martes, 23 de agosto de 2016

El affaire Aduana

Juan José Gómez Centurión y el "affaire Aduana".

Por Daniel Muchnik

El affaire Aduana se las trae. No sólo por la reciente separación de su responsable, Juan José Gómez Centurión, suspendido provisionalmente, hasta que se determine su culpabilidad sino por el organismo como símbolo consagratorio de la más extrema de las corrupciones.

Además de ello, por los personajes que están involucrados, revoloteando con caras de inocentes alrededor de esta historia. En una trama casi policial que serviría para vendérsela a los productores de cine de Hollywood.

Gómez Centurión, quien antes ejerció, entre 2012 a 2015, como responsable de la Agencia Gubernamental de Control de Buenos Aires, tiene también una actuación elogiada en el sector empresario privado. Con formación militar de grado en el Ejército, fue combatiente en las Malvinas y participó en las protestas de los militares conocidos como los “carapintadas”. Desde ese pasado que quizás a algunos puede irritar, pero no juega ante Tribunales, saltó hasta convertirse en un experto en seguridad requerido por su seriedad profesional y buenas y criteriosas dotes en el oficio. Contratado por Cencosud también brindó, del mismo modo, asesoramientos a empresas importantes del país. Pero al entrar a la Aduana sabía que pisaba fango resbaladizo y, por sobre todo, muy peligroso. No se quejó ante las puertas de ese Infierno.

Integrante de un gobierno que cuida la imagen en materia de sospechas, separado por sus amigos, Gómez Centurión salió a rebatir las acusaciones que le cayeron encima. Advirtió que la denuncia en su contra, basada en grabaciones, es una ‘cama’, preparada por desplazados de los servicios de informaciones y otros grupos acusados por fraudes, contrabandos millonarios y otros numerosos delitos. Hay nombres decisivos y otros ejes que estaban empeñados en continuar con sus movidas fuera de la ley y que Gómez Centurión frenó. El ex-militar lo cataloga este castigo como un ‘fusilamiento público’ de su persona. Apelará a la justicia y como carta de defensa exhibirá datos de sus actos ‘limpieza’ de corrupción en la Aduana y de la manera en la que frenó un fraude de u$s 14.500 millones en contra del Estado.

Un dato que no necesita explicarse es que para supervisar los movimientos en la Aduana se necesita chaleco protector de balas y traje de amianto de gruesa dimensión. Se trata de un rincón donde se manejan millonadas, considerado desde hace décadas como centro de un robo masivo enervante.

Los delincuentes no actúan solos. Están asociados a otros delincuentes, a empresarios inescrupulosos, a mafias que se adueñan del tráfico de mercaderías, a la participación ilegal de miembros de los servicios de inteligencia, a Secretarías de Estado.

Todo tiene precio en la Aduana. Un sólo ejemplo: en tiempos del cepo, para sacar un container con mercadería imprescindible el interesado (empresario en actividad o importador) debía oblar entre u$s 50 y 100.000. En conclusión: siempre hubo mucho dinero en juego. Se afirma que representantes de distintos gobiernos salieron millonarios, con dineros que no podían justificar en sus cajas fuertes

El acto delictual se repartía ante la vista de responsables del gobierno, que siempre miraban para otro lado y recibían, en el mismo día su parte del botín. Sería oportuno que la Justicia exhiba las conclusiones de la investigación de delitos de los que se acusa a Ricardo Etchegaray, ex inamovible dueño y señor feudal de la AFIP.

Si lo hace podrán llenar un capítulo vergonzante de la historia argentina de las últimas décadas, con procedimientos que se derivaban de gobierno a gobierno.

Si eso ocurría a lo grande en el puerto o en los depósitos fiscales (gran parte de ellos privados), la entrada de objetos personales para uso personal en manos de los viajeros que llegaban a Ezeiza, frenados ‘imprevistamente’ por gente de Aduana, era casi un juego de niños en medio de un lugar en el mundo definitivamente degradado.

Se habla de un país donde los que tienen poder disponen si una empresa que necesita insumos extranjeros aborda la quiebra porque ‘alguien’ baja el dedo o el mismo que usa el dedo favorece cadenas de negocios que respaldan la circulación de drogas alarmantes. Una de las patas del narcotráfico definitivamente integrado al país y a la vida cotidiana de sus ciudadanos.

Aduana era el reino donde se imponía entre el 10 y el 15% de comisión. Hubo containers que denunciaban 900 kilos de peso, pero verificados legalmente se determinó que portaban 2000 kilos. Buques destinados a la exportación en especial de cereales no escapaban al pago exigido por la corrupción.

Todo es un enorme agujero negro que recibió sin comerla ni beberla el actual titular de la AFIP (Administración Federal de Ingresos Públicos), el reconocido experto Alberto Abad, de quien también depende la Aduana.

Se tiene entendido que las maldades en la Aduana fueron heredadas de costumbres practicadas por un país que fue colonial atrapado por el monopolio exigido por el reino de España.

Eso es una excusa. Hemos vivido en muy distintas circunstancias y necesidades históricas. De todas maneras la Aduana es un caso patético de un país sin límites morales. Más: el control no forma parte de las más severas de las políticas públicas. Argentina asoma como un país indefenso donde patrullas de aprovechadores destrozan la imagen, la credibilidad, el ritmo de producción y el proyecto de futuro.

© El Cronista

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