jueves, 26 de noviembre de 2015

Los políticos son inquilinos del poder

Por Álvaro Abós
Lo tuvimos que conducir nosotros. Los ciudadanos. Me refiero al largo proceso electoral argentino. Que incluyó primarias obligatorias, primera vuelta, segunda vuelta o ballottage. 

En cada caso, los políticos expusieron argumentos, promesas y caramelos varios.

En cada caso, nosotros, los integrantes de la sociedad civil, y sobre todo quienes conformamos un electorado independiente y crítico, a esta altura altamente informado, discriminamos, desarticulamos ofertas truchas, dijimos no a tentaciones varias, preferimos a unos y descartamos a otros, evaluamos el género como quien entra a una tienda y manosea texturas. Y finalmente, decidimos.

Todo este largo proceso fue acompañado por un aluvión de interpretaciones. La política argentina está sobreanalizada y abundan las lecturas en un universo mediático que ofrece desde una sofisticada lucidez hasta una inane bullanguería, cuando no una astucia interesada más próxima a la viveza criolla que a cualquier equidistancia.

Se acusa a los encuestadores de haber fallado en sus predicciones sobre el escenario electoral. ¿Fue así? Los encuestadores alcanzaron a detectar las orientaciones principales. Así, en la primera vuelta presidencial, acertaron el orden: 1) Scioli, 2) Macri, 3) Massa, pero fallaron en las cifras: la mayoría pronosticó un triunfo de Scioli en la primera vuelta. En la segunda vuelta, volvieron a acertar el orden y a fallar en las cifras: pronosticaron que Macri le sacaría diez puntos a Scioli y fue sólo 2,8 por ciento. Pobre desempeño para una sociología electoral que a esta altura de las técnicas podría ser más afinada.

Con la figura de Horacio Rodríguez Larreta se detectó una tendencia fuerte en el largo proceso electoral. Larreta es gestión sin carga ideológica. Y esto es una necesidad que impregna a toda la sociedad urbana, porteña y no porteña, sea del nivel social que sea. ¿Es más importante una canilla que una idea? Es que sin canilla las ideas se vuelven entelequias y coartadas. Queremos un Estado que ordene los caos urbanos porque eso puede| ayudar a restaurar formas elementales de justicia.

Cuando tuvimos que votar por un jefe de gobierno, Larreta estuvo a punto de ser vencido por Martín Lousteau. Allí el vencedor, por si acaso no lo tuviera claro, recibió este mensaje: los servicios que se espera de usted estarán vigilados y si no satisfacen, tiene reemplazo a la brevedad. Señores políticos, la sociedad es la dueña del poder y los gobernantes son sus inquilinos. Los contratos tienen plazo de duración y no hay en ellos cláusulas de renovación automática. Nos veremos cuando el contrato se haya terminado. Y cuando el inquilino devuelva lo que recibió, contaremos hasta el último tenedor.

Mientras tanto, pondremos buena onda y ¡le deseamos suerte!

El equívoco sobre el concepto del Estado como bien propio explica lo sucedido en la elección presidencial. El kirchnerismo creyó que su mandato era de duración indefinida. El equívoco lo alimentó la muerte de Néstor Kirchner, en 2010. Al año siguiente, una sociedad conmovida -y muy movilizada por una fuerte campaña necrológica- reeligió a Cristina Kirchner. Esa carga emocional llevó a la ocupante de la Casa Rosada a pensarse eterna y disparó su codicia: "Vamos por todo". Un grupo de nostálgicos de sombrías insurgencias pretéritas revistió esa ambición con los disfraces de una narrativa epopéyica. Así, unos políticos sureños audaces se travistieron de revolucionarios y terminaron dejando un país enfermo de corrupción, inseguridad y pobreza. La falsa epopeya culminó encarnando en un candidato, Daniel Scioli, que había sido despreciado y humillado por los clarines de la pseudorrevolución y que convirtió la segunda vuelta en una orgía de la amenaza. A los viejitos y a los pobres los quisieron correr con el miedo: el cuco, decían, les iba a quitar las monedas que les da el Estado.

La idea K del poder como eternidad, una idea profundamente monárquica, fue desarticulada primero por Sergio Massa, que en la elección parlamentaria de 2013 canceló los proyectos de reforma constitucional continuista, y luego por Cambiemos, que resistió la campaña del miedo. En este sentido, la intuición social gobernó el proceso. Era necesario, se dijo, que Massa y Macri se unieran para desplazar al kirchnerismo. Macri resistió esa idea porque entendió que Massa recogería algunas piezas sueltas de un peronismo que ya había dejado atrás el proyecto K. Algunos temían que la división opositora entronizara ese proyecto. Fue al revés. El Frente Renovador recogió cosecha peronista y algunos votantes de Massa, en la segunda vuelta, definieron el ajustado resultado final a favor de Cambiemos.

Este proceso fue protagonizado por la sociedad y en especial por los votantes independientes y críticos que, en cada caso, evaluamos y optamos. Por Larreta, para premiar y advertir. Por Macri, para preferirlo a Massa como mejor representante del antikirchnerismo social, y, finalmente, por Macri, como nuevo inquilino de la Rosada. En cada caso, con sus contrapesos y advertencias. Massa, con más del 20% de los votos, debe ser tomado en cuenta. Y los K, ahora fuera del poder, enviados a la oposición. El partido del poder, el PRI argentino, irá al llano después de 14 años. Como debió hacerlo el peronismo en 1955, en condiciones muy distintas. Esta vez no los echaron las bombas y los tanques, sino los votos. El llano mostró que aquello no era flor de un día.

En 1983, recién llegado de años de exilio, fui ilusionado, casi estupefacto, a las dos concentraciones finales de ambos partidos en pugna. En la avenida 9 de Julio, Raúl Alfonsín recitó el Preámbulo de la Constitución como un rezo. Ítalo Luder dijo que volvía el pueblo y a su lado Herminio Iglesias quemó el ataúd. En cada caso, había en la calle un millón de personas. Esta vez los actos de cierre fueron poca cosa, apenas la televisión mostrando discursos que en general fueron desplazados por los partidos de Boca o de River.

No siento nostalgia de aquellos fastos. Estamos más serenos, ha corrido agua bajo los puentes y hemos aprendido, con dolor, que la vida es, como lo recuerda Félix de Azúa, un largo aprendizaje de la decepción.

Que la esperanza sea más chiquita, casi secreta, no quiere decir que no exista.

© La Nación

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