sábado, 12 de marzo de 2022

La decisión rusa es reconstruir su imperio al precio que sea

 Por Santiago Kovadloff

La concepción que Georg Wilhelm Friedrich Hegel tenía de la historia lo llevó a asegurar que ella era el marco en el que se desplegaba, mediante las transformaciones propias de cada época, la marcha de lo que designó como Real hacia el logro de sus propios fines. Todos y cada uno de esos momentos, a lo largo de esa travesía, al igual que toda vida singular inscripta en ellos, no eran sino medios o herramientas del proceso universal de los que la Verdad se valía para desplegarse como revelación ante la Razón.

Sören Kierkegaard no tardó en advertir los riesgos que entrañaba esta concepción despótica que favorecía a lo general en desmedro de lo particular, esa reducción de lo particular a lo intrascendente, la vida de cada uno a un vasallaje a lo Absoluto sin derecho a significar algo como valor autónomo y solo concebida como un mero recurso para el ejercicio de la tiranía de ese Espíritu que lo era todo para Hegel y a quien el padecimiento humano, así como sus logros, poco importaban como expresión de una subjetividad personal.

No es otra la lógica que justifica la invasión a Ucrania por parte de Rusia. Morirán quiénes deban morir, sentencia Vladimir Putin. Lo que no puede comprometerse, en favor de esas vidas, son los fines perseguidos por el proyecto neoimperial del Estado ruso; proyecto que, por lo demás, sobrevivió al derrumbe de la Unión Soviética.

Putin no retrocederá. No cedió en el pasado ni cederá ahora. La pregunta que importa no es, entonces, hasta dónde llegará Putin sino hasta dónde se atreverá a llegar Occidente para detenerlo. ¿Bastarán las sanciones económicas? ¿Será posible ahogar al invasor de Ucrania, como parece creerse, sin disparar un solo tiro desde la OTAN? Si al petróleo ruso se le cierra el acceso a Europa, ¿se detendrá la marcha por la reconstrucción imperial que lidera Putin? ¿O China le abrirá a Putin las puertas que Occidente le cierra, presentándose ante Europa y Estados Unidos como el auténtico domador de la fiera?

Detrás de estas especulaciones pugnan por hacerse ver las vidas humanas atormentadas por el conflicto. Las vidas reales que en toda generalización fatalmente se evaporan. Las vidas que ya se han perdido bajo la metralla rusa tanto como las que se perderán. Niños, padres, abuelos. Las de quienes se agolpan en las estaciones de tren o se agrupan en multitudes que marchan a pie buscando bajo la nieve las fronteras que les aseguren la oportunidad de escapar a la muerte. La vida de quienes resisten en Kiev, en Odesa, en tantos rincones de Ucrania. Y que lo hacen con más temor a la cobardía y la indignidad que a las bombas que despedazan su país.

Esas vidas, cada una de esas vidas preservadas o perdidas, son la cara real de esta tragedia que no cabe en ninguna conceptualización. Esa cara desencajada por el dolor que se niega a inscribirse en las abstracciones académicas o en las conjeturas de la politología y que irrumpe, diáfana, incontenible, en centenares de fotografías y decenas de crónicas de corresponsales de guerra que desafían la impotencia de las palabras tratando de tender un puente emocional entre quienes conocen en carne propia el horror y quienes se informan sobre él sin riesgo.

Esa cara, digo, aspira a ser mirada a los ojos. A ser reconocida. A no ser olvidada. A hacer oír lo que es indispensable escuchar con el alma si de veras se quiere saber qué pasa, qué implica lo que pasa, a quiénes les sucede lo que pasa y qué significa para esos miles y miles de seres humanos. Esa cara denuncia lo que bien supo Juan Bautista Alberdi: el crimen de la guerra.

Una vez más, la vieja y medular enseñanza de la historia busca arraigo en el hombre más allá del ingenuo triunfalismo hegeliano atribuido a la Razón: el progreso y la barbarie coexisten. Se nutren mutuamente. Siempre coexistirán. Son las cabezas de un dios bifronte. Se alzan sobre un mismo tronco, tal como lo exhibe Jano. El progreso no extermina la barbarie. No la erradica del espíritu humano. La combate, a veces con eficacia. Pero no la vence de una vez por todas. Colón y Torquemada fueron coetáneos. Lo fueron Shakespeare y la caza de brujas. Descartes y las matanzas en nombre de Dios. Lo fueron Auschwitz y los prodigios científicos de la física contemporánea. Lo son la democracia y el totalitarismo. Nuestra especie no ha nacido para alcanzar victorias finales en ningún orden.

Brutal asimetría

Acaso la auténtica esperanza, la que en su expectativa está provista de consistencia, no sea la que confía en que las cosas, finalmente, se encaminarán como deseamos sino la que comprende las oportunidades que brinda esa misma provisoriedad. Es esta tanto la que propicia el cambio favorable como la que impide su irrupción o frustra su desarrollo. Esta la que permite advertir que cuando la suerte parece definitivamente echada a favor del crimen y la omnipotencia del despotismo, un desliz en los hechos, un matiz inesperado que ha venido madurando largamente y poco menos que en secreto puede ganar la escena y brindar una oportunidad.

No soy optimista sin embargo sobre el porvenir inmediato de Ucrania. Parecería inevitable que termine en manos de Putin. La brutal asimetría en lo que hace al poder de fuego de ambos contrincantes augura un desenlace trágico para esa nación. El coraje de sus combatientes, que se ha convertido en expresión mayor de los valores democráticos, alentado y encarnado ejemplarmente por su presidente, Volodimir Zelenski, resalta hoy en un escenario mundial donde sobran las turbulencias que denuncian la fragilidad de las convicciones democráticas. Pero me temo que él no baste para contener la embestida rusa. La OTAN ya ha hecho saber que no intervendrá en el conflicto. Y las represalias financieras sobre Rusia, por más radicales que resulten a corto, mediano y largo plazo, no creo que impidan ese desenlace inmensamente penoso.

Por lo demás, la desconfianza que inspira Putin ha contribuido no solo a promover un fortalecimiento de los vínculos entre la Unión Europea y Estados Unidos sino también al resurgimiento militar de Alemania y a perfilar la irrupción de una Finlandia que, al igual que Suecia, abandona su neutralidad. No es para menos. Putin no se detendrá. El imperio venidero con el que sueña lo impulsa a proceder como lo hace.

Como sostiene Julián Schvindlerman, “mucho más que un ataque a la soberanía de Ucrania, [la decisión de invadir ese país por parte de Rusia] es un acto de agresión contra el orden mundial de la posguerra fría”. El nuevo orden mundial al que aspira Putin incorporaría a Rusia como protagonista mediante la restauración del cuerpo imperial perdido tras el derrumbe de la Unión Soviética. China ya ha terminado con esa hegemonía unilateral de Estados Unidos ganada en la segunda posguerra. Putin quiere ver a Rusia incorporada como tercera voz estelar entre las potencias llamadas a gobernar el planeta. Si es altamente improbable que lo consiga, es igualmente dudoso que deje de apostarlo todo para lograrlo. Georgia ayer, Ucrania hoy… ¿Y mañana?

El siglo del miedo

Ha renacido el miedo ante la posibilidad de que se desate una guerra nuclear. Ese miedo que Albert Camus retrató como nadie a mediados del siglo pasado en su libro Ni víctimas ni verdugos: “El siglo XVII ha sido el siglo de las matemáticas, el XVIII el de las ciencias físicas y el XIX el de la biología. Nuestro siglo XX es el siglo del miedo. Se me dirá que este no es una ciencia. Pero, en primer lugar, la ciencia tiene algo que ver en el asunto, puesto que sus últimos progresos teóricos la han llevado a negarse a sí misma y sus perfeccionamientos prácticos amenazan destruir toda la Tierra. Por otra parte, si el miedo en sí mismo no puede considerarse una ciencia, no hay duda de que es, sin embargo, una técnica”.

En 1930, Sigmund Freud escribió: “A mi juicio, el destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si, y hasta qué punto, el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas de las pulsiones de agresión y autodestrucción. En este sentido, la época actual quizá merezca nuestro particular interés. Nuestros contemporáneos han llegado a tal extremo en el dominio de las fuerzas elementales que, con su ayuda, les sería fácil exterminarse mutuamente hasta el último hombre. Bien lo saben, y de ahí buena parte de su presente agitación, de su infelicidad y su angustia. Solo nos queda esperar que la otra de ambas ‘potencias celestes’, el eterno Eros, despliegue sus fuerzas para vencer en la lucha con su no menos inmortal adversario [Thanatos]. ¿Mas quién podría augurar el desenlace final?”

Ambos inmortales entonces, Eros y Thanatos están destinados a vivir combatiéndose, a no poder escindirse en la medida en que aspiremos a preservar nuestra condición humana. Los dos quieren imponerse pero están condenados a alternarse en el triunfo y la derrota allí donde la civilización tenga porvenir. De no ser así, si en cualquiera de ellos se afianza la presunción de haber puesto fin de una vez por todas al otro, el hombre habrá desaparecido.

© La Nación

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