viernes, 27 de mayo de 2016

Entre la ficción y la realidad

Por la ruta del dinero K hasta la deriva económica y social 
del macrismo.

Por Claudio Fantini

La literatura de ficción suele explicar realidades. En un cuento de Borges, un rey de Babilonia invitó a un rey árabe a conocer su laberinto. Lo introdujo en sus pasillos infinitos y ahí lo dejó, extraviado, hasta escucharlo suplicar que lo sacaran.

Para vengarse, el rey árabe llevó a su antiguo anfitrión a Arabia, diciéndole que le mostraría su propio laberinto. Cuando lo hizo bajar del camello en el medio del desierto, el rey babilónico no entendía cuál era el laberinto al que se refería su antiguo huésped.

Ahí lo dejaron y murió deambulando sin hallar la salida de aquella vastedad.

En algo se parecen el rey babilónico de Borges y el país que busca bóvedas en el desierto patagónico. Argentina observa a policías y funcionarios judiciales recorriendo inconmensurables estancias y perforando la tierra con escavadoras, en busca de un tesoro que no aparece. Como sino percibieran que el tesoro es, precisamente, el vasto territorio que recorren.

Tanto se habló de bóvedas repletas de dinero en efectivo que, sin esas cajas blindadas a la vista, todo parecía una fabulación patagónica. Hasta que el fiscal que busca la “ruta del dinero K” empezó a descifrar el misterio.

La construcción de la fortuna de Lázaro Báez tiene dos etapas. En la primera, su presunto socio o jefe, Néstor Kirchner, además de darle obra pública con sobreprecio, le enviaba dinero de sobornos que, por su procedencia, no podía guardarse en bancos. Ese tiempo de bóvedas, cajas fuertes y bolsos hinchados de billetes, concluyó al morir Kirchner.

Desde entonces, la suma del dinero escondido y lo que dejaban los sobreprecios para realizar obras que no se concluían o, directamente, no se realizaban, se convirtió en estancias, mansiones y edificios que se cuentan por centenas.

Otra parte de esa inmensa fortuna salió del país hacia paraísos fiscales, mediante los esquemas que diseñaba Leonardo Fariñas, el “valijero arrepentido” que describió el trayecto de la fortuna hacia nuevos y más sofisticados escondites. Pero no todo está en estancias, mansiones, edificios, y cuentas secretas. Una parte fue transferida a la familia Kirchner, rentando en hoteles habitaciones que no se ocuparon, y alquilando decenas de inmuebles que no se utilizaron. Por cierto, hoteles e inmuebles de la familia Kirchner.

El tesoro oculto de Lázaro Báez estaba tan expuesto como el laberinto que, en el cuento de Borges, usó un rey árabe para vengarse.

 Novela y relato

También en Europa la ficción literaria incursiona en la realidad. En el libro “Sumisión”, Mohamed Bin Abbes se convierte en presidente de Francia, como candidato de un partido islamista llamado Fraternidad Musulmana. Desde ese momento, el protagonista de la novela ve como el país del iluminismo y la revolución secular, va girando hacia el oscurantismo y el dictat moralista de la religión.

El autor, Michel Houellebecq, hoy observa expectante lo ocurrido al otro lado del Canal de la Mancha. En Londres, un musulmán se convirtió en alcalde de la doble capital (inglesa y británica).

La diferencia entre la calidad de las propuestas de campaña del multimillonario tory Zac Goldsmith y del laborista Sadiq Khan, era favorable al segundo. La incógnita era si, a la hora de votar, que en el pasado hubiese, por ejemplo, defendido en una causa a Louis Farrakhan, discípulo de Malcom X, pesaría más que su buen desempeño como funcionario del primer ministro Gordon Brown.

El escrutinio develó la incógnita. Dando muestras de un desprejuicio étnico del que muchas sociedades del mundo deberían tomar nota, los londinenses decidieron que los gobierne un musulmán, hijo de paquistaníes pobres.

Para los islamófobos partidos ultranacionalistas, como el que acaba de ganar la presidencia de Austria (a pesar del nazismo visible de su fundador, el fallecido ex gobernador de Carintia Jorg Haider) que un musulmán gobierne Londres es una prueba contundente de la necesidad de revertir como sea “la islamización de Europa”, que la convertirá en lo que Oriana Fallaci llamaba “Eurabia”.

De momento, lo que está claro es que el nuevo alcalde londinense no es un fundamentalista como Mohamed Bin Abbes ni el Partido Laborista es comparable a la Fraternidad Musulmana, el líder y el partido que conquistaron el gobierno de Francia en la inquietante novela de Huellebecq.

Otra novela inquietante nos devuelve a la Argentina, donde los indicadores de pobreza, inflación y recesión muestran como una ficción a la certeza macrista de que, en el segundo semestre, el aumento de precios cesará y el país crecerá, junto con el empleo y el poder adquisitivo.

¿Dónde está la realidad? ¿En lo que pronostican las duras estadísticas o en el optimismo del gobierno?

Está claro que la herencia era dura y que no se puede reorganizar una economía sin producir fuertes sacudones. Pero también está claro que Macri inició su gobierno con un optimismo clasista: un empresario que confía ingenuamente que si pone todo a favor del empresariado, ese sector responderá de la mejor manera, y habrá crecimiento, empleo y consumo gracias a la inversión interna y externa.

Como Cristina dejó un desmadre, había que reorganizar la economía, pero se hizo descargando todo el peso sobre las clases medias y bajas, mientras que todo el alivio fue para un empresariado en el que, con honrosas excepciones, predomina la especulación, el facilismo y la mezquindad social.

Hay ingenuidad ideológica en la certeza con que Macri creyó que, velozmente, el sector del que proviene reaccionaría a los incentivos que le dio el nuevo gobierno, aportando inversiones, puestos de trabajo y responsabilidad en el manejo de los precios.

La segunda mitad del año dirá cuanto acierto y cuanto error hay en el optimismo gubernamental. Quizá en ese desenlace, el país vea que está dentro de otro “relato” ideológico, tan ficcional como la novela “La década ganada”.

© La Vanguardia

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