lunes, 27 de septiembre de 2021

Suyos eran los pájaros

 Por Almudena Grandes

Llegó hasta mis manos dentro de un sobre, como muchos otros libros, abrigados en sus respectivos sobres, poco antes de que me fuera de vacaciones. ¿Qué misterio une el destino de una novela con el de una lectora como yo, cuando no ha oído hablar jamás del autor del texto, ni conoce el país en el que sucede la historia, ni es capaz de comprender gran cosa del argumento resumido en la contraportada? Este prodigioso vínculo, que me ha asombrado muchas veces, me sometió una vez más a la inexplicable fascinación que me inspiró Suyos eran los pájaros, obra póstuma de una escritora finlandesa llamada Marja-Liisa Vartio, que murió en 1966, un año antes de que se publicara esta novela que la crítica consideró unánimemente como su mejor libro.

Eso tampoco tendría por qué haber significado gran cosa. En cualquier país del mundo, la muerte prematura de una mujer joven y atractiva —Vartio lo era mucho— que deja una novela inédita apareja casi automáticamente el nacimiento de una obra maestra. Y sin embargo, sabiéndolo todo, y que era una lectura muy rara para un verano casi pospandémico, y que tenía a mano títulos más actuales, más chispeantes, y playeros, y entretenidos, no lo dudé. Eché los pájaros de Marja-Liisa en la maleta y ellos me devolvieron mi fe multiplicada.

¿Por qué una novela antigua, situada en un escenario remoto, que refleja las costumbres de una sociedad radicalmente ajena a la nuestra, puede llegar a conmovernos tanto? Ese es el milagro más precioso entre los que la literatura puede llegar a fabricar. Les iré hablando ya de los pájaros, para que me entiendan.

Las protagonistas de esta novela son dos mujeres unidas, a ratos contra su voluntad, por una intimidad difícil de entender. La deana es la viuda de un pastor que años antes, en pleno incendio de la casa parroquial donde vivía con su familia y custodiaba los documentos y legajos que sustentaban la historia del pueblo, sólo se preocupó por poner a salvo del fuego su colección de pájaros disecados. Ante la estupefacción del sacristán, de los vecinos que acudieron a ayudar, el deán no se preocupó de los libros parroquiales, ni de los objetos litúrgicos, ni de los que había heredado de sus padres. Sólo le importaban los pájaros, y eso que no eran suyos…

Su viuda cuenta la misma historia una y otra vez en una interminable conversación con su criada, Alma, una mujer vigorosa, atractiva, de 30 años, que sabe de sobra que los pájaros eran en realidad del tío Onni, que empezó en San Petersburgo la colección que el deán amaba más que a ninguna otra cosa en este mundo, seguramente Dios incluido, y que tiene la costumbre de aparecerse de madrugada, de vez en cuando, para interesarse por su legado. Así, alrededor de la frase que da título al libro, comienza una danza circular de imágenes y palabras en la que van apareciendo otros pájaros —el cisne disecado que la familia de Alma tiene en el salón de su casa y que la deana habría dado cualquier cosa por haber visto sólo una vez, sin conseguirlo nunca—, otras mujeres —como las hermanas del deán, eternamente agraviadas por no haber recibido la herencia que les correspondía— y Holger, el boticario, cuñado de la deana que prefiere su compañía, y la de su criada, a cualquier otra.

Y en una diminuta aldea del norte de Finlandia, muy cerca de la frontera con Rusia, no pasa nada más. No pasa nada excepto todo lo que puede pasar en cualquier otro lugar, en cualquier otra época. Nada, salvo esa grandiosa y menuda colección de ambiciones, y rencillas, y anhelos, e insatisfacción, y alegrías pequeñas, y dolores profundos, dudas e inseguridades que caracterizan la condición humana. Eso es lo que convierte una novela tan rara en una obra universal, que desde el centro de un mundo minúsculo es capaz de reflejar toda la complejidad del largo, y ancho, e inconmensurable mundo donde todos vivimos. Y por eso, aunque Suyos eran los pájaros represente una aparente extravagancia en un catálogo editorial contemporáneo, aunque soy consciente de que la mía puede parecer una decisión marciana para muchos lectores de estas palabras, he decidido escribir este artículo.

Si alguno de ustedes ha sentido algo especial al leerlo, no lo dude.

No se arrepentirá.

© El País Semanal

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