jueves, 17 de diciembre de 2015

Eso lo hace cualquiera

Por Arturo Pérez-Reverte
Ocurre a veces, pero esta vez es total. Me refiero a esas situaciones que te dejan sin palabras. Ha ocurrido antes, pero hoy es todo tan absoluto que lamento no tener a mano una cámara que grabe los detalles del asunto. Es el caso que estoy sentado ante mi bar favorito de la Plaza Mayor de Madrid, que es uno andaluz con cabezas de toros y fotos de toreros dentro, y con una terraza en la que se está de maravilla en las noches de verano y al sol en invierno. 

Estoy allí tan a gusto, leyendo Vidas de santos, de mi compadre Antonio Lucas, cuando alguien se detiene a mi lado.

-Buenos días, don Arturo.

-Buenos días.

Ocurre a menudo, así que alzo la vista, cortés, resuelto a pagar el amable precio de que haya gente que te lea, o les suene tu cara, a veces con el incómodo plus de que todos los malditos teléfonos móviles llevan una cámara fotográfica incorporada. Levanto la mirada resuelto a ser correcto con quien probablemente es un lector, y como tal merece mi atención y mi tiempo, pues es él, y otros como él, quienes me permiten vivir de este oficio de contar historias juntando letras. Se trata de un hombre todavía joven, bien vestido, de aspecto agradable.

-Perdone que lo moleste. Lo he visto aquí sentado y me he dicho: «Pues voy a saludarlo».

-No sabe cómo se lo agradezco.

-Todavía no he leído nada suyo, si he de serle sincero.

-No se preocupe -le coloco la sonrisa automática-. Leerme no es obligatorio.

-Es que no tengo mucho tiempo. El trabajo, ya sabe...

-Mi mujer sí que tiene todos sus libros.

-Pues salúdela de mi parte. Es un placer.

Intento volver al libro; pero en ese punto, el individuo mira a uno y otro lado, como para comprobar si estamos solos -no lo estamos en absoluto, pues la terraza se encuentra llena-, y se sienta en la silla de enfrente con aire conspirador.

-¿Puedo preguntarle algo?

Como mi vago intento de retomar la lectura no le causa ningún efecto, dejo el libro sobre la mesa, resignado.

-Por supuesto -respondo-.

-¿Cómo hago para escribir una novela?

-¿Perdón?

-Una novela. Me gustaría escribir una.¿Le gustaría?

-Sí.

Lo miro detenidamente. No parece que me esté tomando el pelo. Tiene aire educado, se expresa bien. Correcto y amable.

-¿Qué clase de novela quiere escribir?

-Ah, no sé. Por eso le pregunto.

Lo observo en silencio durante otros cinco segundos. Atónito.

-¿Tiene alguna idea, algún argumento? -reacciono al fin-. ¿Algo que desee contar?

-No, y ése es mi problema. Quiero escribir una y no sé cuál.

Miro alrededor, buscando la cámara oculta. No puede ser, concluyo. Esto no es real. Pero el fulano sigue mirándome con indescriptible candor.

-¿Qué autores le gustan? -inquiero-.

-Pues no sé -se rasca una oreja-. Como le he dicho, no soy muy lector.

Este es el punto, pienso, en que ahora yo voy y lo mando al carajo. O sea. Porque una de dos: le suelto una conferencia sobre Homero, Cervantes y Quevedo, la gran novela de finales del XIX y principios del XX, Scott Fitzgerald y Conrad, punto de vista, estructura, sujeto, verbo y predicado, o lo envío directamente a tomar por saco. Pero el pavo me sigue mirando con una ingenuidad que desarma. Sería como matar a un ruiseñor.

-¿Y música? -pregunto, resuelto a irme por la tangente-. ¿No se le ha ocurrido componer música

Entonces, con toda la estólida franqueza del mundo, ese amable imbécil me da una respuesta formidable, clara, definitiva. Perfecta. Una clave que lo explica todo, incluidas las atestadas mesas de novedades de las librerías españolas.

-Ya me gustaría. Pero eso no lo hace cualquiera... Para eso hay que valer.

© XL Semanal

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