martes, 5 de julio de 2016

No hay reforma electoral que alcance

Por Pablo Mendelevich
Calígula, como es sabido, quiso nombrar cónsul y sacerdote a Incitatus, o por lo menos así lo narró Gayo Suetonio Tranquilo. Seguramente si Incitatus no hubiese sido un caballo la anécdota no habría animado a los más diversos auditorios durante dos mil años. Nunca volvieron a reportarse en este período extravagancias similares, por lo menos en ninguna república, y eso que no medió un remedio específico: para resolver el problema, a Claudio, tío y sucesor de Calígula, le pareció innecesario prohibir que los emperadores designasen cuadrúpedos como magistrados de la República romana.

La sinrazón, los comportamientos extremistas de personas con poder que se apartan del sentido común, evidentemente no se corrigen con leyes. Por eso no parece tener mucho sentido hacer ahora una ley para disponer que cuando se produce un cambio de gobierno deban estar presentes en la ceremonia de traspaso tanto el presidente saliente como el entrante.

Con la excusa de que quería que la trasmisión del mando se hiciera en el Congreso y no en la Casa Rosada, Cristina Kirchner intentó en diciembre último boicotear la ceremonia. Tras llevar la discusión al extremo de pretender que su mandato duraba doce horas más le hizo un desaire al presidente entrante y se fue a su casa. Aparte del caso singular de Bernardino Rivadavia, la imagen de un presidente argentino que asume sin que esté presente el antecesor aparece asociada, en primer lugar, con los golpes de estado, es decir, con la ruptura del orden constitucional. ¿Quiso insinuar Cristina Kirchner que lo que habría el 10 de diciembre de 2015 sería un cambio de régimen, porque llegaba "la derecha"? Como fuera, su boicot no resultó ningún éxito. Mauricio Macri asumió sin tropiezos y la gran mayoría se olvidó pronto del asunto, acaso porque debió concentrarse en las consecuencias de la herencia infectada del kirchnerismo, que ya no fue de tipo ornamental sino un continuado de sorpresas estremecedoras, incluidos los bolsos voladores.

Pero ahora se quieren discutir en el Congreso, junto con la ambiciosa reforma electoral que expandirá el voto electrónico, los detalles del traspaso como formato institucional en base a la nefasta experiencia de diciembre pasado. Quizás nada como la intención de reglamentar el traspaso de un gobierno a otro ponga tan en evidencia el reflejo pavloviano de los políticos de querer resolver las faltas extremas de sentido común con leyes profilácticas. Algo que en menor escala involucra a los vicios electorales que se quieren erradicar mediante la ley kilométrica que el Ejecutivo envió al Congreso. Erradicar las listas espejo, las candidaturas testimoniales, los votos en cadena, las candidaturas múltiples, los robos de boletas, los cuartos oscuros de infinita sobreoferta, la obligación de ir a votar todos los domingos y otras anomalías de los comicios (dicho sea de paso, la palabra comicios es como caries, no tiene singular, pero el proyecto oficial habla mil veces de "el comicio") sin duda es una meta positiva. Lo grave sería diseminar la ilusión de que votar con máquinas acabará para siempre con la viveza criolla que en términos generales desarrolló o convalidó la misma dirigencia -enhorabuena- súbitamente republicana.

El reglamentarismo no inhibe a los fabricantes de trampas, sólo estimula su ingenio. Gran parte de los argentinos se muestra hoy reacia al populismo inescrupuloso que profanó causas nobles con el fin de perpetuarse en el poder y que, se advierte cada día con mayor evidencia, tenía la riqueza personal de los gobernantes entre sus sueños revolucionarios. Ahora mismo parece impensable una vuelta atrás, pero en la hipótesis de que en el futuro hubiera otro gobierno como el kirchnerista, ¿es posible pensar que la ley de la transición ordenada, con suministro de información fidedigna área por área, baste para desterrar bombas de tiempo y adulteraciones como las que le dejó la anterior administración a la actual? ¿No habría que preguntarse antes cómo se llegó a consagrar la mentira en el Estado?

Por lo que se aprecia en democracias del mundo desarrollado la vida política quizás es más saludable cuando conjuga instituciones fuertes, un sistema de partidos sólidos, buena fe de los políticos, reglas estables y tradiciones duraderas con leyes que acompañan la evolución de las cosas. Aunque ahora preside el país un ingeniero, la mentalidad predominante en la dirigencia política es -al menos por peso numérico- la de los abogados y quizás eso contribuya a identificar ley con solución. ¿Habrá alguien, también, pensando cómo se consiguen instituciones fuertes, partidos sólidos, buena fe, reglas estables y tradiciones duraderas? Discusiones interminables como la de modificar (de nuevo) el número de miembros de la Corte Suprema -una idea que entusiasma por enésima vez a distintos sectores del peronismo- recuerda que la estabilidad de las reglas, causa de bajo rendimiento político, carece de sex appeal.

A veces la realidad se desvía del marco normativo en forma imperceptible, lo cual vuelve ocioso el esfuerzo de quienes pasaron días y noches pensando escenarios ideales sin prefigurarse los escenarios reales. Qué mejor ejemplo que el de la república matrimonial. Los constituyentes de 1994 establecieron un tope de ocho años consecutivos para un mismo gobierno, al cabo de los cuales el presidente debía dejarle el lugar a otro. Nunca se les ocurrió que un matrimonio podría burlar el espíritu de esa limitación y quedarse doce años y medio (el medio fue un ajuste del calendario institucional), con el argumento de que se trataba de dos personas distintas, aunque se transferían el bastón de mando dentro de la familia oficial con jactancia dinástica. Justamente en 2011 a Cristina Kirchner le calzó la banda presidencial su hija. Mejor que hacer una ley que prohíba a los hijos de los presidentes entronizar a sus padres -es sólo un supuesto- sería profundizar el análisis de las causas que llevaron a repetir el ciclo del encantamiento mesiánico, esta vez mucho más largo y pernicioso que otras.

© La Nación

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