miércoles, 12 de abril de 2023

La crisis doméstica más inoportuna

 Por Pablo Mendelevich

Las tres “i” que hoy atormentan al gobierno -inflación, inseguridad, incertidumbre- bien podrían llevar los nombres de sus respectivas figuras descollantes: Massa, Berni y Dady Brieva.

El francotirador Brieva ciertamente es un personaje menor desde el punto de vista político. Pero acaba de convertirse en abanderado del desconcierto al reclamar instrucciones de su líder. Lo hizo con el refinamiento que le es característico: “Cristina, ¿qué mierda? ¿por qué no hablás?, decí algo, si ladramos o no ladramos”.

Aquellas ganas de hace dos años y medio de pisar opositores con un camión por la 9 de Julio, odio crudo, quedaron atrás. Ahora el cómico pone en evidencia mejor que nadie la desorientación lacerante de la militancia kirchnerista. Militancia que no hace tanto celebraba el invento de la fórmula Fernández-Fernández como la creación más genial de la política argentina desde 1810.

Que Brieva haya hablado de desilusión (“estoy desilusionado”, dijo sin vueltas) podría parecerles una buena noticia a los que esperan que el kirchnerismo implosione. Pero a ese sentimiento, infrecuente en el discurso intrapartidario de la dirigencia política, también echó mano este lunes Mauricio Macri.

Aunque uno se refería a Cristina Kirchner y el otro a Horacio Rodríguez Larreta (“qué profunda desilusión”, tuiteó Macri), la coincidencia semántica endulzó los oídos de quienes siempre pretendieron empardar al macrismo con el kirchnerismo. Entre ellos, muchas veces, los propios kirchneristas. Paradojas oportunistas de los creadores de la grieta: un espejo intercalado en el momento justo (“ah, pero ¿y Macri?”) produce espejismos.

Se sabe que Javier Milei y Cristina Kirchner confluyen en la propagación de la idea de que la grieta es una falacia. Milei porque empaqueta en su execrable “casta” a “todos” los políticos y Cristina Kirchner porque, mientras reniega de la maternidad de la patología, le endilga el odio a la contraparte y procura diluir en un imperfecto mundo compartido las acusaciones penales que se le formulan. Como si dijera que no existen moralidades contrastantes: “todos roban, eso es algo normal en la política, sólo que a mí me lo cobran para poder proscribirme”.

La realidad es que en 2003 los Kirchner repusieron las antinomias de Rosas y de Perón mediante el sistema de enemigos rotativos (recuérdese que los primeros enemigos fueron la Alianza y el menemismo, Macri vino después) para apropiarse de la representación del “pueblo”, adueñarse del Estado, excluir del juego democrático a la oposición, deslegitimar la alternancia. Esa concepción sufrió castigos electorales en las legislativas de 2009 y 2013 (a manos de Francisco de Narváez, quien más tarde se retiró de la política, y de Massa, que volvería a dar vuelta una vez más sus creencias personales), el preludio del triunfo de Cambiemos en las presidenciales de 2015.

Cambiemos, aun con sus falencias, cumplió con los preceptos republicanos básicos y hasta hizo la hazaña institucional de completar el mandato con el peronismo en la oposición. Pero no logró gobernar con eficacia suficiente como para evitar que Cristina Kirchner vuelva al poder. Se suponía que ahora, beneficiado por el estrepitoso fracaso de los Fernández, había aprendido de la experiencia y estaba listo para prepararse, ganar de nuevo y ponerse a sacar el país adelante. Por lo menos eso decían sus dirigentes, entusiasmados con la misión y también con su perduración. Algunos se entusiasmaron en exceso: pensaron que tenían la vaca atada.

Juntos por el Cambio postulaba un enfoque superador no meramente referido a lo “ideológico” -categoría de análisis que les encanta a los kirchneristas porque los hace sentir consistentes- sino a las reglas de juego que determinan la calidad de la democracia. Pero resulta que es en el terreno de las reglas, más específicamente el de las reglas propias, donde acaba de estallar la crisis que a Macri le ajó el temple.

Macri está muy enojado. Y no parece ser este un buen momento para que el principal líder de la oposición se desilusione de los suyos, mucho menos cuando el riesgo es que su antiguo delfín, pieza clave del año electoral llegue o no a ser candidato a presidente, se transforme en un rival interno aguerrido.

Si desilusión significa pérdida de la esperanza en algo o en alguien, desilusión es lo que siente una gran parte de la sociedad argentina. Lo que está en juego en la política no es otra cosa que la capacidad de los dirigentes de volver a ilusionar. Hasta se teme que en las elecciones haya altos niveles de ausentismo.

Por esa rendija de la política corroída entró y se expandió el exótico fenómeno ultraliberal. Hoy Milei es el acreedor mayoritario de la desilusión colectiva. Gente tan disímil como el presidente Fernández, la izquierda, los radicales, parte del peronismo, muchos académicos e intelectuales y amplios sectores de la clase media politizada consideran que esta huracanada oferta electoral de factura individual y discurso violento representa un peligro para la democracia.

Milei pesca en el río revuelto de las desilusiones, en los jóvenes desesperanzados que quizás ni tuvieron tiempo para ilusionarse y sacude a los partidos tradicionales, muchos de los cuales discuten qué hacer con él, si cortejarlo o repudiarlo. Esa división está muy expuesta, por ejemplo, en el Pro, donde Macri y Patricia Bullrich le tienden puentes a Milei y Rodríguez Larreta, arrimado a los radicales y a Carrió, lo repele.

La crisis producida por las reglas electorales, debajo de la cual cruje la divergencia estratégica de la coalición, conjuga aspectos legales y éticos con especulación política y pujas de liderazgo. Las partes enfrentadas parecen tener, en diversas dosis, argumentos valederos mezclados con comportamientos cuestionables. Pero termina sobresaliendo, quizás, la sensación de que hay un sometimiento de las reglas a la política (cuando debería ser al revés) y que abundan las contradicciones, dos rasgos calcados del oficialismo del que Juntos por el cambio debería diferenciarse. Mal augurio para una fuerza política que una vez en la Casa Rosada, si llega, va a tener dificultades muchísimo más grandes que juntar o separar elecciones distritales y nacionales, bastante más filosas que escoger métodos de votación.

El hecho de todos encuentran antecedentes para respaldar su verdad (además de videos de los antagonistas para ventilar incoherencias ajenas) sólo exhibe lo erráticas que son las reglas electorales y lo frecuente que ha sido la manipulación oportunista. O, dicho en otras palabras, lo frágiles que resultan las banderas, como la panacea de la boleta única, cuando ganar una elección se confunde con una causa.

Ya hay inventado un remedio para evitar la manipulación, pero su administración no es de orden legal sino ético. Consiste en no cambiar procedimientos electorales en años de elecciones. Se puede argumentar, desde luego, que Rodríguez Larreta se encuentra ahora dentro de los plazos legales y que disponer las normas es una potestad suya. Pero si con eso alcanzara no se habría producido en el Pro la crisis doméstica más severa que haya tenido, con impacto impredecible en la coalición. Desde ya, la más inoportuna.

© La Nación

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