domingo, 6 de marzo de 2022

LA DUDA VERSUS LA CERTEZA


Por Antonio Gutiérrez

La guerra y la ilusión de totalidad son buenas vecinas. La guerra y la idea de absoluto son primas hermanas. La guerra y la noción de centro son parientes. La guerra y la pretendida apropiación unívoca del sentido, son confidentes. La guerra y la "verdad única" son prósperas socias. La guerra y la incondicionalidad de los ideales del sujeto tomados como medida de "normalidad de todas las cosas", son cómplices. En síntesis, la guerra y la certeza, son del mismo orden al igual que la psicosis.

Quienes en sus opiniones crean que la verdad es toda (o que tienen la razón absoluta), están indirectamente, con su grano de arena taxativo, trabajando para la guerra. Quienes opinen desde la pura ideología están subidos a un virtual caza bombardeo. Quienes repitan sin tamiz ni cautela las noticias falsas de los noticieros, están con una metralleta en la mano.

Pero, ¿cuales son aquellos valores no afines y contrarios a la guerra? Creo que lo son entre otros: la aceptación de la diversidad, la pluralidad, la dialéctica del lenguaje, el respeto por las diferencias, la igualdad social, el destierro de la idea de superioridad, la concepción de la verdad como no-toda, el rechazo a la totalidad y a lo absoluto. Pero por sobre todas las cosas, el más afectivo antídoto contra la guerra es la DUDA, contraria a la CERTEZA. La duda es condición de la ciencia, mientras que la certeza lo es de la locura. No hay psicosis sin certeza. No hay ciencia sin la duda. En definitiva tanto la ciencia como la psicosis paranoica crean un sistema hipotético deductivo. En este punto la ciencia y la paranoia se parecen.

Pero mientras que la ciencia somete a contrastación sus hipótesis, la paranoia, por el contrario, acepta las suyas como inamovibles. Si un sujeto duda demasiado y no toma decisiones, ello es del orden de la neurosis obsesiva, pero si no duda nunca y se aferra a sus certezas y "verdades", está en el plano próximo a las psicosis. Entonces, no se trata sólo de discutir con los otros, sino de que el individuo pueda pensar contra sí mismo (no en perjuicio de sí mismo ni como devaneo obsesivo, por supuesto) sino como contratación de sus propias ideas y opiniones sometidas a revisión, es decir, no estar tan seguro de que sus aseveraciones sean inamovibles e irrefutables. Nadie debería decir: "es así porque lo digo yo". El "Yo" es lo más engañoso e ilusorio que hay, porque cree ser el centro de la personalidad, pero no es más que un rejunte de identificaciones, un collage y una división, al punto que al sujeto suelen no coincidirles sus enunciados con sus enunciaciones. Si tomáramos nota de la división constitutiva, de la falta estructural, de la "castración" simbólica, de la falta de un sentido unívoco para la existencia humana, del absurdo que nos habita y del ser para la muerte, los seres humanos dudaríamos al menos dos veces antes de iniciar o facilitar las condiciones para que una guerra se produzca.

Nada es más absurdo que una guerra y sus atrocidades, sea en el lugar del planeta que fuere. Ojalá que quienes emprendieran la decisión de una guerra o la creación de sus condiciones, optarán antes por psicoanalizarse. Pero mi pretensión es demasiado ilusoria. Escribo esta reflexión en la urgencia e imprecisión del teléfono celular.

© Agensur.info

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