domingo, 23 de junio de 2013

Pragmatismo inmoral

Por Alfredo Leuco
La inusual ofensiva anti Corte Suprema. El nuevo mapa de las candidaturas. Un fin inexorable. ¿Habrá impunidad?

¿Se cumplirá el pacto de impunidad para que nadie importante vaya preso? Esto es lo que más asusta a la Presidenta. Casi todos lo ocultan detrás del cierre de listas, pero este tema estuvo en las negociaciones de las últimas horas. Es tan delicado que hay que escribir en puntas de pie porque en forma más o menos explícita, todos participan. Desde Cristina a Mauricio Macri pasando por Scioli y Massa.

El núcleo de ese entramado es que la corrupción solo lleve a la cárcel a personajes de mitad de tabla o perejiles. Nadie quiere ocupar el lugar ni la celda de Carlos Menem. Ricardo Jaime tiene todas las fichas para convertirse en María Julia. Pero no mucho más. Lázaro Báez y Amado Boudou son balas que pican demasiado cerca de Cristina. Y ese es el límite. Negociar estas cosas sucias es lo que sacó de quicio a Cristina. Se siente humillada porque para garantizar su impunidad y libertad tuvo que transar con líderes que desprecia porque los considera neoliberales y mediocres. Pero no tiene otro remedio porque esos son los nombres que todas las encuestas dan como sus posibles sucesores. La garantía es que los empresarios mas activos que capitanean la cartelización de los negocios oscuros son los mismos en todos los casos. Pragmatismo inmoral mata ideología. Y encima lo autojustifican como un convenio que garantiza gobernabilidad.

Si no se analiza esto, también es muy difícil explicar el odio de la Presidenta hacia una justicia que la trató con guante de seda. Tres magistrados la hicieron zafar de las acusaciones de enriquecimiento ilícito y no hay un solo funcionario de la década ganada preso pese a la megacorrupción de estado a cielo abierto. En este sentido el humor de Nik es editorial y premonitorio. Su dibujo muestra a Aníbal Fernández diciendo: “Necesitamos una Constitución para los tiempos que corren…. Para que después no nos corran los jueces, los fiscales, la policía, Interpol”. Tragicómico pero real.

Cristina y sus talibanes acusaron a la Corte Suprema de Justicia de ser corrupta, menemista y golpista. ¿Qué cosa tan grave ocurrió para disparar ese ataque tan injusto, mentiroso e irracional? Nadie, nunca, desde la recuperación democrática de 1983 se había atrevido a tanto. La mujer más poderosa de la Argentina puso en marcha un plan sistemático para destruir el mayor logro en términos institucionales de su marido fallecido. Hay que negar demasiado la realidad para pensar que Carmen Argibay, una de las primeras encarceladas por el terrorismo de estado, pueda estar hoy en una conspiración destituyente. O que Carlos Fayt, un socialista de manos limpias, alquile los cajones donde congelan los expedientes. O que cualquiera de los integrantes del máximo tribunal adhiera ideológica y éticamente al menemismo.

La desesperación extrema de Cristina empujó al vacío del ridículo a su propia tropa. ¿Cuál es el motivo de semejante despropósito autodestructivo? Nadie salió tan erosionado en su credibilidad y confiabilidad emocional como Cristina, pese a la sobreactuación de sus pasos de baile y los mohines de fingida alegría. ¿Qué es lo que estalló en la cabeza de una mujer tan inteligente? La realidad perforó el relato y Cristina debió asumir que no podrá seguir siendo presidenta después de 2015. Comprendió que el operativo de pinzas entre una justicia que pone límites constitucionales y la rebelión de los intendentes bonaerenses mas votados, cavó la tumba donde descansarán los restos de su sueño de reelección y eternidad. Reaccionó de la única manera que conoce: huyó hacia delante. En ese camino intentará aprovechar los últimos meses de mayorías parlamentarias para aumentar la cantidad de miembros de la Corte y con mayoría K, unificar los tres poderes del estado en un “cristinato” que someta a la justicia, a los periodistas y le permita quedarse a vivir en la Casa Rosada. Es exactamente lo mismo que hicieron en Santa Cruz. Y no les fue mal. Multiplicaron como nadie el poder y el dinero, las dos obsesiones de la sociedad matrimonial entre Néstor y Cristina.

Este es el núcleo del pensamiento de Cristina. Si los medios y los jueces son golpistas, cualquier cosa que se pueda hacer contra ellos está justificada. Todo sea para evitar las dictaduras mediáticas y judiciales. Por eso degradan los oficios de informar verdades y de impartir justicia. Hasta hace poco en términos históricos, cualquier funcionario era sumamente prudente y casi que pedía disculpas cien veces antes de criticar a la Corte. Temían ser acusados de querer presionar o de injerencia en otro poder. Hoy es un viva la pepa y el que no sataniza a la Corte no es un buen kirchnerista. Ese objetivo del oficialismo está cumplido.

Erosionaron las instituciones republicanas y de control.
 Ninguna candidatura puede analizarse fuera de este prisma ni de la pelea de fondo: Cristina recorrerá la Provincia como si fuera candidata y Massa intentará polarizar al máximo para cepillar a De Narváez. ¿Será el fin del kirchnerismo o el comienzo de su refundación? ¿Habrá un nuevo candidato a presidente y conductor en el peronismo?

El otro objetivo que tiene Cristina a la hora de pegarse una y otra vez la cabeza contra la pared es tener el final más heroico posible. Despreciaría mirarse al espejo de una presidenta disecada que debe entregar la banda y el bastón a un presidente que iniciará una nueva era menos mentirosa y mas de derecha. Por eso provoca todo el tiempo. Quiere victimizarse con cualquier reacción destemplada. Incluso con una paliza electoral que, si se produce, la pondría nuevamente al borde del mismo precipicio en el que se paró aquella noche de la 125 cuando amenazó con el portazo.
 Su sueño perfecto es escribir el manual de historia que leerán sus nietos y que diga: “Néstor murió por la patria” y ella “fue derrocada por la antipatria”. No quiere ser la gil que junta la guita para pagar los sueldos y quedarse sin guita. Por eso su acusación de que la Corte “en cualquier momento saca una cautelar que impida votar”, más que denuncia es una expresión de deseo. Difícilmente Manuel Belgrano sería kirchnerista. Dijo que “el sentimiento de libertad es capaz de transformar en héroes a los ciudadanos más simples”. Algo de eso está pasando. Entramos en en zonas de turbulencia que solo la soberanía popular podrá calmar.

© Perfil

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