata para que la vuelquen en el mercado. Pero los consumidores no la vuelcan. Qué cosa. Lord Keynes utilizaba un concepto para explicar esa conducta: "Tienen motivos de precaución". ¿Y cómo no tenerlos en una nación donde cierran negocios, llegan todo el tiempo noticias de desempleo y persiste la incertidumbre de cómo vendrán las facturas el año próximo? En esta clase de coyunturas, el ciudadano que puede armar su pequeño fondo anticíclico, su canuto personal y adopta el techito de la austeridad hasta que la tormenta amaine. La explicitación de la herencia recibida produjo contracción, y el discurso presidencial fue virtuoso pero congelante: "No hay que gastar más de lo que se tiene". Le hicieron caso, y va a ser difícil sacarlos de la cueva con estímulos navideños: el fisco está al límite. Ese consumo empuja la rueda, y hasta que no se ponga en movimiento, funcionarios, empresarios y afines seguirán sumidos en el insomnio.

El único alivio que el argentino de a pie es capaz de constatar se encuentra en los precios; la inflación comenzó a descender. Este factor ya aparece en encuestas privadas: la aprobación presidencial bajó tres puntos, pero la imagen positiva del Gobierno subió dos, y mejoró por segundo mes consecutivo la aprobación de la gestión económica. Centralmente, el apoyo de la sociedad es mayoritario y sigue estable, aunque la percepción de la deprimente actualidad resulta volátil y la expectativa (la estoy pasando mal, pero el año próximo voy a estar mejor) se va reduciendo poco a poco. El efecto Trump y las dificultades de la hora no parecen ajenos a este último sentimiento. Mientras tanto, el aguafiestas marcha a contramano por el desfiladero de la historia burlando la tumba predestinada. ¿Lo logrará?

© La Nación

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