martes, 12 de marzo de 2024

Fotógrafo

 Por Nelson Francisco Muloni

Gisèle Freund, una de las más destacadas figuras del fotoperiodismo, fue también una brillante retratista que logró indagar en la más profunda urdimbre de la realidad humana. Es decir, le dio verdadero sentido a la fotografía como arte, lejos de la superficialidad que muchos intelectuales imaginaron que sobrevendría con la nueva tecnología creada a partir de los trabajos de Josep Niépce y Louis Daguerre.

Freund, que supo retratar a Borges, Eva Perón, al propio Perón, Frida Kahlo, Pabo Neruda o Julio Cortázar, además de otros ilustres pasajeros de la historia mundial como Virginia Woolf, Simone de Beauvoir, Jean Cocteau o James Joyce, escribió una monografía trascendental: “La fotografía como documento social”.

Allí, la artista dice: “La fotografía, aunque estrictamente unida a la naturaleza, solo tiene una objetividad facticia. La lente, ese ojo supuestamente imparcial, permite todas las deformaciones posibles de la realidad, dado que el carácter de la imagen se halla determinado cada vez por la manera de ver del operador [...]. La importancia de la fotografía no solo reside en el hecho de que es una creación, sino sobre todo en el hecho de que es uno de los medios más eficaces de moldear nuestras ideas y de influir en nuestro comportamiento”.

Nada en esta definición le es ajena a Isidoro Zang, un porteño que hace casi 50 años se reconvirtió en salteño, configurándose como un verdadero creador que, buceando día a día en la realidad, maravilló con fotografías de un indudable valor humano cuya estética tuvo y tiene, como propósito, conmover.

 Isidoro Zang, en una fotografía tomada por René Rodríguez Villagra
Porque Isidoro no es solamente el operador de una cámara fotográfica: la imagen capturada va cambiando de formas, toma otros colores (o los pierde, en busca de un blanco y negro que le dé razón de ser a la internalidad de las cosas), se llena de ruidos y rasguños, se ensucia y aparece limpia otra vez, como ir del cielo al infierno y regresar al cielo, y hace que nazca, asombrando la vista, el arte.

Desde aquella casa de óptica (que yo conocí en la calle Mitre, a metros de la Legislatura) que puso para sobrellevar la vida, Zang ha sido, además, un singular testigo. Desde los años 70 a la actualidad, no debe haber acontecimiento político, cultural, social y del ámbito o espacio que fuere, que no esté en algún archivo de este fotógrafo, intuitivo y casi omnipresente, a tal punto que algunos (muchos) importantes trabajos suyos fueron donados a la Coordinación de Bibliotecas y Archivo de Salta como para que la historia tenga para siempre el testimonio de la vida, en todas sus formas y expresiones.

 La realidad de Isidoro Zang
Pero, además de la fotografía como pulsión de su vida (“la fotografía me da libertad”, dice el artista), Isidoro Zang es un hombre que, en cada jornada, rumbea por los paisajes urbanos que, muchas veces, le muestran tragedias, dolores, inmensidades de penas que él va tomando con su máquina trashumante para darle una cachetada al poder y a los poderosos, tengan éstos el pelaje que tuvieren.

Y también tiene alegrías, Zang. Con su compañera, sus hijos y, cómo no, con sus amigos. Que los tiene a borbotones de años y años de andar con su oficio. Él ofrece no solamente el chiste certero y la carcajada espontánea y ruidosa, sino que suele ser un cuidadoso y atento interlocutor de sinsabores y penurias ajenas.

 Isidoro en su salsa
Isidoro habla de todo y cada tanto, en medio de la tensión de alguna incipiente discusión, lanza una frase picantona que distiende el instante. Ese instante que, a veces, aprovecha para uno, dos o tres disparos que más tarde, volverán al laboratorio de su cerebro y su corazón para que aparezca, otra vez, el hecho concreto de la creación.

Silenciosamente, Zang va dejando, además de sus fotografías, algunos libros que las contienen. Y también deja poemas, deja ideas o se suma a ellas. Crea grupos de arte, expone, se mete en otros grupos, captura febrilmente, compulsivamente, como obedeciendo el mandato que él mismo se impuso: “esto hago y esto es lo que muestro, hago lo que me parece que tengo que hacer (...) creo que es necesario mostrar la realidad y que la gente vea qué pasa alrededor".

Salta, la historia, el arte y sus creadores, en estos últimos 40 años, le deben a Isidoro Zang buena parte de lo que son. Y deberán agradecérselo algún día. Aunque más no sea, sentándose a charlar con él en alguna mesa de café esperando, por supuesto, que un sorpresivo click imprima para siempre ese instante, y otros, y otros más...

Será un modo sencillo de recordarle a este creador de imágenes inolvidables, que éstas lo son porque las hizo un buen tipo. Simplemente...

© Agensur.info

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