sábado, 30 de octubre de 2021

Culpas ajenas, de ayer y de mañana


Por Sergio Suppo

El kirchnerismo cambia el discurso, pero no las mañas. Con el “ah, pero Macri” dibujó la única explicación posible del desastre social y económico.

En septiembre, el oficialismo fracasó en las elecciones primarias al pretender cargar todas las culpas sobre el expresidente. 

Frente a la posibilidad de otra derrota, ahora en el partido por los puntos del 14 de noviembre, empezaron a atribuir a la oposición, por anticipado, un posible colapso. Un “golpe blando”, sintetizó la candidata Victoria Tolosa Paz.

Nada nuevo en el nuevo discurso. El kirchnerismo tiene como reflejo exacerbado una vieja costumbre de la política argentina: poner en el adversario la responsabilidad de todas las desgracias.

Juegan con fuego Cristina Kirchner y Alberto Fernández en medio de una crisis que escala minuto a minuto. Como ajenos a la realidad, se muestran enfrentados para diluir fracasos, sin aceptar que permanecerán unidos en sus destinos políticos a la hora de ser juzgados por los votantes. Uno y otro ya no están a tiempo para un divorcio político sin pagar un costo más alto que el que afrontan en esta tortuosa convivencia.

La esencia de las cosas suele estar en el origen. Fue necesario que el próximo embajador de los Estados Unidos, Marc Stanley, hiciera notar que el Gobierno no tiene un plan para combatir la inflación para que recordáramos aquel anuncio inicial del Presidente de que no consideraba necesario contar con un programa económico.

Por si hiciera falta, Stanley avisó otra vez que Washington solo ayudará a Buenos Aires en la renegociación de los plazos de pago al Fondo Monetario si la Casa Rosada presenta un plan mínimamente sustentable. No hay novedad. Es una condición ineludible establecida desde antes del primer incumplimiento argentino a otros tantos compromisos con sus acreedores.

La improvisación es el costo más alto que Fernández le transfirió a este país asolado a su vez por la pandemia. Si Macri relativizó la dimensión de la situación económica que recibió de Cristina Kirchner, Alberto pareciera no apreciar que la razón de su presidencia era el fracaso de su antecesor en esa misma cuestión, la economía.

Todo estaba a la vista, era obvio para los dos presidentes, pero ambos eligieron no afrontar una realidad que los terminó devorando. Fernández exhibió con orgullo su resistencia a intentar resolver el problema esencial del país. Ni para luego del efecto del Covid el Presidente piensa mostrar algo más que medidas sueltas e inconexas.

La evolución de la crisis cruza fronteras tenebrosas y se alimenta de ofrecimientos tan irracionales como el que Máximo Kirchner le hizo al Presidente al borde del abismo: “Estamos dispuestos a ir para adelante; chiflen que acá estamos”, dijo el jefe de La Cámpora.

Una semana atrás, al hablar ante un grupo de empresarios cordobeses, Domingo Cavallo dio varios rodeos antes de describir la situación económica. El economista al que Néstor Kirchner solía escuchar aun siendo presidente, dijo que el país está en una etapa parecida a la que precedió al Rodrigazo, aquel golpe inflacionario de 1975 que desató el ministro Celestino Rodrigo al tratar de actualizar de un tirón el fortísimo retraso que tenían las tarifas y los combustibles.

Vaciado de poder, al gobierno de la viuda de Perón le quedó poco menos que contemplar cómo se preparaba el golpe que lo derrocó en marzo de 1976. Era tarde cuando Ricardo Balbín dijo que había que llegar a las elecciones “aunque sea con muletas”. Es el kirchnerismo el que agita la idea de un golpe y se lo atribuye a la oposición.

El dramatismo con el que el oficialismo presagia su hipotética derrota electoral sobrecarga un ambiente de incertidumbre. Perder elecciones es una situación conocida por el kirchnerismo, de la que salió adelante en al menos dos oportunidades.

Distinta es su diezmada capacidad para sacar al país de la crisis con la que sigue colaborando con su decisión de no tener un plan para sofocarla y con la adopción de medidas comprobadamente inútiles. Imponer una lista de precios máximos, por ejemplo.

La decisión del nuevo secretario de Comercio, Roberto Feletti, va a toda velocidad del drama a la farsa y empezó por el ridículo acto de difundir una nómina en la que un 35 por ciento de los productos ya no se fabrican. No termina ahí. También está la visible reacción de los comerciantes a los apremios de los militantes en el conurbano, como una manifiesta pérdida de temor respecto de situaciones similares durante la presidencia de Cristina.

El debilitamiento de la autoridad no alcanza solo al Presidente. El ímpetu del nuevo jefe de Gabinete, Juan Manzur, se diluyó al final de dos semanas de hacer madrugar a los ministros. La capacidad de maniobra de la propia Cristina Kirchner se achicó en la medida en que, en lugar de mandar, elige tomar distancia de los fracasos que le atribuye a Alberto Fernández, su elegido.

La vicepresidenta debe decidir qué hará con el gobierno que creó. Así de crucial es su situación.

La derrota en las PASO la mostró obligando al Presidente a un cambio de gabinete al que él se resistía. El rumbo económico que impuso por escrito en la misma carta en la que emplazó a Alberto fue reemplazado por maniobras tácticas para canjear votos por “platita”. ¿Quiere Cristina ser algo más que la máxima influencer? A quienes se atrevieron a preguntarle si estaba dispuesta a reemplazar ella misma al Presidente les respondió un rotundo “no”. En apenas dos semanas y días se sabrá si Cristina fingió o dijo la verdad.

La oposición mira a la mayor distancia posible la superposición de las discordias oficialistas con la crisis económica. El presidenciable más aventajado, Horacio Rodríguez Larreta, ya decidió que no bien terminen de contarse los votos se pondrá de nuevo el uniforme de jefe de gobierno porteño.

Hay un punto en el que los errores del oficialismo empiezan a preocuparles a los dirigentes de Juntos por el Cambio. Una cosa es sacar más votos gracias a las torpezas del rival; otra, muy diferente, es afrontar una realidad caótica que pretenda barrer la norma institucional de un cambio de gobierno dentro de dos años. Así de dramático.

© La Nación

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