jueves, 21 de julio de 2016

PERFILES / SIMONE DE BEAUVOIR

Monólogo de una mujer ¿fría?

Simone de Beauvoir: una mujer libre y comprometida con sus ideas.
Por Marisa Pérez Bodegas

Quien dice Beauvoir dice Sartre y viceversa. Tantos años después de la muerte de ambos, sus aportaciones filosóficas, literarias han pasado a los manuales, pero no su complicidad vital, que sigue siendo apasionante.

Sartre nunca dio explicaciones sobre su famoso pacto de pareja, pero Beauvoir lo describió con pelos y señales en su muy extensa autobiografía, y eso lo abrió a la opinión pública.

¿Qué tuvo de extraordinario? En aquel momento no abundaban las parejas abiertas como la que formaron. Pero lo excepcional de la suya fue que llegó hasta el final, razonablemente libre de mezquindades, leal en lo humano e intelectual, aunque no fiel en lo sexual. Y enriqueció la vida de ambos.

Una chica "mal" DE CASA "BIEN"

En 2008, Simone de Beauvoir hubiera cumplido cien años. Nació el 9 de enero de 1908, hija de Georges de Beauvoir, abogado de familia aristocrática e ideas muy derechistas, y de Françoise de Brasseur. Simone y su hermana Helène recibieron de su madre una educación burguesa, católica y puritana. Georges de Beauvoir no tuvo suerte en los negocios y, en 1919, la familia arruinada cambió su confortable casa de Montparnasse por un pisito en la calle Rennes, sin ascensor, agua corriente ni servicio doméstico. El padre encontró trabajo como vendedor de publicidad de periódicos y sus aspiraciones aristocráticas fueron sustituidas por el resentimiento. Frecuentaba los burdeles y regresaba bebido de madrugada. Las peleas entre marido y mujer eran cada vez más frecuentes, y sus hijas, los testigos críticos. Para escapar a todo ello la joven Simone, de inteligencia excepcional y carácter firme, se entregó al estudio hasta llegar a ser una de las intelectuales más famosas del mundo.

En 1927 se licenció en filosofía en una Sorbona con muy pocas mujeres. Allí conoció a Jean-Paul Sartre, siendo ambos los estudiantes estrella de la facultad: cuando hacían sus exámenes orales, sus compañeros iban a escucharles. Sartre asistió a una disertación de Beauvoir sobre Leibniz y quedó seducido por su inteligencia, su atractivo y aquella voz rápida y ronca que le aportaba tanto carisma.

Sartre EL AMOR NECESARIO

Empezó a llamarla “Castor” por su notable capacidad de trabajo y afirmó que tenía “la inteligencia de un hombre y la sensibilidad de una mujer”. Ambos ganaron al mismo tiempo las difíciles oposiciones a profesores de filosofía. Beauvoir alquiló en el acto una habitación independiente y allí se consumó su unión como pareja durante unas semanas de sexo febril.

Pero Sartre planteó un problema: aunque amaba a Beauvoir, a los 23 años no estaba dispuesto a renunciar a otros amores para siempre. Hicieron entonces su famoso pacto, muy filosófico: el amor entre ambos sería “necesario”, pero no se privarían de otros amores “contingentes”. En resumen, serían una pareja abierta que se lo contaría todo sin mentirse nunca. En efecto, se escribieron cientos de cartas, que Beauvoir legó al morir a la Biblioteca Nacional. Esa correspondencia ha demostrado, no solo la intensa y variada vida sexual de ambos y su mutua sinceridad, sino también las relaciones homosexuales de Beauvoir, que ella siempre negó, con mujeres, algunas de las cuales fueron sus alumnas.

Así empezó su compleja, larga y muy documentada vida en común que todavía hoy fascina a quienes se interesan por la pareja humana. Esta además la formaban dos personas peculiares y superdotadas que siempre se trataron de usted. Su relación, pública y desafiante, atacó valores sociales casi sagrados: la monogamia, el derecho a la posesión del otro, la heterosexualidad… Sartre, pese a su notoria fealdad, era un seductor que a lo largo de su vida fue acumulando a toda una colección de mujeres jóvenes. Y Beauvoir tuvo también amantes, dos bien documentados: Algren y Lazmann. ¿Sufrió ella por culpa de los celos? Sin duda, aunque los superó con su racionalidad y con la confianza de ser la primera para Sartre: “Es cierto que fui superprotector con las mujeres, pero con la más extraordinaria (Beauvoir) tuve relaciones de igualdad. Ella no me hubiera permitido otra cosa”, afirmó Sartre al final de su vida.

A los 10 años de conocerse ya no compartían sexo, aunque la pareja se mantuvo, apoyada en una sólida relación intelectual. Marxistas radicales, estaban de acuerdo en todos sus juicios y valores, en su firme rechazo a las formas de vida burguesas y a las religiones: cuando ganaron sus oposiciones a profesores y les asignaron destinos lejanísimos (ella Marsella, él Le Havre), Sartre le propuso matrimonio para poder reunirse en la misma ciudad. Ella se negó. No quiso que su amor se transformara en la experiencia amarga de sus padres.

La Biblia feminista EL SEGUNDO SEXO

Beauvoir enseñó filosofía en distintos lugares de Francia. En Ruán conoció a Olga Kosakiewicz, una alumna de 17 años. Se hicieron íntimas amigas y pronto formaron con Sartre el primero de sus “tríos”, descrito en la novela de Beauvoir, La invitada.

Entre 1941 y 1943, siendo profesora en la Sorbona, fue denunciada ante el Ministerio de Educación por corrupción de menores: la madre de una de sus alumnas, Nathalie Sorokine, la acusó de acostarse con alumnas menores de 21 años que luego pasaba a Sartre. La “familia” sartreana lo negó todo, pero Beauvoir fue expulsada de su cargo y decidió dedicarse de lleno a su obra literaria. Apoyada por Sartre escribió su primera novela, La invitada (1943), donde expuso la teoría existencialista de la libertad y la responsabilidad individuales, que volvería a abordar en La sangre de los otros (1944) y Los Mandarines (1954).

Terminada la II Guerra Mundial, comenzó a colaborar en la revista Les Temps Modernes (1945), donde Sartre era fundador y director. La posguerra exigía nuevas ideas y había una corriente intelectual que rompía con los valores del pasado: el existencialismo. En su ensayo Por una moral de la ambigüedad (1947), Beauvoir escribió: “El hombre no se justifica por su mera presencia en el mundo, sino por su negativa a estar pasivo... Existir significa remodelar la existencia”. Suscribía así el principal postulado del existencialismo: la vida carece de sentido, pero el hombre puede dárselo a través de la acción.

En su obra, Sartre construyó un sistema filosófico completo de carácter existencialista, pero Beauvoir prefería exponer sus ideas en forma de novelas. Sin embargo, su principal aportación es un concienzudo ensayo en dos tomos: El segundo sexo (1949). En esta piedra angular del feminismo, la autora analizó la condición de la mujer en las sociedades occidentales para responder a la pregunta: ¿Qué es ser mujer? La obra aborda lo femenino desde cuatro puntos de vista: la ciencia, la historia, los mitos, la biología y la edad. Entre los cuatro definen los condicionantes culturales y psicológicos de las mujeres.

No se nace mujer SE LLEGA A SERLO

Aunque pesada de leer, la obra causó un gran impacto por lo exhaustivo de su análisis y por su concepción igualitaria de los seres humanos. Enseguida se vendieron 22.000 ejemplares. El escándalo que El segundo sexo causó fue tal que, para salvarse de los ataques directos, Beauvoir tuvo que renunciar a los cafés parisinos –El Flore, Les Deux Magots– donde solía escribir. Aguantó una lluvia de insultos y burlas, pero obtuvo su revancha en vida: a partir de los 70, una generación de mujeres retomó la exigencia de la igualdad legal con los hombres, olvidada tras el fracaso del movimiento sufragista. Esas nuevas feministas eran las hijas de El segundo sexo.

Si, según Hegel, toda verdadera filosofía recoge el espíritu de su tiempo y lo eleva a concepto, Beauvoir acertó a expresar todo un ciclo de reivindicaciones de las mujeres. Su famosa frase “No se nace mujer, se llega a serlo”, se convirtió en una referencia esencial. Para su feminismo existencialista, el ser humano no es esencia fija, sino “existencia”, “proyecto”, “autonomía”, “libertad”. Privar a un individuo del derecho a decidir sobre su vida solo porque pertenezca al “segundo sexo” es violentarlo. Esta idea la asumen hoy millones de personas que ni siquiera han oído hablar de la obra y de ella han nacido las políticas de igualdad europeas.

Algren y Lanzmann LOS AMORES CONTINGENTES

En 1947, en Chicago, el norteamericano Nelson Algren llegó a la vida de Beauvoir. Excelente escritor, malhumorado y rudo, su relación con él quedó descrita en la novela Los mandarines. En aquel momento, Sartre mantenía un intenso romance con la actriz Dolores Vanetti, que inquietaba a Beauvoir. Algren fue su medicina. La bellísima correspondencia de más de 600 cartas que mantuvieron pone de manifiesto un amor muy sexual que duró varios años, antes de transformarse en amistad y luego en rencor. ¿Qué pasó? Que Algren detestaba la dependencia que Beauvoir tenía de Sartre, aunque ella intentaba explicársela: “No podría ser la Simone que amas si abandonase mi vida con él”. Algren, decepcionado y furioso, cortó la relación. Durante mucho tiempo atacó a Sartre y Beauvoir en textos y entrevistas. Pero fue una relación importante y Beauvoir quiso ser enterrada con un anillo de plata mexicana que él le había regalado.

En los 50 y 60, Beauvoir y Sartre eran embajadores intelectuales de la izquierda marxista en el mundo entero. Hipercríticos y tajantes, (nunca pertenecieron al Partido Comunista, al que reprochaban demasiadas cosas), su atención a la política y su apoyo a las causas que creían justas los habían convertido en prototipos del intelectual comprometido. En ese momento Beauvoir conoció a su último amor, el comunista Claude Lanzmann. Él tenía 25 años, ella 42 y apenas acababa de superar la ruptura con Algren. Con Lanzmann se sintió de nuevo viva y joven. Por primera vez aceptó vivir con alguien, aunque sin renunciar a su eterna relación con Sartre.

Últimos años RECUPERAR LO VIVIDO

En 1954, Los Mandarines ganó el prestigioso Premio Goncourt, lo que le permitió comprarse un auto y un piso propios.

A los 48 años, instigada por Sartre, que la consideraba “más interesante que las heroínas de sus novelas”, comenzó a escribir su caudalosa autobiografía, Memorias de una joven formal (1958), a la que siguieron La plenitud de la vida (1960), La fuerza de las cosas (1963) y Final de cuentas (1972). Basada en un diario más que minucioso, puntilloso, Beauvoir se convirtió en protagonista y explicó a sus lectoras cómo se había emancipado del oscuro mundo de su infancia para llegar a ser una mujer libre y comprometida con sus ideas.

En 1970 publicó La Vejez, un ensayo de tesis agresiva: los viejos, como los pobres, los inmigrantes o los locos, son un fracaso social, una nueva clase de marginados. Desde ese momento se consagró a cuidar de Sartre, a quien pasaban factura tanto la vejez como sus excesos con el alcohol. El filósofo murió el 15 de abril de 1980 y un año después Beauvoir publicó un polémico libro: La Ceremonia del adiós. Un texto muy personal pero duro y nada complaciente donde narra el derrumbe físico del compañero de su vida y sus devastadoras consecuencias: falta de riego cerebral, desorientación, incontinencia, recuerdos falsos, semiceguera, delirios, gangrena… Todo ello no le impedía participar, en la medida de sus fuerzas, en actividades públicas. Sartre no mostró angustia ante la muerte. Estaba conforme con el conjunto de su existencia: “Se ha hecho lo que se tenía que hacer”. Su entierro fue la última manifestación del espíritu del 68. Beauvoir murió el 14 de abril de 1986 en París, en el sexto aniversario de la muerte de Sartre. En su entierro, menos espectacular, cinco mil mujeres con claveles rojos. Ambos comparten tumba en el cementerio de Montparnasse.

© Filosofía Hoy

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