domingo, 17 de abril de 2016

No hay manual para el país de los delirios

Por Jorge Fernández Díaz
En el diccionario personal de Ambrose Bierce la paciencia tiene una rara e irónica definición: "Forma menor de la desesperación disfrazada de virtud". Los argentinos toman con ardiente paciencia, con disimulada desesperación, las amargas medicinas de la normalización económica y van poniéndose lógicamente quisquillosos a medida que transcurren estos interminables y sombríos meses de cirugía y convalecencia gradual. 

El retorno de la Pasionaria de El Calafate, su discurso mesiánico, su tono amenazante y su multitudinario acto de intimidación judicial refrescaron de pronto la corta memoria de muchos ciudadanos y los rearmaron de paciencia. El Gobierno, que necesita comprar tiempo, celebró en secreto ese beneficio paradójico: sigue siendo negocio que la dama y su troupe de sospechosos y piantavotos recuerden a la sociedad los años en los que vivimos en peligro de enajenación. A esa chirriante autocelebración de los mariscales de la derrota faltó el peronismo, donde se califica a los camporistas como "esos locos": el epíteto pone orgullosos a los aludidos puesto que reivindican íntimamente la "locura de los ideales" (así calificaban a la "juventud maravillosa"; así les decían a las Madres) y confunden con deleite (una vez más) la irracionalidad política con la creatividad de las vanguardias. La alegría hilarante que les daba ver a su líder imputada bailando la conga en los balcones y subiendo histriónicamente las escalinatas de los tribunales es algo digno de análisis multidisciplinarios. Habría que buscar, en principio, pistas en la bibliografía del fundamentalismo religioso. Muchos de los militantes hablaban de una verdadera "fiesta". Parecía, en todo caso, una fiesta en un neuropsiquiátrico. No se puede festejar que una ex presidenta constitucional deba dar explicaciones ante la Justicia en un contexto de múltiples causas por grave venalidad y cuando sale tétricamente a la luz cada día la matriz corrupta de su proyecto: los dos más íntimos colaboradores de su esposo (Jaime y Báez) duermen en un penal de Ezeiza. El asunto no da para reír, sino para llorar. Es un drama profundo que no sólo involucra a los Kirchner. Es una tragedia de toda la democracia argentina.

Mientras esta juerga proselitista se llevaba a cabo, Urtubey pasaba la mañana con Macri, el jefe de Gabinete almorzaba con Massa, los líderes de las centrales obreras tomaban café en Balcarce 50 y el Partido Justicialista, con el aval de gobernadores y dirigentes de peso, cerraban una lista de unidad en la que dejaban afuera a La Cámpora. Capitanich, que como todo el mundo sabe siempre ha sido un adalid de la Patria Socialista, expresó enseguida su impotencia: "La conducción de Gioja y Scioli en el PJ va a ser una variante más de este modelo neoliberal". Su jefa, mientras una multitud de trabajadores marchaban en Santa Cruz repudiando las corruptelas kirchneristas, sugirió a sus legisladores en el flamante Instituto Patria que asuman una oposición dura y dejen de velar tanto por la gobernabilidad. Muy patriótico. Pichetto se presenta, una vez más, como el dorso de esa hostilidad destituyente a solo 120 días de gobierno. Los peronistas clásicos saben, aunque lo digan entre susurros, que el país debe superar una herencia tóxica de déficit insostenible, inflación desorbitante, precipicio económico y bomba social: recordemos que la ideóloga del "peronismo virtual" legó doce millones de pobres después de una década de viento de cola y dispendio. El "peronismo real" comprende que hay un gran naufragio, que oficialistas y opositores están agarrados de una tablita en medio del océano, obligados a acordar, y que además deben colaborar porque permanecen bajo la gran lupa: el 67% de la gente todavía cree que las penurias de hoy son consecuencia de las chapucerías de ayer. También entiende, por experiencia histórica, que los gobiernos no peronistas tambalean precisamente por falta de cooperación peronista, y que cada uno de aquellos traspiés del pasado tuvo altísimos costos para las mayorías y, en especial, para los más vulnerables. Por eso ofrece un Pacto del Bicentenario, algo inadmisible tanto para Cristina como para Carrió.

La gobernabilidad ocupó estos días el centro del debate, y lo hizo a partir de una discusión entre halcones y palomas que divide sordamente aguas dentro del frente Cambiemos, pero que es transversal a casi todos los partidos políticos. En un rincón están los que piensan así: el levantamiento del cepo judicial fue una imprudencia; conduce a un mani pulite a la bartola, y éste a una destrucción unánime de la clase política y, por lo tanto, a un país de inestabilidad peligrosa. Hay que elegir entre salvar a un hijo o a otro: gobernabilidad versus decencia. En la vereda de enfrente se piensa de otra manera: la Argentina está por primera vez ante la chance de ir a fondo y cambiar su historia; las investigaciones abiertas por la corrupción se comparan con los juicios a los ex comandantes de la dictadura. También a Alfonsín le sugerían que no avanzara para no poner en riesgo su gestión. Un tradicional dirigente alfonsinista hace, en privado, una salvedad: algunos nos pedían en los 80 que abriéramos una comisión investigadora en la Cámara de Diputados para tirar al fuego a todos sin discriminar responsabilidades (una especie de tribunal popular, la negación misma de la justicia), mientras que muchos peronistas nos rogaban que no se abriera esa caja de Pandora; Alfonsín no hizo una cosa ni la otra: armó la Conadep (el peronismo se rehusó a integrarla) e impulsó ese juicio trascendental. "Ahora algunos quieren que todos los peronistas vayan presos y otros que se firme una amnistía en las sombras. Ni calvo ni con tres pelucas."

El macrismo, en tanto, mantiene su teoría de la prescindencia bajo la consigna de que fuimos una sociedad en cautiverio: hoy nos duele la libertad, no sabemos muy bien cómo manejarnos con ella. Estos dilemas tienen una explicación mucho más amplia, y se inscriben en la evidencia de que no existen manuales para el posneopopulismo latinoamericano. Los viejos populistas eran derribados por siniestros gobiernos militares que encarcelaban a sus caciques, borraban del Estado sus símbolos personalistas y desarmaban sus negocios oprobiosos: con cárcel y censura no hacían otra cosa, en realidad, que victimizarlos, y es así como regresaban luego con más legitimidad y fuerza. Este tango que bailaba el partido populista con el partido militar acabó con el advenimiento de la democracia republicana. Hoy los neopopulismos no son desalojados por las botas, sino por los votos o, en todo caso, por los mecanismos constitucionales de remoción. Como sea, esas fuerzas no se disuelven, continúan en el escenario con representación institucional y parlamentaria, y los nuevos gobiernos se ven obligados entonces a tenerlos en cuenta y a negociar con ellos mientras desmontan las vilezas y desatinos de sus regímenes, y habilitan la sanción de sus pillajes y saqueos. Menuda tarea. Nadie tiene aquí ni en Venezuela, Brasil, Bolivia y Ecuador una guía escrita para esa armonización inédita. Los riesgos del ensayo y el error son inevitables cuando no existen rutas y hay que abrir caminos. El peronismo fue, tal como afirma el politólogo Andrés Malamud, quien organizó el sistema político durante todas estas décadas. Los mariscales de la derrota que celebraron el delirio en Comodoro Py le rompieron el espinazo a su propio movimiento, y entonces todo está por ser escrito en la Argentina.

© La Nación

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