viernes, 18 de diciembre de 2015

¿Pueden los poetas ser buenos amigos?

Por Manuel Vicent
Un día de otoño de 1977, en el inicio de la Transición, cuando la Academia Sueca lanzó el nombre de Vicente Aleixandre como premio Nobel de Literatura, unos periodistas ingleses llamaron a la embajada española en Londres para que les facilitara información acerca del galardonado. Alguien desde el otro lado del teléfono les hizo saber que, en efecto, se trataba de un gran poeta español, pero que era más conocido como actor de cine y de teatro.
A bote pronto aquel tipo de la embajada lo había confundido con el cómico Manuel Alexandre y así salió la noticia en la primera edición de algún periódico. Ese error persistió mucho tiempo también en España. Algunos admiradores se acercaban a la tertulia del café Gijón para felicitarle: '¡Enhorabuena, don Manuel, por ese Nobel tan merecido!'. Lo siguieron felicitando en plena calle cuando Vicente Aleixandre ya había muerto y el actor terminó por dar las gracias con toda naturalidad muy puesto ya en el papel de impostor.

El poeta Vicente Aleixandre
Vicente Aleixandre, el Nobel auténtico, había nacido en Sevilla en 1898. Pasó la primera juventud en Málaga donde conoció y se hizo amigo del poeta Emilio Prados. Instalado en Madrid, estudió Derecho, fue profesor de Mercantil en la Escuela de Comercio. Pero en 1925 una tuberculosis nefrítica lo condenó a pasar gran parte de su vida entre la cama y el sillón, convertido en un convaleciente profesional. Durante la Guerra Civil, a causa de una denuncia anónima, sufrió el interrogatorio toda una noche en la famosa y siniestra checa del Bellas Artes, de la que le salvó Pablo Neruda, cónsul de Chile en Madrid. Vicente Aleixandre llevaba con suma discreción su homosexualidad. Varado en su sillón de orejas en el chalé de la calle Velintonia, 3, en la colonia del Metropolitano de Madrid, ejerció el papel de representante del exilio interior cuando la mayoría de sus compañeros de la Generación de 27 fue aventada a las tinieblas exteriores o triturada con la muerte y la cárcel por la represión franquista. Otros también se quedaron. Cuando al poeta Gerardo Diego en plena refriega se le invitó a trasladarse a Valencia junto con Antonio Machado y otros intelectuales, el aludido exclamó: “¿Cómo me voy a ir al exilio si me acabo de comprar un piano?”.

En el mundo de la literatura pende siempre una pregunta insidiosa: ¿pueden ser realmente grandes amigos los poetas y escritores? Vicente Aleixandre es la respuesta, porque él ejerció la amistad como su mejor poema, con un oficio casi sagrado. Aun con una movilidad limitada, sin abandonar el sillón con una manta en las rodillas y un perro junto a las babuchas, fue el nudo limpio y propicio entre varias generaciones de poetas, siempre dispuesto a evitar o solventar rencillas. Cualquier escritor tiene un memorial de agravios y sabe que jamás será citado por un determinado crítico o periodista cultural, y en su paranoia creerá que los elogios a otro colega afín siempre son dardos que desde la oscuridad del resentimiento o de la envidia se disparan en su contra. Maledicencias venenosas constituyen las carpas negras que nadan en las aguas muertas de la literatura, ejercidas desde capillas y cuadras editoriales, tertulias, periódicos y covachuelas. Hay que preguntarse si en el fondo la estética no es una fuente de rencores envasados que se simulan con abrazos y felicitaciones, academias, silencios y medallas.

En aquella Residencia de Estudiantes, paradigma de la clara inteligencia de una élite juvenil, Lorca, Dalí y Buñuel ¿eran amigos de verdad o más bien estaban devorados por los celos? ¿Qué gatos guardaba Alberti en la tripa contra Lorca? ¿Por qué aquellos poetas exquisitos despreciaban a Miguel Hernández? Alrededor de la generosidad y bonhomía de Vicente Aleixandre se movía aquel grupo de poetas: Dámaso Alonso, Cernuda, Altolaguirre, Prados, Lorca, Alberti... En una ocasión Lorca había decidido visitar a Aleixandre y alguien le advirtió que Miguel Hernández estaba allí en ese momento. Lorca exclamó: “Si está ese, no voy”. Miguel Hernández había llegado a Madrid con unos cuadernos llenos de versos soleados que olían como el propio autor a campo y cabrío. El joven poeta iba calzado con albarcas de pastor y llevaba todo su origen rural a cuestas, pero en aquel pequeño cotarro de evanescentes narcisos donde cayó como un ser extraño el único que desde el principio ponderó su talento y le dio amparo afectuoso fue Vicente Aleixandre. En plena guerra Hernández estuvo a punto de llegar a las manos cuando de regreso del frente vio a Alberti en Madrid bebiendo champán.

Hay puntos sagrados donde la estética cristaliza durante una época. La Residencia de Estudiantes fue uno de esos lugares en los años que precedieron a la República. Después de la guerra el chalé de Velintonia, 3, hoy medio abandonado por la desidia de este país, fue otro de esos puntos Aleph por donde discurrió el río generoso de la amistad. Durante la noche oscura del franquismo aquella casa siempre abierta  fue el apeadero por donde pasaban los nuevos poetas para ser bendecidos, animados o confortados. Jaime Gil de Biedma estuvo muchas veces allí, y fue el emisario que llevó el espíritu de Aleixandre al grupo de poetas de Barcelona: Carlos Barral, Gabriel Ferrater, José Agustín Goytisolo... Puede que desde la distancia Aleixandre fuera el fermento estético de aquellos creadores de la generación de los 50. Gil de Biedma narra en su diario de 1956 una de sus primeros encuentros, con poco más de 20 años. “Visita a Vicente Aleixandre, algo envejecido pero siempre dispuesto a interesarse y a entender… larga conversación en el jardín… Sirio murió, recién salido de la edad del cachorro y ahora tiene un perrillo novato con el mismo nombre e idéntica afición por los pantalones de los poetas de provincias. Vicente me cuenta de los sucesos de aquí. Hablamos de Claudio Rodríguez, uno de mis afectos más probados, de Alfonso Costafreda, de Carlos Barral, de Carlos Bousoño. Subimos al saloncito y le leo Las afueras. Creo que le gustaron”. Una tarde en la tertulia del café Gijón una señora de provincias se acercó al actor Alexandre y le dijo: “Hay que ver lo bien que le sienta a usted el Nobel, don Manuel”. Y le pidió un autógrafo.

Un repaso a una vida dedicada a las letras

El poeta nació en Sevilla en 1898 y murió el 13 de diciembre de 1984 en Madrid. Obtuvo el Premio Nobel en 1977 y algunos le confundieron con el actor Manuel Alexandre.

Vivió la mayor parte de su vida en Velintonia, 3, la casa de la poesía. Allí se reunía Vicente Aleixandre con sus compañeros del 27 y allí recibió a varias generaciones de escritores jóvenes durante la posguerra. Los jóvenes poetas le consideraban el imán de la poesía española y por sus jardínes pasearon Francisco Brines, Bousoño, Claudio Rodríguez, Valente y Caballero Bonald, entre otros.

Miguel Hernández y su maestro, amigo y mentor Vicente Aleixandre se cruzaron algo más de 300 cartas a lo largo de su vida. En ellas se descubre la profunda amistad y el cariño que se profesaban.

© El País (España)

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