domingo, 10 de abril de 2016

Levantan el cepo judicial y hay un tsunami político

Por Jorge Fernández Díaz
Levantaron el cepo judicial y ahora hasta las tortugas vuelan. Éste es el verdadero hito de la política argentina: por primera vez en tantos años de democracia, el Poder Ejecutivo afloja el torniquete de protección propia y ajena, y avisa que por sus fallos o diligencias ningún juez o fiscal ascenderá o perderá su carrera, ni sufrirá chantaje de inteligencia ni hostigamiento mediático. La liberación de estas fuerzas oportunamente dormidas es tan huracanada que los propios hombres del frente Cambiemos pueden caer bajo las fatales ruedas del tren de la historia; hoy ni siquiera los inocentes pueden dormir tranquilos. 

Sin esa decisión crucial, Macri no permanecería imputado, Lorenzetti no recitaría tardíamente el Nunca Más de la impunidad, los magistrados no apurarían las causas aletargadas y no estaríamos experimentando este virtual mani pulite a la criolla que podría incluso arrollar a Cristina Kirchner: ayer mismo fue también imputada.

Es cierto que toda esta eclosión se combina con la denuncia mundial de un heroico puñado de periodistas independientes, pero admitamos que si el nombre de la gran dama hubiera aparecido en la lista de los paraísos fiscales (como sucedió con su amigo Putin y su enemigo Cameron) ella no habría pronunciado una sola palabra ni dado ninguna explicación a la sociedad, los reporteros habrían sido atacados como agentes del imperialismo y ningún fiscal se habría atrevido a imputar en tiempo récord a la doctora sin pensar aunque sea un poquito en el destino trágico que sufrió su colega Alberto Nisman.

El periodismo, acusado por los relatores kirchneristas de ser la "nueva derecha" y el ariete de los "poderes concentrados", acaba de producir el mayor golpe de los últimos 50 años contra el capitalismo financiero y sus tramas oscuras, y lo ha hecho sin discriminar entre dirigentes de izquierda o derecha, republicanos o populistas. En la Argentina, es la "corpo" (La Nación y El Trece) y no la prensa militante la que conduce este gran deschave: si Hugo Alconada Mon descubriera que su madre opera ilícitamente en Panamá, escribiría una nota de 100 líneas para denunciarla. A esto se agrega que de pronto las investigaciones de Omar Lavieri sobre Jaime y de Jorge Lanata sobre Báez tienen por primera vez una correlación precisa y concreta en Comodoro Py, y entonces resulta que ninguno de los dos vendía humo (como propalaban creyentes y mercenarios del régimen cristinista), sino que efectivamente desnudaban incendios reales y pavorosos.

El tercer factor de esta guerra de las galaxias que ya nadie controla es, por supuesto, la demanda social, pero no es nueva: ya se sabe que la época de vacas flacas no se lleva bien con la corrupción de los poderosos. El avieso mito de la persecución kirchnerista a la manera de la Revolución Libertadora estalla también en mil pedazos: aquí no se salvan peronistas, radicales, liberales ni socialdemócratas. Al que patina, lo velan. Por eso a la argumentación del revanchismo selectivo siguió sin solución de continuidad la teoría implícita de "todos somos iguales, nadie puede tirar la primera piedra". Y por supuesto a la súbita preocupación por la ética pública de quienes durante 12 años encubrieron la venalidad del Estado y hasta la justificaron en la construcción de la "burguesía nacional" y en la necesidad de hacer caja para el "proyecto emancipador". Dicho sea de paso: si Néstor viviera, ¿dónde estaría? ¿En los pabellones de Ezeiza junto a sus dos más estrechos amanuenses?

Las revelaciones del Panamá Papers confirman el fenómeno de WikiLeaks y constituyen el principio del fin del secretismo. En mayo el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación pondrá ante los ojos de la opinión pública mundial todos y cada uno de los documentos sobre 240.000 sociedades ya identificadas por sus vínculos políticos, por ser corporaciones bajo sospecha o por realizar actividades non sanctas.

En la era digital se acabaron la confidencialidad y el encriptamiento. El asunto es inédito y no está exento de claroscuros: el precio de la transparencia total es que a veces pagan justos por pecadores. En esa enorme pecera hay evasores fiscales y lavadores de dinero, pero también empresarios honestos que abren esas firmas para operar en el exterior, emitir deuda, movilizar fondos y tributar menos, todas actividades estrictamente legales. Discriminar entre unos y otros puede llevar mucho tiempo, y la exposición mediática erosiona las reputaciones. Los especialistas aseguran que la mayoría de las grandes compañías nacionales han abierto offshores y que muchos ahorristas de porte han utilizado esa vía para protegerse de los cataclismos cíclicos provocados por la economía vernácula y el continuo repudio a nuestra moneda: hiperinflaciones, megadevaluaciones, confiscaciones, corralitos, cepos y ruptura sistemática de las reglas. Calculan que los argentinos tienen en el exterior cerca de 400.000 millones de dólares: la mitad está ajustada a derecho; el otro cincuenta por ciento no lo habría declarado al fisco. Mossak Fonseca es apenas uno de los cinco grandes estudios dedicados a estas operatorias, y es dable pensar entonces que a este desparramo seguirán otros.

El tema conviene tangencialmente al gobierno de Cambiemos, que intentará lanzar en breve un blanqueo fundamental y utilizar esos fondos en obras de infraestructura. Esta vez a la tentación de un país más previsible se sumará el pánico a filtraciones globales y a consecuencias jurídicas directas, un buen acicate para repatriar los billetes que huyeron de noche y por la puerta de servicio.

El grupo Socma no debe ser una excepción en el empresariado local; carga con todos los vicios y prejuicios de ser más argentino que el ojo de bife. Este Mauricio Macri de hoy lucha biológica y culturalmente contra el que fue hace 20 años, cuando abandonó los negocios privados para dedicarse a la dirigencia del fútbol y después a la política. La fortuna personal le dio entonces un gran espaldarazo y ahora le pasa facturas. Esta electrizante dinámica judicial que puede incluso chamuscarlo a él mismo no la desató, contra todo lo que se dice, la Corte ni el clima imperante, sino la propia gestión presidencial, que dio vía libre y permitió la apertura de la caja de Pandora. Si no hubiera prescindido de ese tradicional poder coercitivo, difícilmente los miembros del máximo tribunal habrían actuado con tanto altruismo justiciero, por más que los oyentes de las radios pidieran a gritos justicia e integridad, algo que vienen haciendo desde hace por lo menos tres años.

Esta novedad complica, paradójicamente, los acuerdos de gobernabilidad ofrecidos por la corporación peronista, y por eso resulta todo un dilema para los referentes del frente Cambiemos. Miguel Ángel Pichetto, no sin antes recomendar un alto nivel en la decencia pública y gestionaria, fue quien aludió al Pacto del Bicentenario y de paso mencionó por primera vez el concepto de mani pulite, para declarar de inmediato que esos procesos de "puritanismo" suelen destruir la política: en Italia determinó el liderazgo de Berlusconi, dijo. A buen entendedor, pocas palabras. No caves indiscriminadamente en el jardín, está lleno de cadáveres y no sé si podré darte una mano. El politólogo Marcos Novaro lo puso en estos términos: "¿Será así nomás, habrá que elegir entre la moderación opaca y cómplice o un honestismo ingobernable? ¿Hay que elegir entre la corrupción o el despelote?"

© La Nación

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