martes, 12 de octubre de 2021

Autoritarios al acecho

 Por James Neilson

De estar en lo cierto los cristinólogos, el 15 de noviembre la Doctora “radicalizará” su gobierno aun cuando, para asombro propio y consternación de quienes no la soportan, el equipo del mandamás interino Juan Manzur logre revertir el resultado de las PASO. Aunque nadie sabe muy bien qué quieren decir con “radicalizar”, la palabra suena como una amenaza; no sorprendería en absoluto que Cristina Kirchner, alarmada por la posibilidad de que la gente del conurbano la abandone, decida que lo que el país necesita es un régimen mucho más autoritario que el encabezado por Alberto Fernández.

Será por tal motivo que la señora quiere que en las semanas que nos separan de las elecciones legislativas se gaste toda la plata disponible. Aunque entienda muy bien que hacerlo entraña el riesgo de que la Argentina se hunda por completo en medio de una tormenta inflacionaria antes de terminar los dos años en que, según la Constitución imperante, los suyos tendrán derecho a mantenerse en el poder, parecería que tal eventualidad no le preocupa demasiado, acaso porque está convencida de que le convendría que el país se sumara en el caos. Después de todo, los militantes de La Cámpora y afines no son republicanos de morondanga como los debiluchos tibios de Juntos por el Cambio.

¿Son demócratas los kirchneristas más fanatizados que rodean a Cristina? ¿O es que, como el presidente turco Recep Erdogan, que una vez dijo que “la democracia es un tranvía, cuando llegas a tu parada, te bajas”, creen que sólo sirve si los ayuda a alcanzar sus objetivos? A juzgar por la preferencia notoria de los kirchneristas por países dominados por autócratas - Venezuela, Nicaragua, Cuba, Rusia, Irán y China -, dan por descontado que la ideología casera que han fabricado importa muchísimo más que los detalles constitucionales que obsesionan a sus adversarios. Lo mismo que la Justicia, que para Cristina y sus soldados es “lawfare” y por lo tanto ilegítima, desde su punto de vista la democracia será una estafa a menos que les permita conservar todo el poder que han acumulado.

Como los comunistas de otros tiempos, los kirchneristas toman por axiomática la noción de que son los únicos representantes auténticos del pueblo trabajador o, por lo menos, de los sectores más pobres que dependen de su benevolencia. Si dicha verdad indiscutible no se ve reflejada por los resultados electorales, será porque el pueblo ha sido engañado por periodistas mercenarios que difunden mentiras y oprimido por comerciantes rapaces que aumentan los precios, no porque su propia gestión haya sido mala, lo que a su entender mostrará que aquí la democracia es fraudulenta.

Según los no creyentes en el evangelio de Cristina, es obvio que los kirchneristas desprecian a los pobres porque de otro modo no se hubieran propuesto darles platita a cambio de votos, pero podrían contestar que, en las PASO, muchos se comportaron como los ingratos que son y por lo tanto merecen ser tratados con desdén. Acaso les convendría recordar el poema que Bertold Brecht escribió luego de la sublevación popular de 1952, en que se mofó del régimen comunista - del que era un partidario esporádicamente crítico -, aconsejándolo a “disolver el pueblo y elegir otro”. Puesto que el pueblo kirchnerista es ficticio, reemplazarlo por uno mejor no les sería difícil.

El bienestar popular no se encuentra entre las prioridades oficiales. Además de estar resueltos a reivindicar a los rebeldes violentos que en los años setenta del siglo pasado colaboraron con los militares para convertir a la Argentina en un aquelarre sanguinario, los kirchneristas se sienten obligados a defender a una jefa que enfrenta una larga serie de causas judiciales. ¿Sinceramente creen que es inocente de todos los muchos cargos en su contra? Es factible que haya algunos que se las han ingeniado para persuadirse de que en verdad no hizo nada ilegal cuando era primera dama y, después, presidenta de la República, pero sería cuestión de una minoría minúscula. Los demás son cleptócratas vocacionales que quieren que el país se rija por una Constitución que estipule que una persona tan destacada como Cristina tiene derecho a enriquecerse por los medios que se le ocurra.

No hay forma de estimar los daños colosales que han ocasionado al país los delitos perpetrados por la mujer que durante muchos años ha desempeñado un papel político clave y que, en 2019, pudo darse el lujo de elegir a quien sería el próximo presidente y armar la coalición gobernante que lo custodiaría. De no haber sido por el pecado original de la corrupción, el oficialismo hubiera podido reaccionar con calma, limitándose a comprometerse a mejorar su desempeño en el futuro, ante una derrota en las urnas por tratarse de un contratiempo que es casi rutinario en las democracias consolidadas,

Al fin y al cabo, los peronistas obtuvieron una mayor proporción de los votos populares que los partidarios de Angela Merkel en las recientes elecciones alemanas, o los socialdemócratas que festejaron lo que tomaron por un triunfo histórico. Dadas las circunstancias, no les fue tan mal, pero sucede que  Cristina y su primogénito, Máximo, saben que en un “país normal” – como Alemania -, podrían verse sentenciados a años de prisión, de ahí la voluntad de ir a virtualmente cualquier extremo para aferrarse al poder.

 Desgraciadamente para los Kirchner y sus amigos, hay señales de que los gobiernos de Estados Unidos y otros países occidentales están por redoblar la ofensiva que han emprendido contra la corrupción que anida no sólo en sus propias jurisdicciones sino también en el resto del mundo. Un síntoma del estado de ánimo de las elites occidentales es la atención que están prestando a los “Pandora Papers” que contienen  una multitud de revelaciones sobre el aprovechamiento por multimillonarios, entre ellos muchos políticos, empresarios y deportistas, de los beneficios que los llamados paraísos fiscales ofrecen a los ricos del mundo. Si bien pocos de los nombrados violaron la ley, a ninguno le habrá gustado verse incluido en una lista extensa de presuntos infractores y constreñido a dar explicaciones.

En el clima moral imperante, el que la supuestamente todopoderosa vicepresidenta de la Argentina y sus cómplices sean acusados de apropiarse de un monto sideral de dinero hará todavía más difíciles los esfuerzos gubernamentales por superar los problemas planteados por el endeudamiento excesivo, sobre todo en un momento en que la interlocutora principal de Martín Guzmán, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, está bajo la lupa por su relación con la dictadura china.

Ahora bien, antes de las PASO, se previó que la Argentina saldría de la pandemia con la economía destrozada y casi la mitad de la población sumamente pobre. Así y todo, motivaban cierto entusiasmo por parte de los mercados financieros el que, según los responsables de sondear la opinión pública, el oficialismo perdía terreno. Sin embargo, la reacción histérica de Cristina frente a los resultados puso fin optimismo cauto del mundo financiero. Pronto se difundió la impresión de que el gobierno se las arreglaría para hacer todavía más angustiante una situación ya terrible en un intento desesperado por merecer la aprobación del electorado invitándolo a participar en un festín de clientelismo explícito.  

Cuando los mercados, es decir, quienes en su conjunto manejan vaya a saber cuántos billones de dólares, sospechaban que la mayoría de los argentinos estaría a favor de cierta racionalidad económica, reaccionaron de manera muy positiva, pero al difundirse la sensación de que sólo se trataba de una ilusión, enseguida modificaron su postura. Fue su manera de decirnos que, a pesar de todo lo ocurrido últimamente, aún hay financistas y empresarios internacionales que están interesados en las oportunidades brindadas por la Argentina por tratarse de un país cuya tragedia colectiva se debe por completo a factores internos. Les parece indiscutible que el problema fundamental es de naturaleza política o, si se prefiere, cultural, de suerte que buscan evidencia de que está por producirse un cambio de actitud generalizado, ya que a su juicio un mínimo de realismo sería más que suficiente como para poner en marcha la tan demorada recuperación luego de al menos siete décadas  de cortoplacismo suicida.

Bien, los que se niegan a creer que la Argentina está condenada al fracaso tendrán que esperar. Cristina y compañía han hecho suyo el buen principio leninista de que “peor es mejor” porque una crisis aún más grave que la actual facilitaría la demolición del viejo orden que denuncian como “oligárquico”, “neoliberal” y, lo que les parece más perverso todavía, comprometido con la idea de que nadie, por carismático que fuera, puede ubicarse por encima de la ley. Para mantener a raya el peligro planteado por la “normalidad”, pues, están obrando para que después de las elecciones parlamentarias los problemas socioeconómicos sean tan enormes que les brinden un pretexto convincente para declarar un estado de emergencia. Si el aumento del gasto público les permite salir más o menos airosos de la prueba electoral, tanto mejor, pero también están preparándose para aprovechar las oportunidades que les brindaría un país inundado por un tsunami inflacionario. 

© Revista Noticias 

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