lunes, 4 de enero de 2016

Estado de adaptación

Por Germán Gegenschatz
El periodismo, el empresariado, el sindicalismo, la política, la burocracia estatal y los demás sectores de la vida nacional, experimentan un sentimiento que puede describirse como “estado de adaptación”, producido por la llegada al poder de un conjunto de personas que practican otras formas de comunicar, de gestionar y de entender el poder y su rol en la vida de la comunidad, un cambio cultural.

Es notorio como decae el interés por observar portadores de formas comunicativas confrontativas. Brancatelli, Navarro, Víctor Hugo y otros comunicadores del oficialismo pasado, de la noche a la mañana causan más risa que interés y el reciclarse en nuevas formas de comunicar, con los mismos u otros contenidos, es un tema de agenda para ellos, a riesgo de verse obligados a ser las nuevas estrellas del canal Volver, o Volveremos.

La intimidad de las relaciones del empresariado con el poder les permite realizar los ajustes más rápidamente. La redefinición de los subsidios y los cambios de prioridades en obras de envergadura, como las represas de Santa Cruz, entre otras medidas económicas, sugieren que la matriz de estas relaciones podrán ser o no mejores, pero indudablemente tienen cambios que afectan intereses y mecánicas de decisión distintas a las vigentes desde el 8/7/89 al 10/12/15, que viene a ser el largo periodo de dominancia peronista en el poder, con un intervalo tan breve como insignificante.

Las estrategias sindicales de unirse para oponerse y de dividirse para repartir ganancias en épocas de bonanza. Son dinámicas sindicales que se observan desde 1983. Hasta la fecha no está claro que se repita la unión sindical para oponerse como en épocas de Alfonsín, o dividirse como con Menem y Cristina Fernández. El saldo de tanto tiempo de divisiones es la existencia de sectores sindicales que tributan a formas de acción política identificadas con grupos de presión, otros que buscan ser parte medular de las decisiones políticas desde sus instituciones y los más jóvenes que también quieren tener decisión pero optan por adentrarse en la arena de la “política”. Si le ponemos nombres a estas formas de articular con el poder podemos poner a los denominados “gordos” entre los primeros, a la CGT en la segunda y a Facundo Moyano en la tercera forma. Estos distintos estados de comprensión de la dinámica del poder político en democracia, conviven en medio de divisiones generacionales e ideológicas, que descansan sobre los intereses comunes de fondear las obras sociales y mantener un sistema de negociación salarial por ramas de actividad. Todo en un mundo donde los sistemas globales de producción de bienes y servicios demandan un cambio en la cosmovisión tanto en el dominante sector Peronista del sindicalismo, como del sindicalismo clasista desarrollado por el Partido Obrero y otros sectores de la Izquierda. En realidad el sindicalismo viene perdiendo centralidad política e injerencia en las decisiones nacionales desde 1983, y este fenómeno obedece a indefiniciones o bien a una adaptación insuficiente de sus acciones de cara a los cambios sociales y económicos, ocurridos a nivel mundial y local, que no pueden resistir porque ya ocurrieron, ni revertir por carecer de presencia suficiente en los resortes de decisión política en un sistema de democracia republicana.

La política también enfrenta un estado de adaptación. Desde la academia se puede hablar a favor de una política de partidos o de las distancias entre sociedad y políticos, mientras el peronismo se siente y se piensa como movimiento por sobre los partidos. Lo real es que los partidos políticos son vehículos jurídicos de candidatos individualmente aceptados por la sociedad, uno sin el otro quedan fuera de la disputa de poder y simultáneamente los partidos políticos subsisten en la medida de su anclaje en la burocracia estatal, allí obtienen los recursos para sostener las costosas campañas electorales. Macri venció al movimiento peronista (FPV) y subordinó al partido radical desde su imagen personal y con el anclaje en la burocracia estatal de la Ciudad de Buenos Aires.

La burocracia estatal, ese conjunto de personas que permanece gobierno tras gobierno, también experimenta en su seno a una nueva idea gestión del poder del estado que demanda otros tiempos y otras eficiencias en la ejecución, priorizando el resultado concreto a la filiación política y la contracción al trabajo al tiempo de militancia.

Cuando parece que nada sucede y al mismo tiempo vemos que la necesidad de adaptación abarca un universo tan amplio, nos lleva a pensar que el voto reflejó un cambio cultural más que incipiente, por tanto augura no pocas fricciones y dificultades, pero sin lugar a dudas es, de algún modo, definitivo.

Así comenzamos el 2016, tratando de interpretar y asimilar ese cambio cultural que tomó superficie con los resultados electorales del año pasado, viviendo el estado de adaptación, que es también desafío. Podemos obtener los mayores beneficios para todos, o podemos desperdiciar la oportunidad que brinda esa energía y entusiasmo social que derrama cada ventana de cambio como la que vivimos. Hagamos lo necesario, con humildad, desde la coincidencia o la disidencia, para el bien del conjunto.

© C&P – Comunidad y Política

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