sábado, 6 de noviembre de 2021

La inagotable Argentina del destino circular

 Por Pablo Mendelevich

Pipo Mancera batió récords de audiencia en 1967 con el casamiento de Palito Ortega y Evangelina Salazar. Y no le fue nada mal, por cierto, cuando hizo pasar por su programa a buena parte de las personalidades de aquellos años sesenta, desde Sandro, Pelé, Marcello Mastroianni y Sophia Loren hasta Sean Connery, Alain Delon, Ringo Bonavena o Niní Marshall. El precursor de la cámara secreta domaba leones, practicaba escapismo, hasta se le ocurrió presentar a un preadolescente capaz de hacer malabares con la pelota llamado Diego Armando Maradona.

Fueron tantas las proezas televisivas del polifacético y atrevido Mancera que a un acierto accesorio, el de ponerle Sábados circulares al programa, se lo pasó por alto. De todas las acepciones del adjetivo circular, la que parece haber resonado como el eco justo para el formato “ómnibus” que salta de sorpresa en sorpresa y de género en género fue la que lo refiere a un proceso “que parece no tener fin porque acaba en el punto en que empieza”.

Pues bien, habría que tomar prestado el adjetivo para calificar al país. País reacio a avanzar en línea recta, a desarrollarse según un derrotero. País circular no solo los sábados, también de lunes a viernes y los domingos. Incluidos los feriados, cuyas constantes altas y bajas partidizadas aportan modestas contribuciones a la inestabilidad ordinaria.

Se dirá que la circularidad en disciplinas como la ecología es un concepto virtuoso (por ejemplo cuando se trata de resolver la polución de las botellas de plástico). Pero, entretenga o no, la circularidad argentina (“Suiza es mucho más aburrido”, calibraba hace poco quien era ministra encargada de la seguridad pública) indefectiblemente amarga. Duele. Es más que onerosa.

Por lo menos acá no solo los problemas se repiten. También las soluciones. Lo cual, como se ha dicho por estos días hasta el cansancio con motivo de la reposición de la vieja receta del control de precios, con más ayuda de la experiencia que de Einstein, una parte de la población (no toda, lamentablemente) sospecha que aplicar viejas soluciones a viejos problemas que nunca se solucionaron solo garantiza circularidad persistente. Endeudamiento, inflación, seguridad, grieta, la costumbre de venerar a la educación y con parejo ahínco desatenderla son los asuntos rutinarios, fatigosamente recurrentes, que primero vienen a la cabeza cuando se piensa en la Argentina circular. Una y otra vez retornan los indómitos feudalismos provinciales, el conflicto entre el interior y el puerto, la promesa eterna de acordar algún día la coparticipación federal (plasmada inútilmente en la Constitución de 1994), la macrocefalía poblacional, el grotesco zigzagueo de la política exterior, la certidumbre retórica de que para crecer lo que convendría tal vez sería exportar, el estelar dólar negro (al que, por fin una novedad, ahora se le dice azul), la limpieza del Riachuelo. O los debates y falsos debates ad infinitum: garantismo versus gatillo fácil, estatismo versus sector privado, campo versus industria, escuela pública versus escuela paga, Estado inmenso versus Estado encogido, dirigismo versus libre mercado, déficit fiscal versus ajuste, y muchos más.

Todo esto mientras el futuro se demora en llegar. Por lo menos el futuro que azucararon todos los gobiernos, desde Rivadavia (“el porvenir venturoso del país”) hasta Alberto Fernández (“en pocos meses más la economía va a estar funcionando a pleno”), sin dejar de mencionar, desde luego, un clásico, las plegarias metafísicas de Duhalde (“la Argentina, un país condenado al éxito”).

Si nos viera Rivadavia, el Adán del endeudamiento argento, no lo podría creer: seguimos sin poder pagar los compromisos que contraemos y seguimos echándole la culpa de todo, después de casi doscientos años, al presidente anterior, coartada que él no tuvo. Nuestro también primer expresidente, quien generosamente da su apellido a un sillón en el que nunca se sentó porque del suyo auténtico nadie sabe qué se hizo, coleccionó detractores muchísimo más duraderos que su presidencia. Del exilio don Bernardino, el primer endeudador, trató de volver en 1834, pero ni siquiera lo dejaron bajar del barco. Murió en Cádiz en 1845, no sin antes pedir que no se lo trasladase después de muerto a la Argentina. Como se sabe, sus restos descansan en Plaza Once.

De ahí en más, todos sus sucesores también endeudaron al país, incluido Perón, quien el primer año se jactó de repatriar la deuda externa. El 1° de mayo de 1950 Perón dijo ante el Congreso, sentado al lado del diputado Héctor Cámpora: “Me cortaré las manos antes de poner mi firma en el acta de ninguna cosa que signifique un préstamo a mi país” (quien dude de la fidelidad de esta cita podrá verificarla en el diario de sesiones de aquel día, página 18). Cuando la economía empezó a hacer agua y se supo que Perón había endeudado al país por 125 millones de dólares, sus enemigos lo empezaron a llamar la Venus de Milo. Trece años después de su muerte, las manos de Perón fueron cortadas y robadas en Chacarita de su cuerpo embalsamado no se sabe por quién. Suceso macabro que nunca se logró esclarecer.

Es que la circularidad procrea a su vez círculos internos. Construye laberintos.

© La Nación

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