sábado, 28 de enero de 2023

Spinetta: rock en tiempo de tango y folclore

 Luis Alberto Spinetta

Por Renato Salas Peña (*)

La primera vez que escuché al Flaco Spinetta se me pierde en los vapores poéticos del recuerdo y la locura adolescente, esforzando al recuerdo, creo que fue el Artaud, sí, ese disco que por donde lo mires es una patada de surrealidad: fondo y forma; si bien, lo escuché en un viejo casete pintarrajeado de verde marihuana, será años más tarde que recién caiga del porqué es considerado una joya musical en nuestro idioma.

Luis Alberto Spinetta hubiera cumplido 73 años, pero ese cáncer al pulmón sangrante se lo llevó con tan solo 62, suficientes para presentar a la humanidad una discografía altamente poética, humana, onírica, sincrética, artística. Él, hincha y vecino de River, entre Núñez y Belgrano correteó infancia al ritmo de los tangos cantados por su viejo y de a poquitos se le fue colando el Presley y su movimiento de pelvis.

Esa adolescencia o edad de piedra del Flaco lo hizo pasar por algunos programas de moda juvenil, mientras iba en búsqueda de esa personalidad que muy pocos músicos logran obtener por más que se esfuercen. Con 17 años y el 1966-67-68 y todas sus efemérides cantables: el Mayo francés, la movida jipi, la muerte del Che y un largo etcétera se forma en la sala de su casa, Almendra, banda rock pionera en Argentina que irrumpe con éxitos innegables y comercializados de manera escandalosamente comercial (hasta Favio grabó un tema) y tras una visita al Festival playero de Ancón en Perú (disculpen el chauvinismo) la banda queda asentada como el origen, el génesis de algo verdaderamente nuevo: el clasicismo del rock en castellano acababa de nacer.

Muchacha ojos de papel, Ana no duerme, Plegaria para un niño dormido, Fermín, Laura va, son cinco de los nueve tracks con los que se presenta el Almendra I, una ráfaga de talento, un álbum que no se podía contener, un maremoto de creatividad que terminó por ahogarlos y disolviendo la sociedad apenas pisen los 70.

No cabe duda que es la juventud la que te regala las mejores prendas: el primer amor, las primeras canciones, los amigos, la creatividad pura, la libertad, los experimentos. La muchacha de los ojos de papel, Cristina Bustamante, con su inspiradora ruptura amoril, los temas que desbordan esa oscuridad del dolor juvenil tan hiperbólico, Pappo, Billy Bond, Abuelo y otras psicos que se fusionan con él, las drogas, el libre sexo, el alcohol y nuevamente las drogas son el telón de fondo para lo que será ese Pescado rabioso a punto de morderlo, devorarlo, tragarlo todo.

Será entre 1972 y 1973 que Pescado rabioso, oxímoron tan lírico y delirante como los dos trabajos que dejaron, marquen una presencia con una clara postura política y con sirena represiva en la espalda ahuyenten esa idea que se habían hecho de un Spinetta baladista, nueva olero y cojudón. Rescatable de esta unión, creo que es esencial citar la sociedad con David Lebón, que mañana más tardecito se unirá a García con Serú Girán, y como muestra de amor nos dejó esa confesión que fue Tema para Luis, y ese blues que olvidaron grabar Me gusta ese tajo.

Si bien por cuestiones contractuales Artaud es firmado por Pescado rabioso, hoy es sabido que el Flaco ya anda en solitario, pero unido a un compromiso social de artista que no lo disocia de los cambios para mal que se asoman en toda Latinoamérica: crítico abierto de las dictaduras, abusos a los derechos esenciales de los humanos, gobiernos militares fascistas y una larga lista que en nuestros países resulta casi inmoral y cotidiana. Coincide en esos años la unión con la madre de sus cuatro hijos: Paty Salazar que al alimón ayudará en la fecundación de su especie y de temas como Cantata de puentes amarillos, Todas las hojas son del viento, Bajan y Por.

Sin lugar a dudas, mi relación verdadera con Spinetta iniciará cuando me choque con ese power trío que pasó con toda esa fuerza de tren alucinado y rockero: Invisible y su Lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula al mundo, tema que hasta el día de hoy sigue cuestionándome y regulando de cierta forma esos pocos arrebatos de decencia que suelo tener. Tras el Durazno sangrando y El anillo del capitán Beto, la eterna búsqueda creativa del Flaco hace que la banda nuevamente se disuelva y dé paso a una década que traerá nuevos sonidos, nuevos instrumentos, nuevas oportunidades para expresar su arte.

Los últimos años de los 70 y los comienzos de los 80 traerán para Spinetta diferentes entregas, algunas quizás, más y menos, según el ánimo con el que nos acerquemos al disco, tratándose de él, es de esperar, escuchar al Flaco nunca ha sido sencillo, cualquier cristiano no asimilará en una su propuesta, es más, muchos no pasarán de los tres primeros minutos al intentar oírlo, es que la música, la lírica de Spinetta no es para todos, y a la vez sí, solo que los parámetros impuestos se han encargado de mitificarlo y elevarlo a un selecto público de corte culterana que se menea en una cosecha de escogidos.

Si bien aparecen proyectos diversos (un disco en inglés que pierde la esencia del Flaco) e incluso se reúne con los ya viejos Almendra, será el nuevo proyecto ochentero, Spinetta Jade, que a ritmo de chamán nos hace girar alrededor de la fogata como Alma(s) de diamante y con una Guerra de Malvinas como acompañante de su banda sonora y experimentos que fue combinando con discos en individual e incluso asociaciones o amoríos tóxicos con Fito Páez y el genio de Charly García que diría más tarde: “Lo que pasó es que éramos dos ídolos muy ídolos”, al menos ese Rezo por vos quedó como un nuevo salmo del rock.

Luis Alberto Spinetta más allá de todos los fuegos, generó su propio fuego, ese fuego dador de vida, de creación, de transformación, siempre habitó un paso adelante, de allí tal vez, lo difícil que hay veces resulta el acercarse a él y no salir mal herido: un rockero latinoamericano en tiempo de tango y folclore combativo de la memoria con sonidos del nuevo siglo, y discos que se fueron sumando en esa bibliografía musical- poética, en el mundo según Spinetta: Kamikase (1982), La, la, la (con Fito-1986), Don Lucero (1989), Fuego gris (1993), Para los árboles (2003), Pan (2006) y la última entrega, presentada por sus hijos el año pasado: Ya no mires atrás.

El 4 de diciembre del 2009, el Flaco, más allá de sus posturas e ideas sobre los conciertos de despedida o reencuentro (siempre mostró una actitud de negación a los mismos) organizó –lleno de entusiasmo adolescente- en el estadio de Vélez un concierto al cual denominó: Spinetta y las Bandas eternas, cinco horas que resumen, aunque esto es casi imposible, su carrera musical, si bien hemos visto al Flaco en muchos conciertos enduendado de felicidad, este tiene, ese no sé qué, ese vaticinio del juglar que va diciendo adiós, que sabe que tiene que partir.

El 8 de febrero del 2012, o sea, hace 9 años y unos cuantos días más de pandemia, el Flaco Spinetta fue envuelto en el fuego sagrado de los dioses para luego repatriar sus cenizas en su Río de La Plata, ese que le brindó sus primeros conceptos de la música y que hoy lo lleva sobre su azul hacia la inmensa mar que él supo, a su manera, crear.

(Ciudad de Palomino, aún en la búsqueda de la supervivencia)

(*) Lima-Perú 1971 - Docente universitario, Licenciado en Educación con especialidad en Lengua y Literatura, asimismo llevó una Maestría en Docencia a Nivel Superior y Gestión Educativa y actualmente un Doctorado en Humanidades.

© Agensur.info

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