miércoles, 7 de septiembre de 2022

Chile, rumbo a una nueva convención constitucional


Por Arturo Fontaine (*)

Y sucedió lo que sucedió: el Rechazo sacó una ventaja de 23.72%. Una goleada. Y sorpresiva. Ninguna encuesta lo anticipó, aunque sí daban por ganador al Rechazo. El Apruebo ganó en 8 comunas. El Rechazo, en 338.

La propuesta constitucional que buscaba dar más poder a las regiones fue rechazada en todas las regiones. La propuesta que buscaba canalizar el malestar de los sectores vulnerables e interpretar la revuelta de octubre del 2019, fue rechazada en las comunas populares (La Pintana, Cerro Navia, El Bosque, Lo Espejo, etc). La propuesta que buscaba dar poder a los indígenas fue rechazada en todas las comunas con gran población indígena.

Por ejemplo, en Tirúa, con un 70% de población indígena, el Rechazo ganó con un 70% contra un 22% del Apruebo; en Galvarino, con un 69%, ganó el Rechazo 74% contra 25%; en Alto Biobío, con un 84%, ganó el Rechazo 72% contra 27%. Y en Lumaco, comuna donde está el fundo Pidenco, centro del principal movimiento mapuche radical y autonomista, la CAM, el Rechazo se impuso 80% contra 19% con una participación del 84.33%, algo nunca antes visto. La CAM llamó a no votar. Hay que repensar el tema del conflicto mapuche.

Advertencia antes de continuar: la volatilidad del electorado en las últimas elecciones aconseja tomar todo análisis y toda proyección con mucha cautela. Lo que sigue son meras conjeturas.

El presidente Gustavo Petro tuiteó desde Bogotá: resucitó Pinochet. Yo diría que es justo lo contrario. La constitución del 80 es un muerto caminando. Viene una nueva constitución y antes, una nueva convención constitucional. Todos los partidos políticos concuerdan en ello. Salvo, posiblemente, el partido del ex candidato presidencial de derecha, José Antonio Kast, cuyos votos no serían indispensables. Será una segunda convención elegida según otras reglas que la primera. La discusión en el parlamento y en el gobierno sobre esas reglas será crucial.

Lo que ha quedado atrás es el gran parteaguas de la política chilena de los últimos 35 años: el plebiscito del Sí o el No que puso pacífico fin al gobierno dictatorial del general Pinochet, que duró 17 años. Los resultados sugieren que esa división hoy no está vigente. Quienes pensaron que el Apruebo era una extension del NO de 1988, se equivocaron. Ese tiempo ya pasó. La resurección de un Pinochet, contra lo que cree el presidente Petro, no tiene ninguna viabilidad, afortunadamente.

En la dirigencia del Rechazo hubo parlamentarios importantes de la centroizquierda actual, varios ex ministros y parlamentarios del tiempo de la Concertación, muchos dirigentes ciudadanos e intelectuales de centroizquierda. El triunfo del Rechazo no es el triunfo de la derecha. Aunque, por cierto, la derecha y sus exconvencionales forman parte de él. Lo hicieron con astucia, evitando el protagonismo de sus políticos y cediendo espacio a caras nuevas de la sociedad. La franja televisiva del Rechazo fue superior a la del Apruebo. Más coherente, más emotiva y menos divisiva que la del Apruebo.

A ratos, el Apruebo parecía estar dedicado, más bien a contestar las críticas del Rechazo. Así sucedió con el compromiso de los partidos por el Apruebo de hacer enmiendas a la propuesta de la convención para mejorarla, si se ratificaba. Varias de las reformas propuestas eran sustanciales, pero apuntaban, me pareció a mí, más a corregir críticas del Rechazo que las encuestas indicaban que habían calado, que a reconsiderar y corregir de manera autónoma los defectos del texto (mencioné algunos de ellos en mi artículo anterior). Otras eran, más bien, clarificaciones. Con todo, fue una iniciativa valiosa e indicativa de que es posible lograr acuerdos amplios.

Hay que repensar lo que fue la revuelta de octubre del 2019. Tal vez una causa importante del malestar –aunque no la única, por cierto– haya sido que, acostumbrados a una economía que crecía rápido, el estancamiento del ingreso per cápita desde el 2014 frustró las expectativas. Porque no habían empeorado la salud ni las pensiones ni la desigualdad en los años previos, y sí se había detenido el crecimiento del ingreso per cápita. El resultado del plebiscito es un anti-estallido del 2019. O, si se quiere, otro estallido. Pone fin a la idea de que la revuelta del 2019 expresa la voluntad permanente del pueblo. Ese momento ya pasó.

Muchos convencionales –la mayoría– creían que ellos representaban el descontento que se expresó en esa revuelta de hace dos años. Y, por tanto, daban por sentado que el plebiscito lo iba a ganar el Apruebo. Eso permitió varias actitudes estrambóticas y reñidas con el decoro: algunos interrumpieron el Himno Nacional en la inauguración, uno resultó un impostor que inventó su cáncer, una convencional habló con el torso desnudo desde el pódium, mostrando las cicatrices donde estaban sus pechos antes de la operación, otro votó desde la ducha, en fin.

La guinda de la torta fue un acto público del Apruebo, apoyado por la Municipalidad de Valparaíso, a una semana del plebiscito. En la presentación de un grupo travesti, uno de ellos se mostró con el culo al aire y de ahí surgió la bandera de Chile. Al día siguiente, el video fue tendencia en Twitter. Los dirigentes del Apruebo condenaron el hecho, pero eso trajo a la memoria las provocaciones de los convencionales.

Porque hubo en la convención demasiadas actitudes exhibicionistas, a menudo para situarse en el lugar de la víctima, que sustituye al héroe en nuestro tiempo. Ser víctima da una pertenencia, historia e identidad, permite el reconocimiento, cultiva la culpa en otros y abre las puertas del poder, como ha escrito Daniele Giglioli en su libro Crítica de la víctima.

También esa confianza en el triunfo inevitable explica que se hayan planteado posturas tan extremas. Por ejemplo, dar protección constitucional a los insectos polinizadores nativos, lo que excluía, claro, a las abejas, desde varios siglos los polinizadores principales, incluso en los bosques nativos. En definitiva, esas cosas, debido a la deliberación que hubo –porque hubo deliberaciones y cambios significativos debidos a ellas– no fueron aprobadas. Pero el mero hecho de haberlas aceptado en la respectiva comisión hizo noticia y, aunque el pleno las rechazara, dejó la impresión de que se discutían propuestas insensatas.

Muchos de los representantes de movimientos independientes ecologistas, feministas y de los representantes de los pueblos originarios parecían estar ensayando ideas woke en la asamblea de un campus universitario. Los partidos de izquierda prefirieron buscar alianzas con esos movimientos y aislar a la centroderecha. La revuelta del 2019 tuvo un claro carácter anti partidos políticos y las izquierdas lo sentían. Temían ser desbordadas por esta nueva izquierda. El trabajo era absorbente y la convención se fue transformando en una burbuja desconectada de las mayorías.

Los derechos sociales –salud y pensiones– eran prioritarios en 2020. Según la encuesta Pulso Ciudadano, ahora los temas prioritarios son la delincuencia y la inflación. La salud y las pensiones caen al séptimo y décimo lugar de la lista. La seguridad ciudadana es prioritaria en las comunas populares por la delincuencia común y los narcos, en el Norte por la inmigración ilegal y en el Sur por grupos radicales mapuches que combinan el terrorismo y el robo de madera en las plantaciones forestales. Se estima que ese negocio clandestino representa unos 100 millones de dólares anuales. Según declaró el líder de la CAM, Héctor Llaitul –hoy procesado y en la cárcel–: “la madera que nosotros recuperamos es para tener recursos para generar los insumos para reconstruir el mundo mapuche. Y para tener los fierros, y para tener los tiros…”

Para este plebiscito se estableció el voto obligatorio. En cambio, en el plebiscito que puso en marcha el proceso el 2020, el voto era voluntario. Resultado: una participación del 50.98%. También fue voluntario el voto en la elección de los convencionales. Resultado: participación del 43%. Ahora, con voto obligatorio, la participación fue del 86.28%. Creo que el voto obligatorio llegó para quedarse. El voto voluntario, en un país como Chile, polariza.

Lo ocurrido es una grave derrota para el presidente Boric, pues se jugó a fondo por el Apruebo. Es la primera vez en su vida que pierde una elección. Y de qué manera. En parte, la votación refleja la desaprobación que tiene su gobierno: un 56%, según la encuesta Cadem. Con todo, nadie de su coalición podrá culparlo por no haber hecho campaña por el Apruebo. Eso le da legitimidad para que ahora la coalición lo acompañe en las negociaciones que vienen con los parlamentarios del Rechazo. Hay que demarcar el nuevo camino.

Y, como no tiene mayoría parlamentaria, deberá acordar, a su vez, las leyes que implementan su programa de gobierno. Entre ellas, una reforma que sube los impuestos y una importante reforma al sistema previsional. Todo eso supone dejar a Ernesto Laclau y Chantal Mouffe acumular polvo en la biblioteca. Su teoría de la configuración del pueblo movilizado en base al conflicto –que deriva de Karl Schmitt– sirve para ganar elecciones, pero no para enfrentar estos problemas reales. Solo consigue postergarlos agravándolos, como lo demuestra el peronismo al estilo de los Kirchner en Argentina.

La inflación (algo más de 13% en doce meses) y el estancamiento económico (crecimiento algo más de 1% este año y menos el próximo) hacen que el futuro del gobierno no sea auspicioso. Las aspiraciones y expectativas de la coalición del presidente parecen ancladas a un país que prosperaba; a un país anterior, quizá, al 2014, a un país anterior a la guerra de Ucrania. Sin embargo, el gobierno está haciendo un esfuerzo real para disminuir el gasto público respecto del año anterior. El ministro de hacienda, Mario Marcel, es el mejor evaluado. Antes fue presidente del Banco Central. Es un hombre sobrio, de gran capacidad técnica y un servidor público ejemplar. Es un socialdemócrata ortodoxo en cuestiones económicas. No pertenece al Frente Amplio de Boric. Es muy próximo al partido socialista.

Los partidos de izquierda se han mordido la cola. Apoyaron con entusiasmo el retiro de fondos previsionales como apoyo durante la pandemia. Pero también –en muchos casos– como una manera de debilitar el sistema previsional basado en cuentas de ahorro de propiedad individual. Sin embargo, los retiros demostraron que las platas estaban ahí y eran de veras de propiedad de los ahorrantes. Eso, lejos de debilitar el sistema lo ha robustecido. La gran mayoría quiere que sus cotizaciones sigan yendo a futuro a su fondo de ahorro individual. Por otro lado, los 60 mil millones de dólares, entre retiros y ayudas fiscales, inyectados en 2021 han potenciado esa inflación, que ahora castiga a la gente y, por tanto, al gobierno de Boric.

Para que los acuerdos fructifiquen, para que la nueva convención tenga éxito, es necesario que prime un ambiente de amistad cívica. La nueva constitución debe nacer en un clima de paz y concordia. Habrá discusiones y confrontaciones francas, pero, al fin, no puede ser la constitución de los unos contra los otros. Esa es la herencia de la constitución del 80 que nos rige y que urge dejar atrás. Hoy creo que eso sucederá.

En Lisístrata, la comedia de Aristófanes, un consejero ateniense confiesa que cuando van a negociar con los espartanos “no escuchamos lo que dicen, pero lo que no dicen, eso es lo que sospechamos y así no traemos las mismas noticias sobre las mismas cosas.” Y así la guerra continuaba.

Eso es lo que nos ha estado pasando últimamente en Chile, en especial, en nuestras discusiones constitucionales: no escuchamos lo que los adversarios dicen, sino lo que no dicen y sospechamos. Esto tanto en el Rechazo como el Apruebo. Confiar en el otro es tomar un riesgo. El miedo paraliza. El riesgo será recíproco o no será. Es mucho lo que depende de ser capaces de tomar ese riesgo.

(*) Novelista chileno. Su última novela es La vida doble (Tusquets)

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