lunes, 25 de julio de 2016

Mil años

Por Manuel Vicent
El astrofísico Stephen Hawking ha pronosticado que dentro de mil años una primera migración de seres humanos comenzará a abandonar la Tierra para asentarse en otros puntos del universo. Se supone que para entonces el crecimiento demográfico, la falta de alimentos, el cambio climático y la pestilente degradación de la naturaleza habrán hecho de este planeta un lugar inhabitable.

Los nuevos padres fundadores serán cosmonautas soñadores, jóvenes y fuertes. Aquí quedarán los viejos, los discapacitados, los pobres y los faltos de coraje.

Dada la escasez de espacio en las naves, verdaderas arcas de Noé, los emigrantes cósmicos llevarán consigo una selección extremadamente rigurosa de los mejores frutos terrenales. No faltaran el cereal y la vid, que fueron en la Tierra sangre y cuerpo de dios, junto con un ron bucanero para brindar por el éxito.

Para entonces el genoma humano totalmente explorado permitirá una absoluta manipulación genética de los óvulos y espermas congelados de los genios de la historia, pero en el cerebro humano estará guardada la ciencia y la cultura que pudo ser salvada de la hecatombe planetaria.

En otro lugar más confortable del universo podrán ser recreados los versos de Homero, la moral de Marco Aurelio, los cuentos de las Mil y Una Noches, los ensayos de Montaigne, la Venus de Botticelli, el Réquiem de Mozart, la ironía de Voltaire, todo lo que en la Tierra nos permitió vivir sin avergonzarnos, por ejemplo la libertad, las aventuras de Ulises y el amor a los caballos.

Puede uno imaginar qué salvaría de este planeta hoy para llevárselo a otro mundo si fuera un expedicionario galáctico. Por mi parte no faltarían los calamares en su tinta, las berenjenas fritas y el apio para las ensaladas. Pues bien, ese tesoro que cada uno se llevaría a otro planeta aún está en la Tierra. Hay que aprovecharlo.

© El País (España)

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