jueves, 4 de agosto de 2016

Contrastes

Por Gabriela Pousa
Vacaciones, en apariencia al menos, la nieve comienza a acumularse en los picos de los cedros. Todos encantados con el espectáculo. Los esquiadores preparando el equipo, la temporada se muestra auspiciosa y genera entusiasmo inmediato. Se suceden los días, ya no es dable salir, las puertas están secundadas por altas montañas de nieve y piedra. 

Por la ventana no se ven los picos helados, ni el cielo blanco. El gris lo uniforma todo y el tedio acecha. Se espera. El ser humano sabe que la vida, en definitiva, es una sucesión de días entre esperas y lozanías. 

Al tiempo – ya no importa demasiado el cuánto -, ha agotado los víveres y apenas queda un poco de agua para seguir soñando con la salida del sol y un paisaje diáfano. Después de una noche que pareció eterna, un rayo de luz sorprendió a los desesperados. Era claro, el sueño concretado. Aplausos, risas, abrazos… 

Un detalle no más, las vacaciones habían terminado. No es un simple cuento, ni mucho menos una fábula trasnochada que busque moraleja, tampoco una metáfora aún cuando lo parezca. Es el breve relato de lo que hemos vivido durante doce años. El encanto de una mayoría siempre dudosa, y la espera resignada en otros casos. Nos tapó una nevada que al comenzar parecía linda y óptima, máxime para quienes pretendían esquiar. Algunos por el solo hecho de calzarse los esquíes creyeron haber esquiado, y así lo contaron…

El encantador paisaje quedó limitado por el marco de ventanas y el frío de la escarcha. La angustia para no acabar con la esperanza produjo fantasías impensadas. De ese modo, Cambiemos, Mauricio Macri y la juventud del PRO fue el sol. La nieve hartó. Quizás sea verdad que todo se supera si no se prolonga más de la cuenta, el problema es que nadie sabe a ciencia cierta cuál es esa suma, y en qué momento acaba la vida de uno en ella. 

El rayo de sol generó una ilusión fundada para algunos, necesaria para otros, y sospechosa tal vez para escépticos y víctimas de la meteorología en Argentina. A varios incluso, los encegueció. Sucedió algo similar a ese efecto que provoca la luz cuando pega de lleno en el parabrisas del auto. Lo mejor es no ver, y uno baja esa solapa de la parte superior casi en un acto instintivo como pidiendo salvación. 

Así los argentinos vivieron el comienzo de lo que hoy se llama “macrismo”. Una pena, nunca los “ismos” nos han favorecido y menos todavía si se apoya en una individualidad que, paradójicamente, nunca se ha erigido a sí misma como una imagen predestinada ni como un héroe redentor.  

Será cuestión de ver las partes en el todo, porque el todo solo no clarifica mucho. Lo cierto es que la perspectiva no más del sol, después de un exceso de días gélidos y oscuros fue una bendición. No hay reproche a haberlo vivido de ese modo. Ahora bien, el calendario no se detuvo con la nevada, la cronología nos indica que con su fin también las vacaciones estaban liquidadas. 

Hay que salir del hotel para volver a casa. Al hacerlo hay un detalle que opaca toda aventura vivida, toda epopeya o gesta magna: el conserje del complejo está parado ahí con la cuenta de lo que se debe, de lo consumido. A pagar si se quiere salir.  Entonces, el paisaje ya no es tan lindo, el sol no calienta lo suficiente, y la “viveza criolla” pretende valerse de la queja para evitar hacer frente a lo inevitable: saldar la deuda más allá de que se haya contraído libre y voluntariamente. El destino no fue impuesto, si estuvimos ahí es porque primero elegimos ir. No; no era gratis. A veces hay que leer la letra chica también. 

Fui a esquiar pero no pude porque nevó más de lo esperado“, no es un argumento válido para evitar el pago. No hubo cláusula ni garantía de un clima menos duro en el contrato. Se rompieron los platos, a pagarlos. Esa es la parte que no gusta. Ese es el instante en el cual Mauricio Macri deja de ser “mi Presidente” elegido democráticamente. En síntesis, llega el tiempo del “yo, argentino“. 

Quién puede comprender allí que no se ha aprendido aún lo suficiente. El dejo de nostalgia es natural, hasta la rabia por la “mala suerte” que en rigor no fue azar, se puede justificar. Pero no hay excusa para rasgarse las vestiduras. No somos víctimas de un alud sorpresivo ni de un tsunami que no vimos. Había posibilidades concretas de vivir una ingrata sorpresa. El sur era un resumen perfecto de lo que deparaba el kircherismo. Se optó, voluntariamente o no, por no ver aquello. Digamos que se evitó consultar el servicio meteorológico como si ello fuese un reaseguro de buen tiempo en esa ocasión. 

Refunfuñando salimos del lugar recreativo donde la nevada nos encerró hasta el olvido. En el camino vemos el arco iris completo, deslumbrante. Volvemos a sonreír y a estar satisfechos pero no hay siete colores resplandeciendo frente nuestro, únicamente por el sol que salió, no. Este es fruto del ayer soportado y del presente esperado. Una conjunción de ambos. Lo que deslumbra entonces no es tanto este sol sino el contraste entre la oscuridad e impotencia del encierro, y esta libertad coartada quizás por el deber y la responsabilidad de pagar el precio que vale el arco iris final.  

Tanto para la algarabía como para el enojo conviene esperar la estabilidad, de lo contrario mañana estaremos quejándonos del verano… Es difícil que lo oscuro termine claro y visible, pero también es seguro que no todo lo que brilla es oro, existe lo dorado. Eso no impide aprovechar el resplandor para avanzar y definir, finalmente, donde se quiere estar las vacaciones que vienen. 


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