sábado, 2 de abril de 2022

La virgen mezquina

 Por Carlos Ares (*)

Dejás de verlos. Te bailan alrededor, ríen, se burlan, hacen sus monerías, sus discursos, se invisten de heroicos. Después de tantos años ya casi ni escuchás lo que dicen. No te sorprende siquiera la revelación de sus peores miserias. Son parte de la rutina. Del paisaje. Del mobiliario. Están ahí. Como un sillón. Un escritorio. Un cuadro de San Martín. Una bandera. Un Moreau. Un Cafiero. Están ahí, viviendo del Estado, desde hace ¿cuánto?

Reparten favores, cobran buenos salarios, viáticos, viajan en avión, en autos con chofer, manejan cajas, guita pública. Se ve, sí, el tendal de pobres, desocupados, aplanados, excluidos, indigentes, muertos en vida, que queda detrás. La huella roja del dolor. Con justa razón podrías pensar: no sé qué hicieron, qué hacen, para qué sirven. Scioli, Massa, Eduardo Valdez, De Mendiguren, Volnovich, Cerruti, Aníbal Fernández. Nada dejan, nada va a quedar de ellos en la memoria de nadie.

El laburo consiste en conservar el puestito. La única preocupación real que tienen es ver qué carguito se puede abrochar después, cuando se acabe el actual. Si los denuncian, si acaso les inician un proceso, el juicio se demora hasta que prescribe, o se van sin pagar. Menem, Kirchner, Daniel Muñoz, el secretario de Néstor. Si caen, salen. Boudou, De Vido. Si es por choreo, abusos, delitos graves, fiestas en Olivos, niegan, miran a Fabiola. Cuando los descubren, bajan el perfil, se ocultan, bancan un par de días de puteadas. Saben que todo pasa. El escándalo propio se tapa con el escandalo ajeno. ¿Donda? ¿Alperovich? ¿Renunciaron? ¿Los echaron?

A veces ni sabes quiénes son, de dónde salieron. Con paciencia, contactos, más el aporte de unos manguitos para la campaña, entran debajo de las sábanas de los señores feudales que la guardan en el colchón. Insfrán. Manzur, Zamora. ¿Miraste alguna vez la lista de los más ricos del Congreso? ¿Cómo la hicieron? ¿Y la fortuna de los capos sindicales? Te ganan por abandono. Quién puede, a esta altura del siglo, darle bola al único, infinito episodio de la eterna, impúdica serie de internas del peronismo. Una rapiña que se repite desde hace ¿cuánto? ¿Sesenta, setenta años?

Hasta que una noche, la ves. Distraído, mirando nada. Un jarrón. Un Parrilli, ponele. Un pez globo flotando a media agua, la ves. Enfurruñada, caprichosa, destilando ácido hialurónico, las mejillas infladas, boqueando culpables. Trata de zafar. De salvarse sola. ¿Es eso? ¿Es así?  “El adjetivo ‘mezquino’ define las acciones de una persona que perjudica a los demás sin hacerse responsable de sus actos. Su actitud está marcada por la arrogancia de vivir muy centrada en sí misma. Tacaña y egocéntrica no solo en el plano material, también en el ámbito emocional”.

Hace más de treinta años que está ahí. Hoteles, departamentos, casas, bienes estimados en millones de dólares, una pensión obscena, equivalente a más de mil jubilaciones mínimas. La acumulación, la avaricia, la racanería, confirman el lado más sombrío de la mezquindad. No se le recuerdan palabras, gestos de compasión. Cromañón, Once, Corrientes, incendios, inundaciones. Nadie es más viuda que ella. Nadie sufre más que ella. Nadie es más víctima que ella. Los únicos muertos que importan son los que sirven para la foto, como Maradona.

Yo dije, yo hice, yo sé, yo logré, yo propuse, yo le aconsejé, yo tenía razón. Yo no sabía lo que hacia Boudou. Yo no sé quién es Ricardo Jaime. Solo me rodeo con personas que adoran a Yo. Las piedras se las tiran a Yo. La Justicia persigue a Yo. La historia ya absolvió a Yo. Yo no tiene que presentar pruebas de nada. Yo no tiene que dar ninguna explicación. Yo no voté a favor. Yo no te elegí para esto, Alberto. Te dije, temele a Dios y a Yo.

Vestida de blanco se aleja montada en un pony. A su paso, los fieles se arrodillan. El caballito trota hasta el altar. Con la voz desgarrada, la virgen mezquina se despide antes de ascender a los cielos. Asoma una lágrima bajo los lentes oscuros. Alza una mano, la mueve lentamente. Adiós, bienaventurados pobres, nos vemos en mi reino. No llores por mí, Argentina, el año que viene resucito.

(*) Periodista

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