martes, 1 de marzo de 2022

Apertura de sesiones 2022: la consagración de la primavera


Por Vicente Palermo

Como nadie ignora “La consagración de la primavera” es el nombre de la obra más conocida, un ballet, de Ígor Stravinski. Creo que Alberto Fernández, para el discurso de apertura de las sesiones legislativas 2022, se inspiró en este nombre, si no en el argumento (que no es del músico ruso) de la obra.

Pero si no se inspiró, su discurso podría tener esas palabras por piedra angular. Tras el hostil otoño macrista y el cruel invierno del legado que el macrismo dejó y de la pandemia, los argentinos tenemos delante el advenimiento inminente de la primavera. ¿Y cómo la consagra este gobierno? Muy simple, aplicando todas las recetas –promete Fernández– del desarrollismo peronista.

Hay que sacar la utopía del pasado y volver a ponerla en el futuro, nos dijo. Y no nos miente (Fernández nunca), con el programa anunciado tendremos (parafraseando a Borges) todo el pasado por delante.

Los anuncios están tan plagados de inconsistencias y tan en las nubes, que el programa se convierte en un pasado utópico que el Presidente ha disfrazado de prolongación de un renacimiento primaveral cuyos brotes ya tendríamos que haberlos percibido porque estuvieron presentes en los dos primeros años de su gestión.

Si no, repasemos sus palabras: no queremos más ajustes, y sí incrementos del gasto real; no habrá una reforma previsional, no será alterada la edad jubilatoria. Se acabaron los tarifazos, simplemente segmentaremos los subsidios y se mantendrán por debajo de las políticas salariales. La inflación, que es multicausal, bajará, con más producción, más trabajo, mejores ingresos. Y vamos a expandir la inversión pública. No alteraremos nuestras políticas sociales. El empleo crecerá sin exclusiones y con ampliación de derechos. Y arriesgamos una síntesis: la justicia social jamás puede ser objeto de negociación y se trata de sostener la recuperación ya iniciada: crecimiento, desarrollo y justicia social.

¿Creerá Alberto Fernández en todas estas afirmaciones? ¿En que las responsabilidades económicas del Estado deben ser incrementadas cuantitativa y cualitativamente? ¿En que la justicia social en lugar de ser un concepto y un valor es un código, un conjunto de preceptos inmutables, que una sociedad no puede someter a deliberación, adaptar, incluso negociar?

Sí, es posible que sus destinatarios hayan sido los visitantes del Congreso o el puñado de embanderados que lo oía desde la calle. Debe ser, porque, por lo demás, el discurso no tuvo nada de político, como si lo político se diera por descontado: ya sé quiénes me van a escuchar, lo quieran o no, y de los demás me importa un rábano. Está tan atiborrado de datos y recetas de desarrollo económico imposibles de retener, y sumadas a lugares comunes reñidos con la realidad, como cada peso invertido en educación es un peso invertido en el futuro de la Argentina, que es apabullante.

La joyita, donde el sesgo es demasiado explícito, es la referida a la ley de alquileres: pensando en todos los argentinos y argentinas que hoy son inquilinos les pido que estudien un proyecto de ley para resolver el problema. A los propietarios que los parta un rayo: son los malos y no interesa si cumplen o no una función económica necesaria.

Pero hay dos afirmaciones, con todo, que llaman particularmente la atención: “No se trata de estabilizar para después crecer, sino de crecer para estabilizar” y “para poder pagar hay que crecer primero”. A los ghost writers se les pasó inadvertido cuánto estas afirmaciones lo aproximan al presidente Macri. La diferencia es que la apuesta de Macri (lamentablemente malograda) descansaba en la inversión privada, mientras que la de Fernández lo hace (furiosamente, con fe poco menos que religiosa) en el papel del Estado. Tiene cierta importancia. Fernández, o cree en la magia, o quiere vendernos humo.

© La Nación

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