
La liberación de Auschwitz.
(Foto/Archivo Reuters)
Por Alberto Amato
Cuando la helada tarde del 27 de enero de 1945 las tropas soviéticas entraron a Auschwitz, no sabían lo que era aquello y no pudieron creer lo que hallaron. Frente a sus ojos se alzaban apenas siete mil presos famélicos, esqueléticos, desahuciados, que casi no podían mantenerse en pie, desnutridos, castigados por las enfermedades, carcomidos por la peste, envueltos en raídas ropas a rayas verticales, ateridos por el invierno; hallaron también, en medio de un hedor insoportable, más de seiscientos cadáveres sin enterrar y las ruinas humeantes de uno de los hornos crematorios que, horas antes de la llegada de los soldados rusos, había sido volado por las SS de Adolfo Hitler en un intento de borrar lo que era ya imborrable, la huella de un genocidio, y de emprender una retirada veloz hacia la derrota final.




