martes, 13 de septiembre de 2016

Peronismo vintage: "Renovación" y "Resistencia"

Por Pablo Mendelevich
Como se sabe, el peronismo es el más litúrgico de los movimientos políticos argentinos. Tiene instrumento propio, el bombo, una efemérides sacra consagrada a la lealtad y cierto sentido de pertenencia movimientista que es cuasi religioso. Menea su martirologio, venera a Evita, monopoliza el patriotismo, practica la necrofilia y siempre que puede entrega una enseñanza profética del general, entona la marchita para inocularle fe a sus actos y perpetúa en las paredes el dibujo de la P abrazada por la V, que alguna vez advirtió y amenazó en una misma pincelada que Perón volvería. Hoy exuda vocación de eternidad.

Es cierto, con el correr de las décadas -el peronismo ya cursa la octava- parte de esa liturgia se ajó. Sucede con las Veinte Verdades Peronistas, cada vez menos citadas. Entre otras cosas porque la cuarta, "hay una sola clase de hombres, los que trabajan", además de discriminar a la mujer podría ofender al millón y medio de desocupados y a los dos millones de subocupados, sin contar eventuales controversias sobre la hombría de quienes encabezan los dieciocho millones de argentinos que sobreviven gracias a planes sociales.

Lo de que el peronismo es "cuasi religioso" no es algo que dejó dicho el almirante Isaac Rojas. Lo explicaba Antonio Cafiero, el más longevo ministro del primer Perón, ascendido ahora que ya no está, quizás un poco tarde, al grado de líder iluminador. Un modelo intachable de la resignificación peronista, dicen, pese a que cuando Perón y sus herederos hicieron sucesivos castings de presidenciables a él lo descartaron sin cortesías. Prefirieron a Cámpora, Lastiri e Isabel. A Luder. Y como broche del descarte de Cafiero, a Menem.

Cafiero, aclaremos, se había hecho querer y respetar hace mucho por los más diversos sectores peronistas y también por muchos dirigentes de otras fuerzas políticas, como lo probaban sus legendarios cumpleaños de amplio espectro ideológico en San Isidro. La novedad, el martes pasado, fue que un peronismo amorfo y disgregado pero significativo le endosó postmortem, con propósitos coyunturales, el mérito mayor que se puede tener en una fuerza refractaria al llano: el de haberla sacado de allí para devolverla a su hábitat natural, el poder. A nadie pareció importarle mucho el detalle de que la vuelta al poder significó apuntalar los diez años y medio de transfiguración del peronismo en neoliberalismo, por decirlo con el mote con el que los propios peronistas evocan, generalmente indignados, los noventa, restándose ellos de la escena, desde luego. Es cierto que Cafiero encarnó el 6 de septiembre de 1987 en la provincia de Buenos Aires el desquite por la derrota nacional de 1983, aquella de Luder-Bittel que al peronismo le había roto el invicto. En 1987 el PJ recuperó cuatro provincias que estaban en manos radicales: además de Buenos Aires, Misiones, Entre Ríos y Mendoza. Con lo cual el peronismo controlaba 17 provincias y conseguía 104 diputados, incluido un subproducto de la Renovación poco recordado el martes último: el diputado Domingo Cavallo. Es que los capitanes de la Renovación original habían sido hacia 1985 algunos más que Cafiero: José Manuel De la Sota (padre político de Cavallo), Carlos Grosso y el todavía patilludo Menem, entre otros.

Está visto que además de litúrgico, el peronismo dispone de un mecanismo evolutivo que se nutre de su propio pasado. Para recomponerse, de vez en cuando echa mano a fragmentos de su propia historia, que es generosa. Pero como la historia nunca se repite tal cual y el contexto tiene la manía de cambiar, las extrapolaciones suelen ser más ortopédicas que genuinas. Ahora tenemos un sector peronista en vías de radicalización, el kirchnerismo puro, que recoge de los sesenta la épica de la "resistencia", y otro sector peronista, formado por dirigentes de distintas cepas en tren de deskirchnerizarse, también cultor del estilo retro, pero ochentosa. Peronismo vintage en abundancia. Hay quienes aseguran que Borges dijo que el peronismo tiene todo el pasado por delante.

El léxico es elocuente, no precisamente a favor de acertados paralelismos históricos. Se dice "resistencia" como si con Macri se hubiera renovado el tutelaje militar de los tiempos de la Guerra Fría, cuando el peronismo estaba proscripto, y se habla de "renovación" como si Lorenzo Miguel, Vicente Saadi y Herminio Iglesias hubieran reencarnado en los Kirchner y Scioli fuera otro Luder. El caso más burdo de aprovechamiento de marcas lustrosas, si bien apenas en el terreno de la anécdota, es el de los intendentes capitaneados por Martín Insaurralde y Gabriel Katopodis, que se hace llamar Grupo Esmeralda, algo de tan corta imaginación como si apareciera un servicio de cartas románticas por encargo y se pusiera Grupo de Boedo. Liderado por el sociólogo Juan Carlos Pontantiero, el Grupo Esmeralda estaba conformado por prestigiosos intelectuales. Se formó poco después de la reinstauración de la democracia para asesorar al presidente Alfonsín y no funcionó con la organicidad partidaria que más tarde tendría Carta Abierta sino como un think tank de debate interno. Difícil entender el sentido del plagio.

En la cultura peronista, la Resistencia, así con mayúscula, tiene considerable prestigio porque remite al sabotaje y a la agitación sindical más o menos violenta, contestataria, a su juicio heroica, que arrancó con la Revolución Libertadora, tuvo un breve intervalo para votar por Frondizi, y se reanudó poco después de instalado el gobierno de la UCRI, cuando el peronismo se sintió traicionado. En nombre de la Resistencia se siguieron quemando autos hasta el mismo día de la asunción de Cámpora para repudiar al general Lanusse, aunque también se había repudiado y fustigado antes, con sostenido esmero, a Arturo Illia y, desde luego, a Onganía, primero bienvenido y luego sacudido con el Cordobazo.

La Renovación Peronista, en cambio, no podría decirse que formó parte del acervo litúrgico. Hasta ahora parecía sólo asociada a sectores peronistas proclives a identificarse con la defensa de la democracia y con el orden republicano. Cuando fue la sucesión de congresos partidarios antagónicos (Teatro Odeón, Río Hondo, Santa Rosa) las banderas de la Renovación eran la democracia interna en el justicialismo -en oposición a los acuerdos de cúpulas- y la reducción del poder de las 62 Organizaciones en el campo político.

Paradojas peronistas, lo que acabó matando a la Renovación fueron las únicas elecciones internas que hubo en toda la historia del PJ para determinar la fórmula presidencial. Sus cuatro protagonistas, Menem y Eduardo Duhalde, por un lado, y Cafiero y De la Sota por el otro, eran renovadores, y el logro de la democracia interna también lo era. La primera fórmula venció a la segunda por 53 a 45. Cafiero, que presidía el partido, perdió caracterizado como un candidato más socialdemócrata que peronista, mientras Menem reconfiguraba a parte de la ortodoxia detrás suyo y debilitaba los argumentos de quienes querían actualizar al Movimiento.

De todo aquello lo único concreto que quedó fue la vuelta del peronismo al poder. Peronismo neoliberal pero peronismo al fin. Quizás la verdadera nostalgia de quienes el martes pasado honraron a Cafiero, exaltaron la unidad indiscriminada y sin mencionar proyecto político alguno conjugaron con fervor la redundancia que los anima: volver a volver.

© La Nación

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