lunes, 21 de diciembre de 2015

Liberar la Palabra / EL GRAVE DESTINO DEL POETA

Presentación del libro Aquella antigua luz 
del Poeta y Periodista Nelson Muloni

Nelson Muloni (izq.) junto al autor de esta nota durante la
presentación del libro "Aquella antigua luz".
Por Martín Risso Patrón

Liberar, de eso se trata

Abrir las puertas de las celdas parece un acto libertario sublime cuando uno lo imagina. Y lo es. Pero cuando el Poeta abre las suyas, esas puertas cuyas llaves están perdidas en alguna memoria, entonces ese acto libertario sublime se convierte en Vida, más vida sobre Vida, más aliento sobre desaliento... más realidad que la realidad misma de las cosas. Pero incompletas, siempre incompletas, a propósito incompletas; porque no puede ser de otra manera. Es el mundo el que las viste y le acuna la soledad. Es el lector y el escucha el que le da su respiración.

Las palabras que durante toda la vida de uno están dentro, salen y respiran, salen y gozan, salen y son. Definitivas maneras de generar más Libertad. Eso sucede con el Poeta que decidió liberar sus palabras.

Escribir, amigos, es un acto libertario que no tiene precio. El Poeta lanza sus palabras como puños desnudos y con frío. Y ellas golpean la nuez de las cosas hasta abrir a su vez otros encierros; esos encierros andantes que somos los paseantes de la Vida, ávidos de esplendores y tiernas oscuridades. Ávidos de Vida no vivida.

Muloni intuye esto y escribe:

Nadie supo avisarme que los huesos
                                 iban a ser cenizas
y que en la piel del árbol que envejece
no iba a ser el cogollo
más que una pluma de lágrimas.

Digo, entonces,
que no había senderos en las pieles
                                   sino anhelos
siempre nuevos.

Pero nadie escribió
en la celda de mis huesos
                                  ni me arañó el vientre
para que el dolor
despertara
latitudes jóvenes.

Nadie.
Ni el latido de mi pena.

Ni mi pena.

[Poema “Pena”, pág. 29 del libro]

Pero las palabras llegan y se posan en el lector y en el escucha... Traen evocaciones desconocidas incluso a veces para el mismo Poeta.

A Nelson Muloni, le contaron que cuando infante era alimentado del pecho de su madre en una escalera de piedra que había para llegar al trabajo de Ella; su abuela lo traía a medio camino, y su madre, que tomaba su hora lactaria [autorizada o no por la burocracia], se sentaba con él en brazos sobre unas piedras o ladrillos musgosos y un cemento viejo, y después el volvía en brazos de su abuela a la casa, allá en Jujuy donde naciera. Entonces Muloni, abre esta puerta:

Porque el río, en Tilcara,
tiene sabor a infancia.

Recorre, con su anchura,
el recuerdo de juegos en las aguas,
besándole los musgos al silencio
de los muros de piedra
                         y cemento caliente.

Un griterío niño
recorre por las calles hacia el río
cruzando el totoral,
saltando por la acequia,
                        en la olvidada
exactitud del aire.

No hay sol que no alumbre en las arenas
las ardientes pisadas.

Es que el río, en Tilcara
tiene sabor a infancia.

[Poema “Las últimas pisadas, p. 19]

No se sabe muy bien por qué, pero seguro que no es una pintura.

Porque las palabras surgieron de esa memoria sutil que apenas conocemos, acostumbrados a los dos únicos estados que creemos posibles: La conciencia y la evocación; pero el Poeta les suma el estado de ser su propia historia, y aunque no lo quiera, algún día tendrá que abrir la puerta. Porque el Poeta es consciente de su conciencia y también de su inconsciencia.

Será por eso quizás que los lectores intuimos Aquella antigua luz, y vestimos sus palabras desnudas para goce del alma.

Cuando la celda queda vacía, el Poeta llora

Le pasó a Muloni al recordar un tejido que le tejía su madre alguna tarde lejana, y a su padre muerto no hace mucho, en esta misma mesa de presentación de su tercer libro. Porque así nomás debe ser: Al liberar la Palabra, hay que llorar, como se hace en los duelos.

Qué dulce duelo el de los padres soterrados y la Palabra liberada.

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