jueves, 17 de septiembre de 2015

¿Cuándo abandonaste a Woody Allen?

Por Manuel Vicent
Allá por el año 1970, por la puerta trasera del franquismo se coló en nuestras pantallas un cineasta que a los cinéfilos nos obligó a reír de otra manera. Todo empezó con la película Toma el dinero y corre, dirigida e interpretada por ese tal Woody Allen. Al año siguiente el tipo presentó Bananas, su segundo golpe de humor inteligente, disolvente y provocador. 

A partir de ese momento se formó una secta cuyos componentes, en poco tiempo, supimos todo de aquel cineasta. Que había nacido en Brooklyn el 1 de diciembre de 1935, que era un judío agnóstico, canijo, neurótico, educado de niño en una escuela hebrea, alumno del Midwood High School, matriculado después en Ciencias cinematográficas en la Universidad de Nueva York, que comenzó a ganarse la vida vendiendo chistes a periodistas famosos y gags a algunas productoras de cine. Y que aunque cada uno se había formado una opinión del personaje, fue él mismo quien mejor se definió: “Yo no quería ser Bogart ni John Wayne. Yo solo quería ser el capullo de la clase, quería ser ese chico con gafas que nunca consigue a la chica pero que es divertido y cae bien a todo el mundo”. Pese a todo, en las películas aquel esmirriado gafoso, una escoria de diván de psicoanalista, se llevaba siempre a la chica solo porque la hacía reír, lo cual nos hizo concebir esperanzas de seducir de la misma forma a aquellas amigas del pub de Santa Bárbara si uno soltaba las mismas frases cáusticas, ingeniosas e imprevistas que oíamos de su boca.

El cineasta Woody Alle, en 2012.
(Aufoto/Paris Match)
La democracia llegó a España junto con el éxito en las pantallas de Annie Hall, con Diane Keaton, pero el salto cualitativo se produjo con Manhattan, rodada en blanco y negro en 1979. En España reinaba una acracia feliz, ningún gobernante se atrevía a prohibir nada y aunque había sangre de ETA en las calles y rumor de sables en los cuarteles, el sexo estaba ya al alcance colgado de las acacias. Fue entonces cuando Woody Allen convenció a los progres cuarentones de que podían enamorar a chicas adolescentes como Mariel Hemingway. Bien es cierto que en ninguna ciudad de España había un banco para contemplar el atardecer sobre el puente de Brooklyn ni un River Café para tomar un whisky con ginger ale contemplando el skyline de Manhattan. Bastaba con soñar. Para eso estaba Woody Allen, que cada año llegaba con su cosecha, una nueva versión sobre lo mismo que no era sino el interminable paseo por Nueva York al lado de una chica molona, en el Central Park, en el acuario, en una exposición de pintura en el Soho, en el planetario, entrando y saliendo pequeñas tiendas sofisticadas de barrios escogidos e inesperados de la ciudad con una música de swing al fondo, él elucubrando disparates neuróticos inteligentes con una manzana y una botella de agua mineral en la mano, ella sonriente y admirada por su talento hasta terminar en un beso a la luz de la farola y luego con una elipsis de sexo en la cama. ¿Por qué no podíamos ser como Woody Allen?

Los más iniciados de la secta sabían que Woody Allen tocaba el clarinete con unos amigos los lunes en el Michael’s Pub. Siempre había alguien que juraba haberlo visto y escuchado allí en persona. A los demás nos sucedía que, si de paso por Nueva York, te acercabas al 211 W 55 Street, y preguntabas por él, precisamente ese día Woody no estaba, te decía el conserje. El fracaso se repetía cuando años después el grupo se trasladó al café del hotel Carlyle.

El talento de este cineasta parecía insondable, sin dejar de sacar agua siempre del mismo pozo. Woody Allen se presenta todavía cada año con un nuevo éxito como vuelven las golondrinas en primavera o pasan los tordos en otoño. Hasta hoy lleva rodadas y estrenadas 49 películas a sus 79 años. Nada se puede decir de este cineasta que no se haya dicho ya por los críticos. El veredicto sobre Woody Allen se puede formular con esta pregunta: ¿en qué película abandonaste a Woody Allen y dejaste la secta? Se daba un caso curioso. Sucedía a veces que después varias películas reiterativas, comestibles, decías, ahí te quedas, ya me sé el truco de memoria, estás acabado, pero al año siguiente volvía con una bomba, Hannah y sus hermanas o Balas sobre Broadway o Días de radio o Delitos y faltas, te reconciliabas con él y pedías la readmisión en la secta a los irreductibles.

Cuando Woody pensó que era poco creíble que pudiera enamorar a la chica dejó atrás la neurosis del psicoanálisis y comenzó a realizar películas que eran en realidad anuncios publicitarios sobre la ciudad que le pagaba la cuenta. En una de esas le dieron el premio Príncipe de Asturias y a continuación cometió ese engendro de Barcelona a medias con Oviedo y entonces descubrimos que a Woody le gustaba e incluso le sentaba bien la fabada. ¿No era ese plato rotundo incompatible con el psicoanálisis? ¿Será Woody un impostor? Roma. Venecia. Fiascos para arramblar dinero. De pronto rueda Match Point y Midnight in Paris y todo volvió a su cauce. Algunos le han prometido amor eterno pase lo que pase, otros cruzan los dedos en cada estreno, otros han decidido dejarle, los más resentidos, aquellos progres que se pasaron a la rosca neoliberal han comenzado a odiarle. En el fondo, cada una de sus películas nos recuerda a nuestra generación aquel momento de rebeldía con las primeras carcajadas, los años de desencanto con las primeras canas, los amores pasados, la nostalgia de la inteligencia de aquellos tiempos de ira.

© El País (España) 

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