domingo, 2 de febrero de 2014

Cómo se lo decimos a Cristina

Por Jorge Fernández Díaz
 "Kicillof le comió la cabeza", se lamentaba esta semana, nervioso y desalentado, un importante legislador del Frente para la Victoria en su soleada oficina del Congreso de la Nación. La cabeza que presuntamente se comió el ministro de Economía pertenece a Cristina Kirchner. Varios colegas del gabinete nacional tienen el mismo sentimiento de alarma y de secreta impotencia, aunque juran que ya es demasiado tarde para irse: se quedarán dentro del círculo de las carretas resistiendo y, si es necesario, morirán con las botas puestas.
Así está el Gobierno, esperando que los salve el Séptimo de Caballería: la maldita oligarquía con la soja y los bancos extranjeros con un "blindaje". Triste ironía quedar en manos de tus vapuleados enemigos.

Cada noche los políticos cumplen el rito insoslayable: preguntan con el corazón en un puño cómo sigue la hemorragia del Banco Central y comprueban que mantiene una aceleración pavorosa. A este ritmo, los anticipos y aportes no alcanzarán más que para comprar un poco de tiempo, ese bien tanto o más escaso que el dólar.

Kicillof, responsable intelectual de haber convertido a un lord inglés que salvó al capitalismo (Keynes) en un protomarxista nacional y popular, es severamente cuestionado por la propia tropa. Algunos callan por disciplina o conveniencia, pero otros se atreven a filtrar temores. La Presidenta debería tomar nota de tres declaraciones altamente simbólicas que involucran a sus principales socios: la Liga de Gobernadores, la CGT oficialista y el padre espiritual del modelo. Nadie podría acusarlos de representar los intereses de la patria financiera. Maurice Closs propuso el viernes una convocatoria multisectorial para "no terminar como Alfonsín o la crisis de 2001". Antonio Caló denunció que "a la gente no le está alcanzando para comer". Y Aldo Ferrer trazó un crítico diagnóstico sobre el desorden macroeconómico y señaló la imperiosa necesidad de armar "un paquete de medidas, dejar de gastar plata en subsidios y mejorar la calidad del gasto público".

Dentro del peronismo aliado a la Casa Rosada hablan de "una solución política" para salir de este laberinto explosivo. Pero ¿cómo decírselo a Cristina? ¿Cómo explicarle que lo contrario de Kicillof no son la derecha neoliberal ni los lobos de Wall Street? Porque ése es el gran truco que ha logrado instalar el ministro de las patillas. Y ésa es también la superstición política que ha adoptado la gran dama. Parece notable que haya tanta gente por ahí comiéndose la galletita de que un Estado sólo puede gastar más y más, y que aceptar contracciones cuando resulta necesario es ceder al ajuste noventista.

En el peronismo oficial se cuece a fuego lento la convicción de que resulta imprescindible recuperar la confianza perdida pegando un volantazo antes del abismo. Hay un enorme consenso nacional alrededor de lo que debería ser la Argentina: superávit fiscal y comercial, peso competitivo, ahorro de reservas, economía mixta con un Estado presente y, a la vez, con un ágil clima de negocios, política exterior independiente, pero no aislada, confluencia entre el campo y la industria, y seguridad jurídica. Un desarrollismo sano que radicales, socialistas, macristas, peronistas, kirchneristas e independientes estarían dispuestos a suscribir. Sólo quedan fuera de estos anhelos sensatos sectores ultraconservadores en una punta e izquierdismos radicalizados en la otra: esas franjas extremas no representan hoy a casi nadie. ¿Por qué entonces aquellas metas le resultan inaceptables a la Presidenta? Porque para regresar a ellas debería desandar muchas medidas extravagantes y erróneas que ha defendido. ¿Puede la jefa del Estado recrear aquel espíritu pragmático que le permitió en 24 horas echar por la borda sus diatribas contra Bergoglio y abrazarse amorosamente al papa Francisco? Aquí es donde entra a jugar su narcisismo y también el pavor a perder su capital simbólico. Cuidando ese capital raquítico y sectario puede perder mucho más. Puede perderlo todo.

Estos factores subjetivos y emocionales la dominan, la obligan a sostener contra cualquier lógica las ocurrencias de las que se ha enamorado y, por lo tanto, considerar una traición rectificarlas, aun cuando la realidad le demuestre que debería hacerlo, por sí misma y por el bien del pueblo al que dice proteger.

Antes de admitir negligencia operativa o simple equivocación estratégica, Cristina prefirió estos días servirse de la bandeja de las conspiraciones. Es así como ella y el jefe de Gabinete salieron a denunciar conjuras planetarias contra la estabilidad argentina. También se dedicaron a apestillar a los bancos, a los productores y a los empresarios, tachados de egoístas, avarientos y antipatrióticos. Imaginemos a un ciudadano de a pie, un argentino con escasa politización, pero con cierta memoria traumática: no lee los grandes diarios nacionales ni frecuenta radios críticas ni ve noticieros independientes, pero de pronto escucha estos mensajes que emite la Presidencia de la Nación. Es razonable pensar que se preguntará si no debería sacar la plata del banco. Por las dudas. Se fueron 20.000 millones de pesos de los plazos fijos durante los últimos 45 días. Algunos habrán buscado refugio en el dólar; otros simplemente tienen miedo. ¿Cómo no van a tenerlo si las máximas autoridades nacionales, buscando exculparse, hacen involuntario terrorismo verbal sobre la economía?

Esta insólita propensión a agitar las aguas cuando se precisa tranquilidad y certidumbre, esa manía autodestructiva de perforar el propio bote, se ha transformado en todo un sello de época. Un contador público del kirchnerismo dijo estos días en Canal 7 que poderes concentrados buscaban debilitar la divisa nacional. Esos poderes, en realidad, no están muy concentrados, y habría que buscarlos en Balcarce 50. Nadie hizo tanto por la cultura de la dolarización y por la actual psicosis del verde como quienes propulsaron la emisión descontrolada y devaluaron el peso sin un plan consistente. Es curioso, porque el cristinismo se debatió entre sacar pecho y explicar que controla la situación, y a la vez jugar a mostrarse como víctima inocente de pérfidos periodistas económicos y otros canallas infrahumanos que asustan a la población. Nadie asusta tanto como una administración que anuncia medidas y luego se pone a estudiarlas.

Kicillof, que ya había convalidado el cepo y un blanqueo que ni los narcos se atrevieron a aceptar, propuso esta vez una maxidevaluación. Con esta curiosidad: si es exitosa se trasladará a los precios y dañará fuertemente los salarios, lo que llevará a un fuerte conflicto social. Si en cambio fracasa, tendrá a los precios y a los salarios en niveles nuevamente parejos, por lo cual habrá hecho todo este gasto en vano. Los debates y las apariciones públicas del ministro, teñidos de una soberbia contraproducente en momentos de gran irritación, esconden siempre el efecto inflacionario. La inflación es el abuelito apuñalado en el sótano, del que la familia disfuncional no habla mientras discute ardorosamente pavadas alrededor de la mesa de Navidad.

Ante ese panorama el peronismo escuchó atentamente a Mario Blejer, hoy el principal asesor económico de Scioli: se necesita un programa integral y creíble que apunte a la inflación y reduzca el pánico. La gran pregunta de Blejer es la gran duda de todos: ¿cómo va a evolucionar el entorno político, va a tener la voluntad de pagar por la estabilización? "No hay almuerzo gratis -dijo-. Ni mucho tiempo." Mensaje para Cristina. ¿Lo escuchará?

© La Nación

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