domingo, 29 de noviembre de 2015

Vía Láctea

Por Manuel Vicent
Los ricos bombardean, los pobres ponen bombas; los ejércitos machacan al enemigo masivamente de arriba abajo, los terroristas contraatacan de abajo arriba con espasmos ciegos. En lo alto de tanto odio está la Vía Láctea. Los misiles se sirven de ella para orientar su trayectoria hacia el objetivo con precisión matemática, pero esa luchada nocturna también está al servicio de los sueños confusos de los poetas y del instinto del escarabajo pelotero.

Vaghe stelle dell’Orsa. Así empieza el poema de Leopardi, en que recuerda las noches de verano cuando echado en la yerba del jardín mirando el carro de la Osa en el cielo escuchaba el susurro del viento en los fragantes senderos y las voces, el quehacer tranquilo de los criados dentro de casa y pensaba en la arcana felicidad de liberarse del dolor y de cruzar un día el mar y los montes azules.

La Vía Láctea se extendía también la otra noche sobre el público que llenaba el estadio de fútbol después de un neurótico control policíaco.

Durante el minuto de silencio en homenaje a las víctimas del terrorismo sonó La Marsellesa interpretada por un órgano lento y los futbolistas del Real Madrid y del Barça, alineados en medio de la cancha, llevaban el torso cubierto con un chandal para ocultar los nombres de Qatar y de Emirates que lucen sus camisetas.

Mientras sonaba La Marsellesa, yo miraba la Vía Láctea y pensaba en los misiles que corrigen el rumbo con las estrellas, recordaba los versos de Leopardi e imaginaba el trabajo que cualquier escarabajo pelotero estaría realizando en ese momento.

El escarabajo pelotero con la paciencia necesaria construye una bola con las heces que encuentra en su territorio y la arrastra hasta el nido para que la hembra deposite en ella una larva. En ese trayecto nocturno el escarabajo se orienta también por la Vía Láctea, como los poetas, como los bombarderos.

© El País (España)

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