sábado, 11 de abril de 2026

El Presidente que ama odiar

 Por James Neilson (*)

Además de hablar como si se creyera el dueño exclusivo de una piedra filosofal económica que le permite solucionar de golpe problemas que mantienen ocupados durante décadas a estatistas menos privilegiados, Javier Milei se enorgullece enormemente de su propia superioridad moral. Para él, quienes se niegan a tratarlo con la reverencia debida no solo son idiotas ignorantes simiescos sino también sujetos perversos, cuando no satánicos.

Entre los peores ejemplares de la especie maldita cuya mera existencia lo hace estallar de ira están los periodistas, estas “basuras inmundas”, “imbéciles” y “mediocres plumas” que, dice, hay que “odiar” cada vez más. Desde su punto vista, los grupos mediáticos más malignos son Perfil, La Nación y Clarín. A su juicio, son integrantes de una auténtica “asociación ilícita” que está resuelto a desenmascarar para que reciba el castigo, sea divino o, lo que sería mejor, jurídico y financiero, que tanto merece.

¿A qué se debe esta obsesión malsana con el periodismo tradicional que comparte con Donald Trump que, por motivos que en su caso son comprensibles, no quiere para nada a quienes siempre lo han tratado con desdén como un ricachón de grotescos gustos plebeyos? A diferencia de su amigo norteamericano, Milei no tiene por qué creerse víctima de la hostilidad de los medios. Aunque sus excentricidades les han brindado mucho material, hasta hace poco los más influyentes propendían a minimizar su importancia por entender que incidían muy poco en su gestión. En comparación con otros mandatarios que todos los días tienen que enfrentar los ataques virulentos de periodistas resueltos a desprestigiarlos porque confían en que un cambio de gobierno no tendría consecuencias negativas para ellos mismos, Milei ha sido protegido por la conciencia generalizada de que el país no está en condiciones de soportar otra convulsión política.

Pues bien: luego de tolerar estoicamente por mucho tiempo los esfuerzos burdos de Milei por denigrarlos y limitarse a tratarlo como un excéntrico impulsivo pero así y todo simpático cuyas palabras carecen de importancia, los blancos de sus misiles verbales se han puesto a devolver el fuego. No se puede atribuir el cambio de actitud a la influencia, que ha sido virtualmente nula, de mercenarios rusos financiados por Vladimir Putin; el gobierno mismo se encargó de suministrarles municiones para que se concentraran primero en el asunto un tanto recóndito de las criptomonedas, que pocos entienden muy bien, y entonces en las vicisitudes de Manuel Adorni y su esposa.

Puede que los pecados presuntamente cometidos por el jefe de Gabinete fueran a lo sumo veniales, sobre todos si uno compara los montos en juego con los robados por Cristina y sus cómplices cuando se las arreglaban para extraer miles de millones de dólares del erario público para gastar en estancias, viviendas lujosas en Estados Unidos, cuentas bancarias en islas caribeñas y así por el estilo, pero por ser cuestión de un personaje que, como Milei, se había destacado por su soberbia moralizadora, pocos han estado dispuestos a darle el beneficio de cualquier duda. A Adorni le ha tocado desempeñar el rol del símbolo máximo de la corrupción libertaria que, hasta entonces, había correspondido a Karina por lo de $Libra.

Huelga decir que Milei y los demás no tienen derecho alguno a sentirse sorprendidos por lo ocurrido. Deben el poder que tienen en buena medida a la convicción, que ellos mismos dicen compartir, de que hay un vínculo directo entre el estado lamentable del país y la voluntad de demasiados políticos y funcionarios a subordinar absolutamente todo a su propio bienestar material. Por un rato, muchos creyeron que Milei estaba decidido a emprender la tarea hercúlea de limpiar los establos de Augías de la mugre dejada por “la casta” pero, para su decepción, no ha manifestado demasiado interés en hacerlo. Antes bien, al darse cuenta de que le sería políticamente costoso intentar ponerse a la altura de sus elevadas pretensiones morales, optó por criticar con su vehemencia habitual a los responsables de señalar sus deficiencias en tal ámbito, de ahí la decisión de hacer del periodismo un chivo expiatorio con la esperanza de que la gente dejara de pedirle luchar contra la corrupción endémica que tanta indignación está provocando.

Si bien es comprensible que el presidente y quienes lo rodean, comenzando con la hermana Karina que se desempeña como la lideresa espiritual del mileísmo, hayan llegado a la conclusión de que, por ser la Argentina una democracia, no les convendría librar una guerra sin cuartel contra buena parte de la clase política cuyos miembros estarían en condiciones de bloquear todas sus iniciativas en el Congreso, fue un error estratégico reemplazar “la casta” por el periodismo en su conjunto como el enemigo principal.

Por “odiosos” que sean aquellos que se dedican a investigar las actividades de los políticos y opinar en torno a lo que están haciendo, cumplen una función clave, una que, de un modo u otro, se remonta a la antigüedad. Sirven como un espejo y, andando el tiempo, como depositario de la memoria colectiva. Si bien las imágenes que refleja el espejo pueden ser distorsionadas por los prejuicios y preferencias personales de quienes las forman, suelen persistir por mucho más tiempo que las labradas por los protagonistas mismos, motivo por el cual éstos deberían intentar asegurar que su propia imagen se aproxime a la realidad verificable.

A menos que tenga mucho cuidado, Milei será recordado más por sus extravagancias teatrales y por su incapacidad, propia de un fanático, de tolerar cualquier manifestación de disenso que por la construcción de un movimiento poderoso basado no sólo en el carisma que sus admiradores le atribuyen sino también en su voluntad de concretar reformas estructurales dolorosas pero así y todo necesarias.

Tal y como están las cosas, el cambio de imagen que está en marcha podría culminar bien antes de las elecciones presidenciales del año que viene. En las semanas últimas, la de Milei y por lo tanto del gobierno nacional, se ha deteriorado mucho en parte por las razones económicas consabidas y en parte de resultas del comportamiento nada presidencial de Milei mismo. Por difícil que le sea entenderlo, no puede darse el lujo de perder el apoyo de los “ñoños republicanos” que toman en serio todo lo relacionado con el decoro. Mal que le pese, para mejorar la relación con esta franja importante del electorado, le sería forzoso abstenerse de cubrir de insultos groseros no sólo a sus adversarios ideológicos de la izquierda “progresista” y el populismo kirchnerista sino también a muchos que valoran el proyecto que ha puesto en marcha sin por eso sentir respeto alguno por su manera atrabiliaria de defenderlo.

Cuando los simpatizantes de Milei hablan de “la batalla cultural”, los más entusiastas estarán pensando en el extrañísimo revoltijo de creencias bíblicas y therianas que, para la perplejidad ajena, el caudillo libertario ha confeccionado, pero para otros se trata principalmente del conflicto entre el modelo económico corporativista que se instaló en el país hace casi un siglo y el netamente capitalista que, con variantes locales, es típico de los países más desarrollados y que, hasta cierto punto, ha sido adoptado por China.

Mientras que es virtualmente nula la posibilidad de que triunfe el mileísmo esotérico del círculo íntimo presidencial, en la otra batalla que está librándose, los partidarios del “proyecto” socioeconómico llevan las de ganar aunque sólo fuera porque las hipotéticas alternativas ya han fracasado de manera catastrófica. Es por lo tanto lógico que los preocupados por el futuro del país crean que hay que separar un programa económico que, en términos generales, merece su aprobación, de las excentricidades irracionales y para muchos antipáticas del fundamentalismo mileísta que, lejos de hacer más dinámico al movimiento el movimiento que Milei encabeza, sirve para que los comprometidos con el viejo orden cuenten con más pretextos convincentes para oponérsele. En política, el personalismo excesivo suele ser una espada de doble filo.

Entre los dispuestos a aprovechar la brecha que está separando al mileísmo cultural, por calificarlo así, del económico está Mauricio Macri. Si bien parecería que el expresidente no tiene en mente intentar regresar a la Casa Rosada, claramente entiende que, por su conducta personal, Milei está poniendo en peligro el esfuerzo por dejar atrás un orden socioeconómico disfuncional. Parecería que, a juicio de Macri, una agrupación política como el PRO tendrá que prepararse para tomar el relevo por si Milei pierde el apoyo de los muchos que temen que, por su capacidad para fabricarse enemigos, termine abriendo la puerta para que regresen aquellos sujetos que tanto contribuyeron a la depauperación de un país que, adecuadamente gobernado, podría estar entre los más prósperos del mundo.

Sucede que aquí, como en tantas otras democracias, el gobierno actual no alcanzó el poder que ejerce gracias a los presuntos méritos de sus dirigentes sino a causa de las deficiencias patentes de quienes los precedieron. Demás está decir que el ciclo deprimente así supuesto podría repetirse en los años próximos, lo que, por ser tan alarmantes las alternativas más probables al mileísmo, podría tener consecuencias fatídicas para el país y casi todos sus habitantes.

(*) Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986)

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