domingo, 7 de abril de 2013

Insubordinación y coraje

La reacción popular por las inundaciones debería ser un llamado de atención para la dirigencia. Pero ¿captarán semejante mensaje?

Por Alfredo Leuco
La opinión política más certera sobre la catástrofe de la inundación está dibujada. El talento de Pablo Temes reflejó ayer, en la página 16 de PERFIL, a Cristina totalmente cubierta de barro y con los deditos levantados, como dictando cátedra a toda la humanidad. Un resumen perfecto. Porque a la Presidenta le ocurrió algo inédito y terrible: la tocaron. Quedó demostrado que ella no es como la pelota: se mancha. Su guardia pretoriana suele gritar amenazante: “Che, gorila/ no te lo decimos más/ si la tocan a Cristina/ qué quilombo se va a armar”. Y la tocaron. El cantito fue la crónica de una tragedia anunciada.

Sólo que la mugre que la ensució no vino del campo del enemigo, las corporaciones agromediáticas y golpistas. 

Por eso es tan grave. Se trató de fuego amigo que entró por la retaguardia. Porque los reproches, insultos y agravios vinieron de abajo, del corazón del pueblo mismo y desde la izquierda, de José Mujica, uno de los representantes más cabales de los presidentes que se parecen a sus pueblos.

Como si esto fuera poco, Cristina también fue sacudida por dos tormentas territoriales en sus lugares en el mundo. Los reclamos más duros que le hicieron cuerpo a cuerpo fueron en Tolosa, su barrio de toda la vida, donde se convirtió en inundada, militante de la Jotapé, abogada y esposa de Néstor. Y la primera derrota electoral de alto valor simbólico la sufrió en Santa Cruz, donde construyó su presente de millonaria que inscribió su apellido en tres períodos presidenciales consecutivos ganados en las urnas, algo que no lograron ni Perón ni Menem.

Todo eso pasó en un par de días. De golpe, como ese diluvio universal que se pareció a un castigo bíblico para los oficialismos políticos que en 2011 habían sido ratificados con amplitud por el voto popular. Porque en forma paralela al conmovedor manantial solidario que surgió del subsuelo de la patria apareció con fuerza una suerte de cachetazo gigantesco, incluso para los que más alto aparecen en las encuestas: Cristina, Scioli, Macri, Alicia, Bruera y Larroque fueron aplazados socialmente y van a tener que rendir nuevamente el examen.

Algunos fueron más groseros que otros en sus mentiras de 140 caracteres, como Bruera. Otros explicaron lo inexplicable y no sancionaron a sus colaboradores que intentaron ocultar que estaba en Brasil, como Macri. La cuñada Kirchner y Scioli chocaron contra las duras paredes que pone la gente cuando tiene bronca y putea. No eran agitadores que atacaron, como dijo Alicia. Eran inundados que actuaron en defensa propia.

La cadena progresista se les sale muy rápido y caen en un macartismo rudimentario. Ni agitadores ni rojos uniformados con palos, como los del 24 de marzo, cuando en realidad los patoteros fueron las blancas palomitas vestidas de celeste de La Cámpora, al revés de lo que dijo Cristina.

¿Se habrán asimilado al espionaje ilegal a referentes sociales de Proyecto X, parido por Aníbal Fernández y amamantado por Nilda Garré, que caracterizó al padre Pepe como “simpatizante del Partido Obrero”? Telegrama a la ex SIDE: la actriz Brenda Asnicar también es troska, incluso más que el cura villero.

El presidente uruguayo dirá: “Qué le hace una mancha más al tigre”, pero la patoteada de Andrés Larroque, el comandante de La Cámpora, por la televisión mal llamada pública fue todo un símbolo. Ese video puede servir para dos cosas: para que la oposición lo utilice como spot de campaña, porque parece Herminio Iglesias quemando el cajón, y para proyectarse en las facultades de periodismo y demostrar cuál es el verdadero objetivo de la Ley de Medios. Cristina le dijo: “Cuervo, hacete cargo”, y él fue directamente a la yugular del periodista de Canal 7, Juan Miceli. Con la misma diplomacia con que acusó a Binner y compañía de “narcosocialistas” y el mismo tono del grito a la diputada Laura Alonso, “callate, atorranta”.

Este “heraldo de la reina (Jorge Fernández Díaz dixit) no es un muchacho valiente que lucha contra el poder. Es el poder”. Y éste es el gobierno más poderoso y castigador de la libertad de expresión desde 1983 hasta la fecha. Por eso atemoriza a los miedosos. Porque el Cuervo se sienta a la derecha de la papisa Cristina, camina a su lado, dirige la batuta. Con severidad patronal se dirigió a un periodista al que considera su esclavo, y alerta y vigilante, después de exigirle que se identificara, lo conminó a que se presentara en el lugar después del noticiero. El movilero atinó a preguntarle hasta cuándo iba a seguir el operativo de propaganda de entrega de agua y colchones con el chaleco de La Cámpora, y el comisario cristinista dijo: “El operativo sigue el fin de semana, el mes que viene, el año que viene y los próximos veinte años”. Cristina eterna.

Quedará en la memoria colectiva el coraje de una empleada doméstica que gana 2.500 pesos y tiene seis hijos, que se atrevió a recriminarle a Cristina en su propia cara algo que hace temblar a ministros y poderosos empresarios. Se insubordinó la chica que se gana la vida limpiando casas ajenas y que en ese momento estaba agotada de pasarle lavandina a la suya. No aceptó la orden de Carlos Zannini: “A Cristina no se le habla, se la escucha”.

Los inundados querían ser escuchados, desahogarse (en el más amplio sentido de la palabra), y se resistieron a tener que escucharla a Ella. El grito “que se vayan”, o “vuelvan a Calafate, millonarios”, fue una fotografía de una Argentina más verídica que la que Cristina muchas veces confunde con las tandas de Fútbol para Todos. Se dice que padece “bovarismo”, quien se cree sus propias mentiras. Un baño de realidad que seguramente debe haber sacudido a la Presidenta. ¿Cuánto hacía que nadie la contradecía? ¿Cuánto hacía que nadie se animaba a darle una opinión distinta, descarnada y sin eufemismos?

Hasta el propio hermano de la Patria Grande, el Pepe Mujica, planteó con todas las letras lo que piensa. Dejando de lado el lenguaje vulgar de la intimidad, dijo lo que piensa: que Cristina es más terca que Néstor. Que ella es menos política, y que no va a disculparse porque ya no sabe qué hacer frente al maltrato y la humillación a los que Cristina somete también a Uruguay.

Que el lenguaje coloquial de “vieja” o “tuerto” no nos tape el bosque del contenido del reclamo. Uruguay vive extorsionado por Argentina, y sus funcionarios ya no saben cómo denunciarlo. Inconscientemente o no tanto, el Pepe encontró la manera. Es que el mecanismo para domesticar de Cristina es siempre el mismo, fronteras adentro o afuera: si no hacés lo que yo digo, te corto los víveres. Se puede referir al Mercosur, a Scioli o a Peralta.

Lo más grave, además de las vidas perdidas y la bancarrota de miles de familias, es que la ausencia o la lentitud burocrática del Estado y el chiquitaje mezquino del pase de facturas alimentaron ese nefasto fantasma que no termina de morir: el de diciembre de 2001.

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