domingo, 22 de mayo de 2022

El show del espanto

 Por Gustavo González
Algunos asocian el periodismo crítico con el periodismo opositor, pero son cosas distintas.

Crítica es una palabra que comparte la raíz griega con criterio, en cuanto a la acción de discernir, de analizar equilibradamente hechos y opiniones para sacar conclusiones. Periodismo opositor u oficialista son dos variantes de la misma militancia comunicacional.

La crítica es un impulso filosófico básico porque implica la necesidad humana de conocer con el objetivo utópico de encontrar verdades. Pero para los periodistas, la crítica además es una herramienta indispensable para ejercer esta profesión.

Muros de certeza. Quienes no son periodistas, no están obligados a mantener afilado su pensamiento crítico. Pueden repetir lo que escuchan como si fuera cierto, sin necesidad de chequeo alguno. Pueden dar por probada cualquier compleja denuncia judicial, sin necesidad de leer una sola foja de la causa. Pueden afirmar que el futuro es predecible y pronosticarlo con asertividad absoluta y proyecciones con decimales. Pueden no escuchar los argumentos del otro para saber si corroboran o desmienten los propios. Pueden gritar e insultar para rebatir otros gritos e insultos. Y pueden dedicar la vida a esquivar las incertezas.

Sí, puede que así la vida pierda un poco de su atractiva complejidad. Pero, en todo caso, a los únicos que dañan son a ellos mismos.

El periodismo es otra cosa. O debería serlo.

Temo que la aparición de personajes delirantes en la política, en el espectáculo e incluso en la conducción televisiva, guarde alguna relación con la pérdida del sentido crítico en nuestra profesión.

Porque la falta de sentido crítico en el periodismo derrama ausencia de sentido crítico en la sociedad: si los profesionales de la comunicación no pasan por el filtro de la duda nada de lo que dicen u oyen, por qué lo van a hacer sus audiencias.

Adicionalmente, la falta de sentido crítico en la sociedad genera líderes acríticos, porque los representantes políticos son reflejo inevitable de su comunidad, para bien y para mal.

Y creo que hay una relación entre la pérdida de sentido crítico en el periodismo, en la sociedad y en sus líderes, con la pérdida del sentido de la realidad.

La relación es que tanto la ausencia de sentido crítico como la pérdida de sentido de la realidad construyen mundos imaginarios, cerrados y delirantemente perfectos. Universos trabajosamente levantados sobre muros de certeza, inexpugnables ante cualquier duda.

Quienes pierden el sentido crítico y quienes pierden el sentido de la realidad se aferran a rígidas y similares estructuras mentales. En ese mundo imaginario, puede ser peligroso hacer preguntas y repreguntas con ánimo de entender, buscar pruebas para confirmar lo que se cree y dudar de lo que parece obvio. En ese mundo, la única investigación periodística válida es la que ratifica los prejuicios.

The Gardener. Me pregunto si cuando en la televisión se ve a personas que gritan irracionalmente (a veces son invitados a programas periodísticos, a veces son quienes los invitan), lo que estamos viendo no es un reflejo de esa pérdida del sentido de realidad. Frases dichas sin conexión alguna e ideas contradictorias mechadas con violencia gestual y verbal.

Lo curioso es que este espectáculo de la pelea entre personas con trastornos de distinta gravedad, en lugar de causar estupor lo que genera son análisis posteriores serios y toma de posiciones a favor y en contra.

Que quienes sufren esas patologías sean invitadas a exponerse una y otra vez se podría atribuir a que ese show del espanto da rating. Aunque también se podría relacionar con que sus presencias en esos programas no desentonan tanto con el contexto.

Como en Desde el jardín, la última gran actuación de Peter Sellers. Él es un jardinero psicológicamente ensimismado (nunca había salido de la casa, todo lo que aprendía derivaba de la televisión) que respondía a cada pregunta con referencias a lo único que conocía, las plantas. El protagonista no tenía la madurez mental suficiente para entender al mundo, pero lo que el libro de Kosinski muestra es que el mundo tampoco estaba tan sano. De hecho, sus respuestas inverosímiles lo terminan convirtiendo en el probable sucesor del presidente de los Estados Unidos.

El peligro de las audiencias. Me gustaría creer que los periodistas no tenemos ninguna responsabilidad en el surgimiento de dirigentes borderline. Políticos, celebridades y conductores que son tomados por cuerdos cuando deliran. Pero inevitablemente asocio esta pérdida del sentido de la realidad con aquella pérdida de sentido crítico que impide tomar la distancia adecuada de las noticias, de los sujetos noticiosos y de las propias audiencias.

La independencia con las audiencias es la más difícil, porque son las que pagan y las que alimentan el ego. Capaces de aplaudir cuando se les dice lo que quieren escuchar o de agredir si se las contradice.

Es una independencia difícil, pero necesaria. Porque el círculo vicioso de más gritos-más aplausos, más aplausos-más gritos, puede dar un punto más de rating, pero seguirá agravando la enfermedad colectiva.

El pensamiento crítico tiene sus riesgos, pero no debería ser una obligación excluyente de los periodistas.

Cuando los dirigentes políticos no lo ejercen, también se convierten en presas fáciles de sus respectivas audiencias: puede que les sirva para conseguir más votos, pero esas audiencias alimentadas a fuerza de sinrazón, no serán muy útiles para gobernar racionalmente.

Dos periodistas. Estas reflexiones sobre periodismo, dirigencia y sociedad se enmarcan en lo que fue el acto del jueves de la Academia Nacional de Periodismo en la Biblioteca Nacional.

Allí se entregaron los diplomas a quince nuevos miembros de la institución, entre los que me tocó estar. En el evento también se otorgaron distinciones a Magdalena Ruiz Guiñazú y a José Ignacio López, porque durante la peor dictadura militar intentaron mantener activo su sentido crítico.

En un video que se hizo para la ocasión, se mostró la célebre conferencia de prensa realizada el 13 de diciembre de 1979, cuando un joven Nacho López se atrevió a preguntarle a Videla por los desaparecidos.

El militar, que en aquella Argentina era el dueño de la vida y la muerte de las personas, respondió con evasivas. Hasta que el sentido crítico de ese periodista y su coraje (tres años antes le habían puesto una bomba en su domicilio) lo llevaron a repreguntar. Fue entonces que Videla, molesto, se vio obligado a poner en su boca por primera vez la palabra desaparecido (“mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial… es una incógnita… es un desaparecido… no tiene entidad… no está ni muerto ni vivo… está desaparecido”).

Su errática respuesta reflejaba bien a aquel país desquiciado plagado de asesinatos y de centros clandestinos de detención. Videla completaba diciendo que lo que hacían era para defender los derechos humanos.

La pérdida del sentido de la realidad cruzaba a los mandos militares, a los montoneros que llevan a cabo una delirante contraofensiva, a la mayoría de los medios que guardaban silencio, y a importantes sectores sociales a los que no les parecía extraño lo que pasaba a su alrededor.

La pérdida del sentido crítico siempre tiene costos. El más grave es la pérdida del sentido de la realidad.

Se evidencia cuando los que perdieron ese sentido, empiezan a parecer coherentes.

© Perfil.com

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