jueves, 31 de marzo de 2016

“The End”

Por Gabriela Pousa
Otra vez sopa: gobierno y sociedad con necesidades diferentes. Sin embargo, esta vez las diferencias no enfrentan, no implican ninguna oposición a la actual administración. Sí marcan que las prioridades no son las mismas. Mientras Macri se desvela por cerrar el acuerdo con los fondos buitres y sacar a la Argentina de un default, tan económico como moral, la sociedad quiere castigo para los corruptos con nombre y apellido. 

La ansiedad social no encuentra límite. Es imperioso ver presos a quienes robaron al pueblo. El problema es que esta vez la paciencia escasea y puede que no alcance con un Ricardo Jaime o un Lázaro Báez. Ya todos saben quién es la jefa. La indignación es legítima, el deseo también. La justicia en cambio, maneja tiempos muy peculiares.

Reclamarle a Macri justicia es no haber aprendido nada del error y el horror de la pasada década. Si hay alguien que no debe intervenir en esa materia es el Presidente de lo contrario, el Poder Judicial seguirá siendo lo que fue y parece seguir siendo en muchos casos todavía: un apéndice del Ejecutivo, la anulación misma de la administración de justicia. 

Sin embargo, la gente necesita ser oída. Los jueces deben abandonar la mala costumbre de hablar en los medios y actuar sin presiones y con valentía. Salta a la vista que el Poder Judicial aún no entendió el reclamo de cambio que se hizo en las urnas en octubre pasado. Puede que los tiempos procesales no sean los tiempos sociales pero el reloj los apura a decidir si estarán a la altura de las circunstancias o si urge que el Consejo de la Magistratura lo haga. Así como se limpió ministerios y dependencias públicas de “ñoquis”, hay que limpiar los tribunales. Hay un exceso de despachos donde trabajar es solo sinónimo de “cajonear”. Es tanta la obscenidad manifiesta que todo es materia de duda. La corrupción hizo mella por los cuatro puntos cardinales. 

El sector privado no está ajeno a esas prácticas aunque se dirá que el mal es menor porque en esos casos, el dinero o los intereses que se manejan no pertenecen a la gente. Esto es verdad en cierto punto porque el daño se hace igual aunque no sea netamente material. Veamos el caso de los medios y la militancia comunicacional, tal vez no cercenaron bolsillos pero sí cerebros. 

La consecuencia es la falta de credibilidad en el periodismo en general. De un lado y del otro hay que demostrar ética y probidad. No nos sirve un Estado pulcro si el sector privado no acompaña el cambio. En este escenario, nadie puede ocupar el rol de Poncio Pilato. Los espectadores deben ocupar un rol activo y aprobar o reprobar con el control remoto de la televisión en la mano o haciendo girar el dial de la radio. 

Esta semana, mientras tanto, la sociedad tendrá una demostración cabal de la sentencia de Hobbes: se presenciará el fin del kirchnerismo no por irrupción de otro espacio político sino por implosión. El kirchnerismo es el lobo del kirchnerismo, ya lo dijimos. Se fagocitan entre ellos, las lealtades duraron lo que duró el poder y el dinero. Como rezaba el anillo del fallecido ex titular de la AFA: “Todo pasa“. Pero duró demasiado e hizo mucho daño. Los efectos colaterales van a sentirse durante un tiempo más. No es gratuito haber hecho la vista gorda a la barbarie porque se nos ofrecían fines de semana largos, cuotas para electrodomésticos o se subsidiaban autos. 

En otro orden de cosas, la visita de Barack Obama merece un párrafo aparte. Una imagen dijo más que mil palabras. La Argentina vuelve a ser algo más que un mal ejemplo en el mundo entero. Ahora bien, el cambio que los países desarrollados esperan de nosotros no radica solo en un cambio de hombres al frente del gobierno. No basta con que el jefe de Estado hable inglés y la Primera Dama sea educada. 

El empresariado y la dirigencia gremial deben demostrar también que prefieren Estados Unidos a Venezuela o Irán. Ambos deben destetarse y asumir la libertad con sus responsabilidades, el Estado no puede seguir asistiéndolos cuando las papas queman o cuando cometen errores garrafales. Si se quiere sentarse a la mesa de los grandes hay que madurar y crecer. El clima de negocios es trascendente porque define inversiones, y solo con inversiones Argentina sale adelante. No hay ni habrá milagros y tampoco hay crédito para relatos. 

Mauricio Macri no es un redentor ni un predestinado, es un administrador lo que equivale a decir que estamos en manos del profesional acertado. El país no podía seguir dirigido por deidades autoproclamadas y héroes falsos. Los pies sobre la tierra no sobre pedestales de barro. El Senado será el teatro donde ver el último acto de la decadencia kirchnerista cuando se vote a favor del pago a los holdouts. También será el lugar donde evidenciar que el gobierno anterior no tenía consensos sino intereses creados, gobernadores extorsionados, obediencia debida y más caja que pericia. 

Sintetizando, el kirchnerismo se termina. La presencia del Presidente de Estados Unidos puede leerse también como un “The End” de la pesadilla. Pero cuidado porque la implosión hará que salgan disparados kirchneristas en ruinas para todos lados. Puede que malheridos no sean tan dañinos, pero no dejarán de ser lo que siempre han sido: baldosas flojas que en un descuido, salpican y te arruinan la ropa.


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