domingo, 23 de agosto de 2015

Cómo se escribe un libreto

Por Guillermo Piro
Los dos recientes fracasos –Una cosa rara, o sia Bellezza ed onestà y Gli equivoci– habían aniquilado a su musa.

A medianoche se sentaba a su mesa de trabajo. Tenía a la derecha una botella de vino Tokay –vino de reyes, rey de los vinos–, sus útiles de escribir a la izquierda y ante él una tabaquera llena de rapé de Sevilla, que su amigo Giacomo Casanova le había enviado a través de un mensajero.

En aquel tiempo Lorenzo da Ponte alojaba en su casa a una joven y bella muchacha de 16 años acompañada de su madre. Tan pronto como hacía sonar la campanilla, la joven acudía a su aposento a cumplir pequeños servicios. Da Ponte abusaba de la campanilla. Sus requerimientos a veces resultaban absurdos: cerrar una cortina, para poco tiempo después pedir que volviera a ser abierta; levantar del suelo la pluma que habiendo resbalado de su mano había caído a sus pies; solicitar un reaprovisionamiento de velas, aunque tenía los cajones de su escritorio repleto de ellas... La encantadora muchacha hacía lo que se le solicitaba, y a veces, sin que Da Ponte la llamara, se presentaba con una taza de chocolate. Pero Da Ponte detestaba el chocolate. Entonces esperaba a que la muchacha se hubiera marchado, se ponía de pie y con la excusa de estirar un poco las piernas se dirigía a la ventana y arrojaba el chocolate al pie del cedro secular que crecía en su jardín. Pero a veces la muchacha acudía solamente con su cara jovial, siempre sonriente, siempre solícita, a preguntar si necesitaba algo. Parecía creada para vivificar el genio fatigado y avivar la inspiración poética dormida.

Da Ponte se obligaba a trabajar doce horas diarias sin interrupción, de modo que al mediodía volvía a la cama. Se despertaba a las seis de la tarde en punto, desayunaba, se dedicaba a las diligencias más urgentes –escribir una carta, recibir al sastre, acicalarse como correspondía a todo buen burgués del siglo XVIII–, almorzaba a las once de la noche y una hora después estaba otra vez sentado frente a su mesa de trabajo. Así lo hizo durante dos meses con sólo breves cambios en la rutina, pero todos esos cambios siempre comprometían a la bella y tierna joven. Durante todo el tiempo la muchacha y su madre permanecían en la habitación contigua entregadas a la lectura, al bordado, al susurro a dúo de canciones tradicionales vénetas y otras labores a fin de estar siempre prontas para hacer acto de presencia en la habitación del libretista al primer tintineo de la campanilla. Finalmente Da Ponte la llamaba con menos frecuencia para no distraerse.

Así, entre vino de Tokay, rapé de Sevilla y visitas al cedro secular, la campanilla sobre su mesa y la hermosa muchacha que se asemejaba a la más joven de las musas, en dos meses los libretos de Don Giovanni y de El árbol de Diana estuvieron concluidos.

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