lunes, 27 de diciembre de 2021

La sociedad mercantil es la antecámara de la sociedad abierta

 Por Loris Zanatta

Murió Antonio Escohotado. A su manera, un gigante. De aquellos sobre cuyos hombros alzarnos para orientarnos en la historia. Conocido en la Argentina por sus luchas contra la prohibición de las drogas, no lo es tanto por sus trabajos históricos. Una pena, debería serlo.

En los tres volúmenes de su obra maestra, Los enemigos del comercio. Una historia moral de la propriedad, un fascinante viaje de dos mil páginas desde Platón hasta la actualidad, 

Escohotado apenas menciona a la Argentina. Pero su lectura permite comprender que el atávico “problema económico” argentino es en realidad un “problema cultural”. Cultural como el origen del “gran enriquecimiento” de los dos últimos siglos, enseña Deirdre McCloskey; cultural como la “revolución de la mente” que a partir del siglo XVII produjo la “cultura del crecimiento”, demuestra Joel Mokyr; cultural como el prodigioso impulso al “escape de la pobreza”, confirma Angus Deaton.

Es bueno recordarlo mientras se produce la enésima negociación con el Fondo Monetario, cuando el ministro de Economía intenta el truco de las tres tarjetas con los números del presupuesto. Un ritual gastado, mil veces repetido: el buen policía finge sensatez, el malo excita los humores del “pueblo”, el coro implora por la “deuda social”. ¿Dónde estaban cuando el gasto público se salía de madre y la inflación se disparaba? ¿Qué hacen cuando los subsidios distorsionan los precios y los aranceles protegen la ineficiencia? Celebran la “sensibilidad” social: aplausos. Si la sensibilidad sirviera contra la pobreza, la Argentina sería inmune a ella. En cambio, una y otra crecen juntas. ¿Será un problema de cultura? ¿De “historia moral”?

Lo que nos trae de regreso a Escohotado, muchos pisos más arriba. Por vida e ideas, era una figura molesta. ¿Liberal, libertario, derecha, izquierda?¡Líbero, nada más! Y los molestos agradan a la posteridad más que a los contemporáneos, o no agradan para nada. Esto explica la desproporción entre el enorme legado y su reducido eco. Qué le vamos a hacer: la historia está llena de genios incomprendidos e ilustres cretinos.

Para empezar, ¿qué es el “comercio” sobre el que escribe? Intercambio de mercancías, claro. Con fines de lucro, ¿qué duda cabe? Ya veo narices torcerse: ¡pecunia olet! Pero es mucho más. Nada como el intercambio promueve la libertad civil y el progreso material, la autonomía personal y la cooperación internacional: desde la Liga Hanseática hasta los pioneros de la revolución industrial, desde los comerciantes holandeses hasta los “no conformistas” desembarcados en América, desde Atenas hasta la globalización. La sociedad mercantil es la antecámara de la sociedad abierta, dinámica, compleja; el tipo de sociedad en la que florecen nuevas ideas y respuestas a las necesidades, espíritu de empresa e innovación tecnológica, instrumentos financieros y curiosidad científica. No es una epopeya providencial, sino el trabajo diario de millones de personas, la historia de los riesgos que corrieron y las cosechas que sembraron. Para sentirse más realizadas y mejorar su vida, hacerla más placentera, cómoda, interesante. Al hacerlo, también mejoraron sin pensarlo la de muchos otros.

Pero el comercio tuvo siempre muchos enemigos, los protagonistas de la obra de Escohotado. Un sinnúmero, desde los albores de la civilización hasta nuestros días: de Esparta a Rosa Luxemburgo, del Nuevo Testamento a los no global, de Thomas Müntzer a la Escuela de Frankfurt. Después de todo, mil caras de un solo enemigo: el comunismo religioso de los antiguos, el comunismo ateo de los modernos, tan diferentes, tan ligados. Parece verlos, Marx y Castro en los bancos de los jesuitas, Stalin cantando en el coro de la diócesis.

Cuidado, sin embargo, con trivializar. Escohotado distingue bien entre socialistas reformistas y comunistas mesiánicos, liberales por privilegio y hombres libres por vocación. No tiene un pelo de conservador, ni en lo económico, ni en lo moral. Al contrario: “vive y deja vivir”, solía decir, contra quienes pretenden enseñar a los demás “cómo se vive”. Y el comercio es el poderoso motor del cambio que emancipa de la prisión del dogma, de la tiranía del grupo, del “amor” asfixiante de la comunidad. Y que contribuye a desquiciar los barrotes de la pobreza, claro. Escohotado tampoco se deja llevar por el anticomunismo de opereta hoy tan de moda: usa el pincel no la brocha, cincela no cuartea. No le gustan los enemigos del comercio, pero lo intriga el poder imperecedero del universo moral comunista. Por lo tanto, busca las fuentes trepando hacia atrás por los muros de la historia.

¡Y las encuentra, y cómo las encuentra! La alternativa histórica a la sociedad comercial es, bajo diferentes formas según las épocas, la militar y clerical. Un orden estamental que lucha contra la mundanidad e invoca el sacrificio, detesta el placer y cultiva la culpa. Alguna vez fundado en la cuna y en la obediencia a la clase sacerdotal, se basa hoy en religiones seculares y partidos de “elegidos”. Son ellos, contra los mercaderes “codiciosos” y las “cínicas” leyes del mercado, quienes pretenden establecer lo que es moral e inmoral, útil o inútil, lindo o feo, correcto o incorrecto, “nacional y popular” o “neoliberal”.

Sentado en el dogma y la esclavitud, la renta económica y el conformismo moral, desde la era de las poderosas redes conventuales hasta la de las inmensas burocracias estatales, ese orden celebra al “pueblo” y menosprecia al individuo, odia el civismo de los burgueses e idolatra el valor guerrero de héroes y santos, persigue la herejía y exige la ortodoxia. La “actitud anti-económica”, en palabras de Carl Menger, padre de la escuela austríaca de economía, le es consustancial: desde el Sermón de la Montaña hasta “el imperio” de Toni Negri, desde San Juan Crisóstomo hasta Hugo Chávez, desde las sectas ebionitas al altermundismo actual, la propiedad es un robo y la pobreza, inocencia; el comercio, pecado y la distribución, justicia; el dinero, estiércol, y el don, pureza. ¡Qué tremendas penas anuncia el libro del Apocalipsis a los comerciantes! El mito de la “restitución”, el mito comunista más poderoso, nace así: el día del Juicio, los pobres subirán al cielo y ellos caerán al infierno. De ahí los movimientos milenaristas y la lucha de clases, de ahí los conceptos gemelos de redención y revolución.

Lo que nos lleva de regreso a la Argentina, donde el comunismo ateo y el comunismo religioso conviven en simbiosis, y los enemigos del comercio han encontrado el paraíso. Su historia derrama desprecio por los “vicios” burgueses, hosannas a las “virtudes” religiosas y guerreras: viva la muerte, viva la santa pobreza, ¡cuántas veces han resonado de una forma u otra! ¿Tendrá que ver con su espectacular declive? Confiada en la providencia, la Argentina descuidó la previsión; mientras esperaba la catarsis revolucionaria o el “proyecto nacional”, excomulgó las ideas y las actitudes que favorecen la “riqueza de las naciones”. Ninguna cultura pauperista eliminó nunca la pobreza. Escohotado docet.

© La Nación

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