jueves, 17 de febrero de 2022

¿Y si nos mudamos de mundo?

 Por Guillermo Piro

En una vieja columna de Umberto Eco, este agradecía la existencia del e-mail, que evitaba que el que escribía tuviera que someterse a la larga serie de fórmulas protocolares a las que se sometía quien en el pasado debía empuñar la pluma y escribir una carta sobre papel. Negarse a una invitación a dar una conferencia en Kuala Lumpur, por ejemplo, ahora podía resolverse con un simple: “Lo siento, en esa fecha estoy ocupado”, luego de lo cual bastaba agregar un “Atentamente”, si ese día uno se había levantado con buen estado de ánimo, o un simple “Saludos”, si era de mañana y uno sentía unas tempranas ganas de ser injusto.

Yo mismo compruebo diariamente la recurrencia a la respuesta sucinta –yo y todo el mundo–, sobre todo cuando semanalmente los escritores que integran la sección Escrituras de los sábados mandan sus columnas semanales. En algunos casos el envío va acompañado de una fórmula que es idéntica desde hace años: “Va la columna, abrazo”; o bien: “Acá va, beso”. No falta, naturalmente, aquel que, en el extremo del laconismo, adjunta el texto sin agregar una sola palabra. La muerte de Angélica Gorodischer, que colaboró con esa sección entre enero de 2014 y agosto de 2018, me obligó a recordar sus mensajes acompañando la columna semanal. Era como si para ella resultara inconcebible, una muestra de mala educación, enviar algo a alguien sin contar algo más. A lo largo de más de quinientos mails Angélica contaba cosas inverosímiles, que parecían extensiones de sus columnas.

La idea de la sección era (sigue siendo) que los escritores hablen de actualidad, que a su modo, siempre un poco improbable, opinen, den su punto de vista, preferiblemente esquivo y diverso, sobre algo que ocurrió en la semana. Angélica pocas veces pudo hacer eso. Hablaba de los bichos que habitaban su jardín, se preguntaba si los rayos nacían en las nubes y llegaban a la tierra o si era al revés, cosas así, siempre tan tristes. En un par de ocasiones se mostró vivamente indignada por algo, y entonces atacó con prosa panfletaria y rabiosa contra funcionarios y leyes precarias o directamente inexistentes. Pero no es de las columnas que quiero hablar sino de los mensajes que acompañaban esas columnas. No puedo hacer una antología sucinta de esos mensajes, por varias razones, pero especialmente porque sería muy difícil seleccionarlos, así que tomo un par al azar: “¿Podés creer? La compu me traicionó como un amante picaflor que se va con otra, y en vez de mandarte el artículo a vos se lo mandó a otro Guillermo. Es que yo tengo varios Guillermos en mi lista de amantes. Qué espanto. Ahora te lo mando. Qué habrá pensado el otro. Me pregunto. Hasta ahora, silencio de su parte, ay. Lo que va acá abajo es lo que le mandé a otro Guillermo. ¡Cómo! ¿Cuántos Guillermos tengo? Ay, querido, como tres o cuatro, qué loca. Pero así la vida es más divertida. La Goro”. “¿Cuántos caracteres, amorcito? O palabras. O noséqué. Vos contame, yo me exprimo los sesos y algo siempre sale. No siempre digno de Paul Valéry pero por lo menos acercándome un poquito a O. Henry. Y como siempre tratando de emular a césaR brutO, que es un genio. Temas no faltan, che. Estamos volviéndonos cada día más locos. Digo yo, ¿y si nos mudamos de mundo? Bueno, bah, seguro que nos llevamos nuestras chifladuras en la faltriquera (¿no te encanta la palabra faltriquera?). Lo que sí podemos hacer y sin peligro es no leer los diarios y no mirar tevé. En fin. La Goro”.

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