domingo, 5 de junio de 2022

Alberto y Cristina se reconcilian a costa de Kulfas, pero también de la verdad y la sensatez

 Por Marcos Novaro

El acto en Tecnópolis donde se reencontraron Alberto Fernández y Cristina Kirchner el viernes pasado no pudo ser más oportuno y necesario para la coalición oficial, para darle un poco de aire a la idea de que el Frente de Todos sigue, y el peronismo unido tiene aún algún futuro. 

Y no pudo ser más inoportuno e inconveniente, por la imagen pública que el oficialismo en su conjunto ofreció a la sociedad.

El presidente y su vice se rodearon de cientos de funcionarios para festejar alegremente el centésimo cumpleaños de YPF. O mejor dicho, para festejarse a sí mismos, pretendiendo haber hecho una gran tarea con esa empresa y con la cuestión de la energía en general. Justo cuando el gasoil escasea en medio país, la cosecha se pudre en muchos lugares porque no hay combustible para recogerla y transportarla, y no se sabe cómo cuernos se va a resolver el problema ni cómo se va a evitar que empeore, cuando el invierno arrecie y falte también gas en los hogares y la industria.

Hasta tal punto ha llegado la alienación e inmoralidad del grupo gobernante que hace cualquier cosa con tal de simular unidad y conquistas. Incluso dejar en evidencia que le importan un rábano los dramas que agobian a millones de personas y son resultado, en gran medida, de sus decisiones.

Cristina recordó como una gesta heroica, en la ocasión, la reestatización de YPF en 2012. Pero se olvidó de mencionar los 5000 millones de dólares de resarcimiento, pese a que tanto ella como Kicillof habían jurado que no le saldría un peso al país. También el vaciamiento practicado en la compañía por Repsol durante los diez años previos, en que gobernaron el país justamente ella y su marido. Y por supuesto tampoco mencionó la compra fraudulenta por parte de Enrique Eskenazi, promovida también por ellos y que desembocó en una empresa sobreendeudada, incapaz de invertir, que vale hoy muchísimo menos de lo que se pagó por ella. No hablemos si encima hay que pagar la demanda por hasta US$12.000 millones que se sigue en los tribunales de Nueva York, otra secuela del negoción que los Kirchner hicieron con los Eskenazi.

De todo eso se olvidó Cristina festejándose a sí misma por haber “recuperado YPF para el país”, un ejemplo espantoso de lo caro que le suele salir al país el show nacionalista que gustan montar gobiernos como los de los Kirchner. O el de Alberto, en lo que siempre han sido cómplices, y por la sintonía mostrada en este festejo, parece que no tendrán ningún problema en seguir siéndolo.

“La vice”, de todos modos, no perdió oportunidad de pasarle un par de facturas “al presi”: “usá la lapicera” le exigió, aludiendo a su supuesta docilidad en las negociaciones que llevó con empresas del sector para construir el gasoducto desde Vaca Muerta. El que fue bautizado oportunamente “Néstor Kirchner”, y se lo merece, porque no hace más que publicitarse pero tarda ya años en empezar a construirse. La crítica de Cristina se ve que molestó a Kulfas, y lo empujó a pisar el palito: experto en negociaciones oscuras, el ahora exministro no se enteró de que lo que estaba en juego era la ocasión de cerrar heridas en el frente interno, así que salió a contestar del peor modo, acusando a los cristinistas de haber sido aún más opacos y concesivos que él mismo. Fue una enorme torpeza. Pero una bienvenida por su jefe, porque le brindó una gran oportunidad: la de ofrecerle a la señora un sacrificio expiatorio. Así que ahí salió en bandeja la cabeza de Kulfas, para mostrar que la reconciliación va en serio, y el Ejecutivo está dispuesto a atender las “críticas justificadas” de Cristina.

El sablazo más feroz que ella le propinó a Alberto en el festejo de YPF fue, de todos modos, otro. El de rememorar las críticas que recibió a raíz de la reestatización de 2012: “vos te acordarás cómo nos acusaban de expropiadores, de querer ir por todo” le dijo mirándolo a los ojos. Alberto disimuló como podía el puñetazo en la mandíbula: él se acuerda seguro muy bien de aquel momento, porque descollaba justamente entre los que criticaron la expropiación y despotricaban contra el “vamos por todo” impulsado por Cristina.

Con ese recuerdo atragantado fue un milagro que el Presidente pudiera articular algunas palabras a continuación. Que hilvanó siguiendo el mismo método de Cristina: autobombo y datos escogidos de aquí y de allá, y siempre sacados de contexto, para pintar resultados falsamente favorables. “Tenemos datos muy buenos” dijo sobre Vaca Muerta, aunque los únicos que pudo mencionar fue los de proyecciones. Porque la verdad es que YPF produce hoy lo mismo que en 2012, cuando Vaca Muerta era aún un sueño, y los estímulos que acaba de anunciar el Ejecutivo para las nuevas inversiones son demasiado mezquinos como para cambiar el panorama.

La segunda gran mentira que reunió a Alberto y a Cristina en estos días involucró, como socios necesarios, a la mayoría de los gobernadores peronistas. Y cuajó en un proyecto de ampliación de la Corte Suprema que ilustra, por su nivel de delirio, cómo todos estos personajes, en el esfuerzo por seguir juntos, se empeoran mutuamente. Tiene razón Cristina: la unidad del Frente de Todos es cada vez más tóxica y más costosa para todos.

La fórmula que han hallado para supuestamente “resolver los déficits de nuestro sistema judicial” viene ya precedida y abonada por el entendimiento sellado tiempo atrás entre Alberto y el grueso de los gobernadores para aislar a la Ciudad de Buenos Aires en el reparto de recursos fiscales. Y expresa un federalismo faccioso y patoteril, que funciona con la lógica de la anulación de los derechos y atribuciones de quienes se niegan a sometérsele. En un caso las víctimas son los porteños y sus autoridades, en el otro la judicatura y el control de constitucionalidad.

La idea es sencilla: convertir un organismo pequeño y centralizado, como es la Corte Suprema hoy en día, integrado según criterios como la honorabilidad, el conocimiento y el respeto del derecho, en un conglomerado de voces de todos los distritos del país, dándole a cada provincia su asiento en el tribunal, y reservando uno más para “la nación”. Quien ocupe este último lugar ¿vendría a ser la voz de todos? ¿Uno frente a 24 tendría algo para decir, o solo estaría ahí para disimular que el país ya no existe? Este es solo uno de los muchos absurdos en que cae el proyecto que acordaron los gobernadores, los albertistas liderados por Vilma Ibarra y los cráneos cristinistas del Ministerio de Justicia.

Lo más gracioso es que se propone que el tribunal resultante tenga “igualdad de género”. Sin que nadie se haya detenido a pensar que ese objetivo es incumplible a menos que la selección de los miembros se centralice de alguna manera, es decir, deje de estar en manos de las provincias.

Lo cierto es que la propuesta hace agua por los cuatro costados, y aunque resulta estrafalaria en su concepción, carece de toda originalidad: porque si nos detenemos a pensar, ¿a qué se parecería un organismo integrado por voceros de todas las provincias, y que dependerían más de los gobernadores que del talento, la independencia y honestidad de sus integrantes, para decidir sobre la legitimidad de las leyes y sobre la suerte de los jueces federales? En efecto, la Corte que Alberto, Cristina y el grueso de los caciques peronistas quieren conformar ya existe, y se llama Senado de la Nación.

Tal vez lo que sucede es que no están conformes con la medida en que controlan ahora el Senado, así que quieren clonar sus peores rasgos en un organismo muy parecido, y que puedan controlar aún más férreamente.

Este proyecto absurdo, que descuella incluso en la colección de proyectos absurdos pergeñados por el kirchnerismo, está por suerte condenado al fracaso. Ni Juan Schiaretti ni su par de Santa Fe, Omar Perotti, se han manifestado a favor, y la oposición en su conjunto lo rechazó. Pero la concepción que está detrás lamentablemente va a sobrevivir. Se funda en la idea de que la división de poderes es una rémora del pasado y por tanto conviene sacársela de encima, por ejemplo haciendo que quienes dicten las leyes y quienes vigilen que se las aplique, y en caso de necesidad revisen su constitucionalidad, sean los mismos. Y mejor todavía si todas esas atribuciones se reúnen en manos de quienes estén más protegidos de la competencia, y pasan décadas atornillados a sus cargos, o transmiten su poder como una herencia.

En esto Alberto no tiene ningún problema en colaborar con Cristina, no los tuvo nunca en el pasado, menos los va a tener ahora, que hacerlo se ha vuelto tan necesario para su supervivencia.

© TN

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