domingo, 24 de abril de 2016

De cepo en cepo, el incorregible facilismo nacional

Por Jorge Fernández Díaz
Conviene recordar estos días la fatiga de Orwell: "El hombre es la única criatura que consume sin producir". Y aquella corta escena de Casablanca, cuando el oficial nazi encara al cínico y melancólico propietario del café, y lo interroga: "¿Cuál es su nacionalidad?". Bogart le responde: "Soy borracho". La vocación por consumir lo que no tenemos y el acto reflejo del alcohólico que no aprende y cae una y otra vez en la tentación ya forman parte también de nuestra moderna identidad nacional: el nuevo ser argentino.

Si un presidente clásico hubiera recibido la hipoteca y la sequía que heredó Cambiemos, probablemente habría aceptado gran parte de los 67.000 millones de dólares ofrecidos por el mercado internacional. ¿Cuánto habría tardado ese mandatario en crear el relato doméstico de que se trata de un nuevo Plan Marshall, y cuánto los gobernadores, intendentes y legisladores de la oposición en aceptar un megapréstamo que les ahorraría los recortes virtuosos, los desempleos coyunturales, los malestares sociales y la caída de ventas en los shoppings? ¿Y cuánto tardaría entonces la mismísima sociedad en aceptar esa solución milagrera y entregarse por unos años a la euforia de la recurrente plata dulce? Por el inefable método de la deuda desmesurada o de la emisión psicótica, somos especialistas en comprar dinero vaporoso que no podemos pagar, que nos narcotiza un tiempo y que nos conduce al quebranto. Nos ha gustado siempre la vía rápida, vivir por encima de nuestras posibilidades, y por eso terminamos tantas veces en arenas movedizas. Esta propensión ha logrado que fracase dolorosamente aquel hermoso proyecto llamado Argentina: el 53% de la población vive hoy con alguna carencia esencial, según muestran los sondeos de la UCA, y muchos países con menos recursos nos han pasado por arriba o nos dan una dura lección, como la Bolivia de Evo Morales, donde se ha practicado el populismo institucional pero nunca el económico. Somos motivo de estudio en las universidades del mundo; nuestra adicción a los facilismos de izquierda y de derecha nos ha derrotado.

La larga crónica de esta adicción tuvo esta semana dos hitos: cuando a pesar de las adversidades el oficialismo decidió autolimitarse en su endeudamiento y cuando la oposición se abrazó a la esotérica idea de prohibir por ley los despidos. Macri cayó este mes ocho puntos en su popularidad por llevar a cabo esta dieta rigurosa (Cristina descendió a los escuálidos niveles que tenía a comienzos de 2010) y el renunciamiento presidencial a beber de nuevo de esa copa alucinógena tiene un riesgo altísimo: si esto le sale mal vendrá otro alcohólico o él mismo se transformará en uno de ellos por imposición de las circunstancias, y entonces la argentinidad al palo cumplirá su nuevo ciclo de autoengaño y frustración.

En la vereda de enfrente razonables legisladores alejados de la demagogia barata cayeron de repente en ella, tal vez ávidos de que la Pasionaria del Calafate no les arrebate el rol de la desmesura. La cosa es así: hubo un enorme esfuerzo conjunto para pagarles a los holdouts y levantar el default, con el objetivo de que los inversores volvieran a confiar en la Argentina y la sacaran del estancamiento poniendo "la tarasca", como dijo alguna vez con flema inglesa la bailarina de la conga balconera. Levantamos cepos para que se abran fábricas y queremos ponerles un cepo laboral a los empresarios para que lo piensen un poquito mejor. Qué ventajosa ecuación de suma cero, qué negocio funambulesco. Pero eso sí: qué sensibilidad social, compañeros.

La teoría de Cambiemos -un neodesarrollismo de economía mixta- funcionó para los países más prósperos de la Tierra, pero está por verse cómo se conjuga con un pueblo veleidoso, enamorado de la "gratuidad" y con un establishment mezquino, que fue lento y cobarde con los Kirchner, y veloz y valiente con Macri: subió los precios y no le dio la mínima tregua. ¿Traerán los dólares que tienen en el exterior, invertirán lo que prometieron? "Si un gobierno destruye el ahorro y la moneda, no puede reconstruir todo eso la administración que le sigue; se necesitan por lo menos dos o tres gobiernos en la misma dirección -previno Eduardo Eurnekian-. Aquí no hay clase empresarial, ha sido totalmente depredada."

Desechado el neoliberalismo de los noventa, los dos modelos que están hoy en pugna quieren lo mejor. El anterior consistía en presionar a los empresarios, agrandar las arcas estatales y subsidiar desde allí perpetuamente a las pymes y a los pobres. El actual consiste en mantener activo al Estado, liberar a los empresarios y lograr que la obra pública y la creación privada generen trabajo y saquen a los más vulnerables de su postración. Willy Brandt decía: "Tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario". Está probado que el primer modelo, manejado con alta ineficiencia y a pesar de algunos logros innegables, concentró aún más la economía, la terminó congelando y de hecho consolidó la pobreza estructural. Se verá si el nuevo modelo es capaz de evitar el menemismo y también la agotada experiencia ultraestatista, y sobre todo si consigue encender el desarrollo, cerrar las desigualdades y conjurar la apocalíptica profecía de Cristina Kirchner. Ella la expuso tranquilamente ante sus diputados más fieles: el país se encamina hacia una dura recesión, la crisis "se llevará puesta a la dirigencia, y si todo estalla, la sociedad no nos puede meter a nosotros en la misma bolsa", como reveló el cronista Gabriel Sued. Una traducción libre pero justa: palos en la rueda para el gobierno constitucional y apuesta al estallido. Hasta parece un tanto decepcionada por el retraso; es que preparó cuidadosamente "el plan bomba" y no comprende por qué le está fallando el mecanismo de relojería. Su inquietante programa, ya perdidos los bastiones y las cajas, depende de un 2001. Si no se produce, la irrelevancia y la Justicia -esos dos mastines traidores- podrían alcanzarla. La novedad, que los encuestadores empiezan a percibir, es que las últimas exhibiciones de venalidad kirchnerista han sacudido a la opinión pública. También han derrumbado la hipótesis de que la corrupción era un simple efecto colateral del "proyecto". Asoma, a la vista de todos, una matriz corrupta que arrasa con la imagen de Néstor y de la cual no puede despegarse su propia viuda, dos personas que concentraban obsesivamente cada una de las decisiones oficiales.

La caída de las materias primas, las inundaciones y la inestabilidad ralentizada de Brasil -la destitución de Dilma no nos conviene ni institucional ni económicamente- son un frente de tormenta más preocupante que las aguafuertes santacruceñas. Pero a todo eso se suma un cierto déficit político que a veces aqueja a la nueva gestión. Que le ha regalado la calle y la narrativa al camporismo y que practica una sobriedad comunicacional rayana con la afonía. Una cosa es evitar cadenas y megalomanías con fuegos artificiales; otra muy distinta es hacer anuncios en un ascensor: los importantes alivios sociales que impactarán en diez millones de argentinos pasaron inadvertidos la semana pasada. También hace agua el macrismo cuando no entiende que algunas prácticas privadas legales pueden ser pecados políticos en la función pública. Ciertas respuestas gubernamentales sonaron débiles, aunque tuvo razón un talentoso tuitero al escribir: "Cristina acusando a los compradores de dólar futuro es como un dealer acusando de narcotráfico a sus clientes".

© La Nación

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