jueves, 21 de abril de 2022

Una invitación a discutir con argumentos, no con insultos

 Por Loris Zanatta

Coprófilos. Así llamó el Papa a quienes lo sospechan de “filorruso”. No es la primera vez que usa el término, ya lo había usado varias veces en el pasado. Menos sofisticado o más franco, uno que lo usaba a menudo era Fidel Castro: “comemierda” era uno de sus insultos favoritos. Ambos lo han dirigido varias veces a la prensa para imputarle complots y “operaciones”. Siempre, por supuesto, al servicio de algún potentado. Por cuanto se lo disfrace, es un término denigrante, ofensivo y violento. 

El Pontífice tiene una inmensa orquesta mediática que inciensa cada palabra que pronuncia e inmensas masas de fieles que lo siguen. Esto lo convierte en una de las figuras más poderosas del planeta, por lo tanto, también en una de las más expuestas a objeciones: honores y cargas. Que las rechace insultando urbi et orbi quien con razón o sin ella lo critica sabe a intolerancia, abuso de poder, intimidación. Que lo haga en una carta a un periodista “militante” revela una idea inquietante de la información. Me recuerda la vez que amenazó con pegarles a quienes “hablaban mal” de la madre Iglesia, la otra que empujó a una fiel molesta, otra más cuando maltrató a los acusadores de un cura abusador. ¿Hay en Bergoglio un Dr. Jekyll sereno y radiante y un Mr. Hyde inquieto y colérico? ¿Un pastor bueno y tolerante y un poderoso intolerante y autoritario? Todos somos tantas cosas al mismo tiempo; mejor controlarse antes que disculparse después.

Reconozco que por un momento me sentí aludido. ¿Seré un coprófilo? En efecto, he explicado varias veces las razones culturales que, en mi opinión, ayudan a comprender la confianza que el Papa le otorgó a Rusia y, en particular, a Vladimir Putin. Es decir, he expresado opiniones, tanto legítimas como discutibles, sobre hechos: las buenas relaciones de Francisco con el jefe del Kremlin. Muchos expertos han escrito sobre el tema en los últimos años, no estoy inventando nada. Algunos destacaron las tres largas y cálidas audiencias concedidas, sin precedente en la historia de las relaciones entre Rusia y el Vaticano. Otros señalaron la armonía entre ellos en algunos momentos claves de la crisis siria. Todos subrayaron la relación especial establecida con el patriarca Kirill, brazo espiritual de Putin y de su régimen. Todavía recuerdo una nota mordaz desde el Vaticano aparecida en la prensa argentina cuando, en 2019, el Financial Times señaló al Papa como inspirador de la fórmula Fernández-Fernández. Qué va, desmintió un cardenal –quién sabe por qué, celoso del anonimato–: ¿cómo va a tener tiempo para ocuparse de estas cosas, él que acaba de recibir a Putin “con quien suele conversar tanto de la paz mundial como de la literatura rusa”? Es probable que hoy pagaría por invertir los roles, nos explicaría que el Papa acaba de descuidar a Putin por dedicarse a la reunificación del peronismo. En ese momento, Rusia ya había tomado Crimea por la fuerza y era culpable de graves crímenes en Siria, Putin había enviado a sus “hombres verdes” al Donbass y envenenado a varios opositores, no era ningún santo. Es cierto que en ese entonces muchos líderes mundiales lo trataban con guante de seda, incluidos los occidentales, y que sería injusto tirarle por entero la cruz al Papa. Pero como muchos hoy admiten el error, no estaría mal que él también reconociera que la pifió.

¿Todo esto convierte al Papa en un “filorruso”? Antes de responder, déjenme respirar aliviado: después de pensarlo bien, llegué a la conclusión de que no puedo ser uno de los misteriosos “coprófilos” ridiculizados por Francisco. Primero, porque tengo otros hábitos. Luego, porque no soy periodista y él se desquitó con los periodistas. Finalmente, ¡porque no hay razón para disparar a un mosquito cuando hay bombarderos volando! ¿Por qué insultarme a mí cuando las críticas del New York Times o de ciertos nombres prestigiosos del Corriere della Sera han sido mucho más duras y tienen, por completo, una influencia de otro alcance? Pero, sobre todo, los voy a sorprender, porque no creo en absoluto que el Papa sea “filorruso”. Eso sí, dadas las circunstancias, entiendo que así lo piensen muchos ucranianos, especialmente los católicos, que durante años se han sentido sacrificados en el altar del acuerdo vaticano con Rusia. Si yo fuera ucraniano, creo que también lo pensaría. Pero encuentro inadecuada la expresión “filorruso”, pienso que usarla es una forma de banalizar la crítica para desacreditarla mejor. Así que me armaré de paciencia y volveré a explicar lo que, en mi opinión, hace que el Pontífice sea sensible, o al menos tolerante, con la ideología del régimen ruso y otros regímenes “iliberales”.

La clave está en la noción de pueblo y cultura, pilares tanto de la teología del pueblo en la que se reconoce el Papa como –lean sus discursos– de la cosmovisión de Putin y de sus admiradores y aliados, en Europa y en el mundo, incluida América Latina. Cuando Putin reivindica los “valores” de su pueblo contra los “seudovalores” occidentales, cuando acusa a los rusos “occidentalizados” de no “sentir” como el pueblo, o a los ucranianos atraídos por Occidente de traicionar su “cultura”, toca las mismas teclas que alguna vez tocó el joven Bergoglio a coro con el universo popular nacional en el que se formó: contaminada por el “enemigo” –el “secularismo occidental”–, infectada por su virus –el “racionalismo ilustrado”–, la clase media argentina era “colonial”, extranjera en su propia patria. Como los ucranianos para Putin. Esta forma de sacralización del pueblo y de su cultura, la idealización romántica de un pueblo “mítico” y natural opuesto a un pueblo “lógico” y artificial alimentan una ideología que exalta la primacía del “pueblo de Dios” sobre el “pueblo de la ley”, de la comunidad de fe sobre la comunidad política, de la nación espiritual sobre la patria constitucional. El pueblo sagrado, pues, acaba siempre por combatir a un antipueblo profano, hijo de un dios menor, al que hay que erradicar para que no contamine la inocencia del primero. Sobre esas bases, invocar la democracia suena hueco, un mero flatus vocis sin sustancia: de un lugar de conflicto regulado y de pluralismo institucionalizado, la política se convierte en el escenario de una guerra por la supervivencia, de una grieta irremediable entre “el pueblo” y sus eternos enemigos, entre un organismo sano y el cáncer que lo corroe. ¡Cuántos teólogos liberacionistas, cuántos intelectuales nativistas, cuántos militantes populistas evocaron tales metáforas! Tendrán buenas intenciones, pero de buenas intenciones, no lo digo yo, está sembrado el camino al infierno. Desearán la paz, pero siembran la guerra. Putin es la expresión más atroz y despiadada de este universo ideal, pero casos análogos gotean en el mundo. Y premisas similares, mejor no olvidarlo, provocan consecuencias similares. ¿Podemos discutirlo? Con argumentos, no con insultos.

© La Nación

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